Supongo que lo que sentí después de eso fue como si una nube me abrazara, no una suave, sino una densa y pesada, de esas que te envuelven hasta que olvidas dónde empieza tu cuerpo.
Quizá estaba en el cielo, aunque tampoco es que hubiera hecho nada especialmente bueno para merecerlo.
El cielo olía a roble, y limpio, con un toque de lavanda que no conseguía decidir si me calmaba o me asfixiaba.
—Oye, tienes que dejar de usarme como tu táser personal, colega —escuché a lo lejos, con ese tono entre queja y espectáculo—. A ver, no me malinterpretes, tiene su punto, pero hay un límite entre resucitar a la gente y convertirme en tu batería humana.
No sabía que se podía soñar estando muerta.
—Déjala dormir —respondió otra voz, baja y firme, de esas que no necesitan alzarse para imponerse.
—Lleva durmiendo tres días. Tres días. Yo no aguanto tanto ni aunque me paguen.
—Qué gran idea —replicó con calma—, entonces las tres primeras guardias nocturnas de esta semana son tuyas.
Se hizo el silencio.
—Vale... vale, lo pillo. No hay bromas —murmuró el primero—. Pero cuando se despierte y pregunte quién la ha salvado, voy a decirle que fui yo. Siempre te llevas tú el mérito, tío.
—Vuelva a su puesto, Martínez.
Martínez pareció maldecir unas mil veces antes de irse.
Abrí los ojos con dificultad y tardé unos segundos en entender que el cielo era una mentira, porque las paredes no eran blancas ni infinitas, sino grises, frías y demasiado cercanas.
Incliné la cabeza hacia un lado. La realidad me tiró un cubo de agua helada a la cara.
No estaba muerta.
Estaba viva, dolorosamente viva.
Una habitación acristalada me envolvía, como una incubadora a un bebé. Figuras con batas blancas se movían al otro lado del cristal, arrastrando datos, números, proyecciones que no podía comprender.
Al intentar incorporarme, el peso de mi propio cuerpo cayó sobre mí como si ya no me perteneciera.
La puerta se abrió.
—¿Cómo te encuentras?
El chico estaba de espaldas, cogiendo algo del escritorio con una calma que no encajaba con nada de lo que estaba pasando, pero supe al instante que no era un civil.
—¿Dónde estoy? —mi voz salió rota.
Los cables tiraron de mí y las vías me anclaban como grilletes invisibles.
—Lo interpretaré como un: Bien—cogió un taburete, se sentó cerca de mi cama y cruzó los brazos con una tranquilidad casi ofensiva.
—¿Dónde estoy? —repetí, más nerviosa.
—¿Recuerdas cómo te llamas?
Mi nombre. Por Dios, tuve que buscarlo como si no fuera mío.
—Bryn Blake —respondí—. Me llamo Bryn Blake... civil 1.000.001.
—Es perfecto.
Fruncí el ceño ante su respuesta. Sus ojos verdes me golpearon de lleno. No eran normales: no reflejaban la luz, la devolvían. Y algo en mi pecho se tensó al reconocerlos.
Ojos verdes.
Recordé esos ojos. Recordé caer en ellos. Recordé desaparecer.
—Bryn Blake —repitió, casi saboreando las palabras—. Nombre y apellido con la misma inicial, segunda letra del abecedario. Número par... —susurró.
Se levantó y el traje negro encajaba en su cuerpo con una precisión inquietante. También llevaba guantes.
—Civil 1.000.001 —continuó—. Uno no se divide, no se rompe.
Se inclinó apenas hacia mí.
—Perfecto.
Su mirada no se apartó de la mía.
—Tú eres perfecta —una expresión obsesiva le brillaba en los ojos.
Las instalaciones en las que me encontraba no revelaban ninguna información que pudiera ubicarme. Me sentía desnuda e indefensa. Todos mis sentidos se fracturaron al darme cuenta de que no era la única en esa jaula de cristal: a cada lado emergía la misma estructura, con la misma dinámica que la mía, alguien con traje, alguien demasiado desubicado en la cama.
—¿Dónde están mis padres? —entré en pánico.
—Tienes una familia encantadora, ¿sabes?
Una patada en la barriga y un vuelco al corazón. La habitación descendió treinta grados bajo cero. Me arranqué las vías de los brazos y salté de la cama hacia él, demasiado rápido. Me tambaleé, la habitación dio vueltas como una peonza y caí a sus pies.
—Es muy pronto para numeritos, Blake —dijo sin alterarse—. Tus padres y hermanos están bien, en su sector, donde deben estar.
Levanté la cabeza. Él me miraba con la mandíbula alta y la ceja ligeramente alzada. Parecía sonreír. Parecía estar disfrutando.
¿Cuándo me podré ir a mi casa? ¿Dónde estoy? Tengo miedo. ¿Me van a matar? ¿Qué hago aquí? Tengo miedo, tengo miedo, tengo miedo.
—De hecho, están encantados de que estés aquí conmigo —continuó.
Conmigo.
Mentiroso.
Mentiroso.
Mentiroso.
—Cuando entraste en la sala, tuve un presentimiento —añadió, más bajo—. Supe que ibas a impresionarme.
Estaba muy débil. Las órdenes de mi cerebro llegaban a mis músculos a trompicones. Me desplomé en el suelo.
—Por eso —continuó—, tengo algo que proponerte.
Y el mundo se inclinó un poco más hacia su lado.
Como si ya le perteneciera.
Como si yo también empezara a hacerlo.