Despertar es como salir de un sueño que no quería terminar. Uno de esos donde todo tiene sentido, donde mis hermanas están a salvo, donde papá no vive en aeropuertos y mamá no escribe cartas como si fueran epitafios. Pero no. La realidad me arrastra de vuelta con la sutileza de un tren descarrilado.
Mi cuerpo pesa como si hubiera peleado con un cometa en la noche. Cada músculo protesta. Cada hueso parece hecho de plomo. La alarma suena con esa melodía que elegí pensando que sería suave, casi celestial, pero ahora parece una tortura medieval diseñada por algún demonio con complejo de DJ.
Y como si no fuera suficiente, Venus, mi gata, que apareció mágicamente en mi cuarto ayer y para colmo se me olvido que la tenía, decide que soy su trampolín personal. Me salta encima con la precisión de una acróbata olímpica y la indiferencia de una reina.
Esa gata, ni lleva una semana y ya manda en ti, yo flipo jsjsjs
Tu shh, ¿valee??
—¿En serio, Ven? —murmuro, con la voz aún atrapada en la niebla del sueño.
Ella me mira desde arriba, con esos ojos azules celestes que parecen saber demasiado. Como si pudiera ver más allá de mi piel, como si supiera lo que soñé. Como si supiera que no quiero levantarme porque allá, en ese otro mundo, mis hermanas estaban conmigo.
Podrías quedarte. Solo un rato más. Fingir que todo está bien. Que nada pasó.
—No puedo —respondo en voz baja, sin saber si le hablo a Venus o a esa voz que vive en mi cabeza desde que todo se fue al carajo.
Sentí como varias lágrimas resbalaban por mi mejillas. Pasé la mano por mi rostro, borrando las huellas de lo que no quería sentir.
Claro que puedes. Solo tienes que cerrar los ojos. Volver. Allí no hay notas en la mesita. No hay padres ausentes. No hay decisiones imposibles.
Pero ya estoy sentada. El suelo está frío bajo mis pies. La realidad no espera a nadie.
Al bajar al salón para despejarme un poco —sentía que el corazón se me iba a salir del pecho—, me fijé en una nota pegada en la puerta de la nevera. Era de mi madre. Decía:
“Cariño, no me esperes para cenar, ¿sí? Quedé con mis compañeros para terminar un trabajo. Con cariño, Mamá. P.D.: No te olvides de llevar a la gata al veterinario.”
La leí una vez. Luego otra. Y otra más. Hasta que mi propia conciencia, cansada de mi ritual, susurró:
¿Cuántas veces más vas a leer esas palabras como si fueran un hechizo? No van a traerte de vuelta a nadie.
Y yo, sin mirar a nadie, respondí en voz baja:
—Lo sé… pero son lo único que aún me habla como si yo importara.
Me quedo sentada un momento más, mirando la pared, escuchando el ronroneo de Venus que se enrosca en mis piernas. Afuera, el cielo está gris, como si el universo también tuviera resaca.
Hoy puede cambiar todo. O no cambiar nada. ¿Estás lista?
Nunca lo estoy. Pero igual voy.
Y con eso, me levanto. Porque si algo he aprendido, es que el mundo no se detiene por nadie. Ni siquiera por una chica que se está desmoronando en silencio.
Me arrastro al baño como si el suelo fuera más seguro que mis pensamientos. El vapor comienza a llenar el espacio antes de que el agua toque mi piel, y cuando finalmente lo hace, siento que algo dentro de mí se reacomoda, como si el calor pudiera reconstruir lo que el día desordenó. Me lavo el pelo con ese champú de coco que huele a todo lo que no soy: calma, verano, normalidad. Me miro en el espejo empañado, y aunque apenas distingo mi reflejo, empiezo a maquillarme como si estuviera a punto de subir a una pasarela interplanetaria. No es un acto de vanidad. Es una transformación. Una manera de convertirme en algo que duela menos, que brille más, que se sienta como poder.
El delineado es afilado, como si pudiera cortar con la mirada. Los labios cereza gritan más de lo que yo me atrevo a decir. Y el glitter en los párpados no es decoración, es camufla: una forma de esconder constelaciones que nadie ha querido explorar. Hoy no quiero parecer tranquila, ni cuerda, ni accesible. Hoy quiero parecer inolvidable. Como esas noches que no se explican, pero se quedan. Como una cicatriz que aprendió a contar su historia con luz. Y si el mundo va a mirarme, que al menos sepa que no pienso bajar la mirada primero.
¿Y si hoy no vuelves? ¿Y si esto es el principio del fin?
No empieces.
Me pongo una camiseta de malla translúcida con estampado de mariposas, de esas que parecen sacadas de un sueño de principios de los 2000. Debajo, un bralette lila con encaje que apenas se asoma, como un secreto que no sabe si quiere ser contado. La falda es de mezclilla desgastada, tiro bajo, con hebillas plateadas en los costados y un cinturón que no sujeta nada, pero me hace sentir armada.
Las medias de red están rotas a propósito —o eso digo—, y las botas negras con plataforma suenan fuerte contra el suelo, como si cada paso fuera una declaración. Me cuelgo un par de collares con dijes de estrellas, y me pongo los anillos que siempre llevo: uno con forma de luna, otro que no me pertenece, pero nunca me lo quito.
Las gafas de sol con cristales rosados no tapan nada, pero me dan la excusa perfecta para no mirar a nadie a los ojos.
Y sí, todo el conjunto grita YK2, pero con una tristeza que brilla. Como si la nostalgia se hubiera vestido para salir.
En el bolso meto mis libros de astronomía, una libreta llena de dibujos de constelaciones, y un bolígrafo que parece robado de la NASA.Los llevo conmigo porque me hacen sentir lista para cualquier universo que se atreva a tocarme. No sé si los usaré, pero tenerlos cerca me da la sensación de que puedo enfrentar lo que desconozco sin temblar
Me pongo los auriculares. Suena “How Sweet” de NewJeans. La letra me golpea justo donde más duele: