Los médicos discutieron con Marlon. Querían esposarme, pero él decidió que sus manos eran un mejor grillete y se aferró a mi palma temblorosa durante todo el camino hacia lo que supuse que era la salida.
Iba rodeado de otros tres chicos armados hasta los dientes. Parecían dientes también, dientes de hierro y metal. Como si les hubieran brotado de los huesos y les hubieran crecido por la piel.
Habló sobre muchas cosas.
Sus palabras eran humo, líneas curvas que mi cabeza no sabía ordenar. Las veía pasar delante de mí como si fueran cintas transparentes flotando en el aire, pero ninguna se quedaba.
Solo recuerdo una.
Laboratorio central.
Bajo tierra.
La idea cayó dentro de mi cabeza como una piedra en agua quieta.
Te voy a sacar de aquí, me había dicho.
La frase se quedó atrapada en mi cabeza como una aguja dando vueltas dentro de un reloj roto.
No te va a sacar de aquí.
Quizá lo haga.
No seas estúpida.
Otra vez esas voces.
Marlon tenía cicatrices por toda la cara. Líneas finas y pálidas, como si alguien hubiera intentado abrirlo y volver a coserlo demasiado deprisa. Daba miedo.
—Te recordaba más guapa —dijo, con descaro.
Me hablaba como si yo todavía tuviera nombre, como si no fuera solo un número cosido a la piel, y sentí que el corazón se me doblaba por dentro.
—Aunque tienes los ojos bonitos. Un poco raros, pero bonitos.
Giramos a la derecha.
Luego a la izquierda.
Los pasillos se plegaban sobre sí mismos como un laberinto dibujado en una hoja demasiado pequeña.
Entonces me paré.
Un niño.
Dos médicos lo arrastraban. Medio inconsciente. Luchaba por soltarse.
Y el mundo se volvió plano.
Plano como una fotografía. Plano como una pantalla y yo me aplané con él.
No.
No.
No.
Marlon no era real, esto era mentira, mentira, mentira.
Su mano dejó de sentirse humana y se convirtió en humo, en niebla, en una línea mal dibujada.
Todo empezó a desenfocarse por los bordes.
Como si la realidad fuera un cuadro mojado y alguien acabara de pasar la mano sobre él, ondulando el paisaje.
Las luces empezaron a parpadear sin control, la realidad era un carrete de imágenes hecho vídeo, no veía fluir los movimientos, me perdía un microsegundo de ellos.
—¡Calmantes! —El grito sonó entrecortado.
Caí de rodillas y el suelo se partió en dos entre mis piernas, una grieta enorme apareció entre ellas, un fondo negro llamándome para que me cayera en él, me pedía que me fundiera con él, tenía una voz terrorífica, y preciosa. Me hacía daño y me daba placer.
Ven aquí, Bryn.
Ven aquí conmigo.
La idea me tentaba.
—¡Calmantes! —Repitió.
—¡NO! —gritó Martínez—. Como alguien le de un calmante más, le vuelvo la cabeza.
Los soldados me rodearon, de espaldas, quizá me estaban protegiendo de las personas de bata blanca o quizá querían que nadie se interpusiera en mi caída.
Unas manos grandes se deslizaron por debajo de mis axilas, me levantaron en el aire, preparadas para tirarme del acantilado.
No me resistí, yo era demasiado cobarde para hacerlo sola.
Y caí al vacío, desnuda y fría.
Me sentía tan sola allí.
Me sentía muy sola allí.
Marlon me miraba desde arriba, preocupado, con una mano extendida, mientras mi espalda chocaba con el aire frío del vacío.
Mi cuerpo habló antes y extendió una mano con la falsa esperanza de alcanzar al chico del rostro roto.
Sus ojos parecieron decirme: «Por favor».
Dudé, dudé muchísimo.
Te voy a sacar de aquí.
Entonces las cicatrices dejaron de darme miedo.
El mundo se dio la vuelta. Ahora no caía hacia el vacío. Caía desde el cielo hacia el suelo.
Caí en los brazos de Marlon.