Los minutos no pasan, se rompen. Se deslizan entre mis dedos como arena que no quiere quedarse conmigo, como si el tiempo también tuviera miedo de estar allí.
Los nueves de septiembre tenían un sabor agridulce.
Eran una oportunidad o una probabilidad o una posibilidad.
Eran una cárcel, una muerte o una sentencia.
Al entrar en la sala, todos los órganos de mi cuerpo parecieron darse la vuelta. Las personas de bata blanca, justo enfrente de mí, toqueteaban pantallas que se proyectaban desde una pequeña esfera incrustada en el escritorio. Desde mi perspectiva, las letras, los números y las fotos con nuestras caras estaban invertidas.
—Civil 1.000.001 —me saludó una chica con gafas de estudio—. Póngase en la plataforma, por favor.
Por favor.
Dudé un instante antes de subir el escalón de la plataforma circular. Lo único que sabía de esta sala es que todos salían a rastras por esos hombres de traje negro, dejando un rastro de vómito o temblando de frío aun estando fuera hoy a cuarenta grados.
La sala era amplia y estaba impoluta; olía a medicamento. Todos se quedaron en silencio cuando lo que parecían las patas de una araña descendieron de forma mecánica desde el techo y se detuvieron en seco a unos centímetros de mi piel. De mi cuerpo.
Pegué un respingo. Un huracán sacudió mi corazón al ver que acababan en agujas de un diámetro grueso.
Demasiado grueso.
Cinco en total. Cinco cables que terminaban en cuchillos.
—Desnúdese —habló un médico desde una de las pantallas, sin hacerme demasiado caso—. Si lo prefiere, puede conservar su ropa interior.
Por supuesto que lo prefería.
En un cálculo torpe y demasiado aproximado conté unas cuatro, seis, trece, quizá treinta y siete personas mirándome fijamente; si no a mi persona, a la ficha que salía en las pantallas con todos mis datos.
«Cuanto antes lo haga, antes me iré», me dije.
Una cúpula transparente abrazó la plataforma y me separó de la realidad. Estaba aterrada, pero engañar al cuerpo era lo que mejor se me daba.
No tengo miedo.
No tengo miedo.
La electricidad crepitó entre los cables como si estuviera viva, como si me estuviera esperando.
Sí tienes miedo. Tienes tanto miedo que te está devorando.
La voz no era mía. O sí. Era esa puerta de piedra al fondo de mi universo cerebral que solo las criaturas podían abrir o cerrar desde dentro.
Miedo.
Las letras se sacudían, se distorsionaban y se juntaban hasta dejar de ser legibles.
Las cuchillas se clavaron en mi piel como enchufes buscando corriente. Nunca había sentido un dolor tan grande. Grité, rugí y, cuanto más me peleaba por arrancar aquellos pinchos de mis extremidades, más me elevaban.
El que se conectó en la nuca fue el que me desconectó por completo. Dejé de tocar el suelo.
No supe si pasó un minuto o una hora. Dejó de importarme cuando el dolor se transformó en un placer tan grande que era insoportable. Me desdoblé y me vi desde fuera; ya no estaba en mi cuerpo: ahora era viento, oxígeno y partículas esparcidas por toda la sala, vibrando frenéticas, buscando algo a lo que adherirse y destrozarlo.
No había estado tan viva en toda mi vida, tan viva y tan muerta.
Escuchaba, más bien notaba, a las personas de bata blanca alarmarse. A pesar de tener los párpados cerrados, la parte que aún seguía en mí —que no me había abandonado por completo, que se negaba a despegarse— notó cómo las lámparas parpadeaban.
Todo era violeta, verde y azul.
—Señor, hay que desconectarla.
Nadie contestó.
Viajé por el espacio, me hice grande y pequeña, me volví eléctrica y magnética y vi cómo dos esmeraldas me miraban fascinadas, con una sonrisa perfecta y calculada. Estaba hechizado.
Me empapé de su energía, se la robé y me la quedé para siempre, para siempre, para siempre. Viajé por los conductos de su mente hasta quedarme allí a vivir.
Todo estaba ordenado por colores y números pares.
Lo estaba agotando.
Le estaba matando y lo estaba disfrutando tanto que me derretí allí mismo, como una vela.
—Solo un poco más... —susurró.
Y entonces,
morí.