Proyecto Lazius

Capítulo 8: Aire.

—Si llego a saber que te pones así por llamarte fea, me hubiera callado.

Desperté en el regazo de Martínez, en la parte de atrás de un vehículo. Mis piernas descansaban sobre otro soldado que me regalaba media sonrisa. Un volcán erupcionó en toda mi cara al ver que su mano estaba posada sobre una de ellas.

Me incorporé y la lava se deslizó por todo mi cuerpo al ver la fina tela del camisón que llevaba. Bajo tierra, en la oscura habitación, no se transparentaba nada. Aquí, en cambio, parecía estar desnuda. Mi incomodidad debió de golpearle con fuerza, porque en menos de un segundo yo era la que llevaba una chaqueta unas tallas más grandes que yo, con un bordado que decía Dante.

—Puedes llamarme Dan —dijo mientras se volvía a ajustar el cinturón.

Ese era un cinturón demasiado elaborado para un coche. Se ajustaba desde los costados hasta la parte central del cuerpo y también estaba conectado por tiras desde los hombros.

Miré hacia el frente para encontrarme con el cielo, gris y polvoriento.

Estábamos en el aire. Estábamos en una nave.

—Te hubiera puesto el cinturón y sentado en un asiento, pero te negabas a soltarte de mis brazos —comentó Marlon con suficiencia—. Cierto es que soy irresistible —se miró las uñas.

Dan hizo una mueca sonora.

—No le hagas caso, te ha dado un ataque de pánico.

—Nos comentaron que estabas loca, pero no tanto.

—Martínez... —Dan lo fulminó con la mirada y se cruzó de brazos.

Martínez rodó los ojos y susurró cosas demasiado vulgares. Me levanté hacia la parte delantera mientras ellos discutían. Quería ver el cielo. Desde esta altura no era tan gris. Quizá fueran imaginaciones mías, pero juraría haber visto algún destello azul. Como lo era antes, antes de que el planeta se fuera a la mierda.

En la parte delantera había otros dos chicos uniformados de negro. No me hicieron caso, pero tampoco me prohibieron estar allí. Se lo agradecí en silencio. Uno parecía llevar el control absoluto de la nave, mientras que el otro miraba un panel proyectado en el aire con tantos números como personas en la Tierra.

Una mano se apoyó en la parte baja de mi espalda, convirtiéndome en un cubito de hielo.

—Es mejor que te sientes, vamos a aterrizar.

—¿Dónde vamos? —la pregunta salió automática.

Mi registro vocal en los últimos seis meses solo grabó seis frases:

Mi hermano Eduard es soldado.

Mis padres me quieren.

No quiero morir aquí.

Me duele la cabeza.

Tengo miedo.

¿Dónde estoy?

—Hostia, no estás muda —saltó Marlon desde su asiento.

—Al final te vas a llevar un puñetazo —Dan le contestó mientras me acompañaba al asiento.

Lo miré esperando una respuesta. Él parecía ser el más amable. Era guapo. Al contrario que Marlon, su cara era uniforme y lisa. Sus ojos tenían un color extraño y precioso. No recordaba de qué color era el sol. Después del desastre se escondió entre la bruma, pero mi madre me contaba que era como oro fundido.

—Vamos a Ciudad de Bronce, a la División de Acero. Te están esperando.

Sonreí, mis padres, eran mis padres quienes me esperaban, y mis hermanos Eduard y Maya.

Debían ser ellos.

Tenían que ser ellos.

Me abrochó el cinturón despacio y yo empecé a fundirme como la mantequilla al ver que no dejaba de mirarme.

Definitivamente, los ojos de Dan eran el Sol. No reflejaban la luz, la devolvían. Sus rayos me quemaron las mejillas.

—¿Podéis esperar, no sé... —se miró el reloj— unos diez minutos a comeros la boca?—nos miraba con las cejas levantadas.

—¿Qué estás...

—Me gustaría no estar presente. No soportaría el dolor al ver que lo eliges a él—continuó interrumpiéndole.

Dan le dio un puñetazo en el hombro y mi corazón empezó a componer una balada cada vez más rápida. Me pregunté si los dos la escuchaban.

—Espero que tú seas más divertida, Bryn. Estos son jodidamente aburridos —se puso una mano en la boca, pero lo dijo en alto.

—¡PREPÁRENSE PARA ATERRIZAR! —una voz mecánica y femenina sonó por los altavoces.

Todos intercambiamos miradas. La nave cada vez descendía más rápido. El subidón de adrenalina contrastó con el miedo, como si alguien hubiera encendido todas las luces de mi cuerpo a la vez.

Martínez levantó los brazos como si fuera una atracción de feria.

—El teniente Atlas Stark D.A-2828 espera en la pista de aterrizaje —anunció el piloto.

Dan abrió los ojos como platos, pero fue Marlon quien habló:

—Me temo que vais a tener que esperar unos minutos más para iros a la cama.




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