Bajé por la pasarela de hielo; bueno, quizá fuera metal. Una docena de soldados escoltaban a un chico que vestía un traje perfecto y a su lado una chica que parecía algo mayor que yo. Tenía la mirada fija en mí, en mis ojos, en mi cerebro.
Marlon y Dan estaban rígidos con una mano recta en la frente, supuse que era un saludo militar.
Yo estaba cabizbaja.
La joven se acercó a mí lentamente, arrastrando los pies con seguridad; escuchaba los tacones golpeando el suelo sin delicadeza. El sonido hizo que dos pájaros carpinteros esculpieran una horrorosa figura utilizando como madera mi cerebro.
Su mano me cogió la barbilla en un gesto duro, tenía los dedos fríos y luego calientes y luego fríos otra vez, y la temperatura del mundo parecía ser suya, porque sentía fuego en ellos, fuego helado. Me obligó a mirarla, no me fijé en los rasgos de su cara, solo en los ojos, que no parecían humanos, sino animales.
Sus iris parecieron derretirse, brillaban y refulgían, y fue como si una larguísima aguja saliera de su pupila hacia la mía y abriera paso a las carreteras de mi mente, por las que aceleraba y frenaba con los semáforos en rojo y en verde.
El mundo se volvió negro y mi cuerpo absorbió la luz para revelar imágenes en mi cabeza, sin línea cronológica, sin tiempo predeterminado para verlas más despacio.
Creo que eran mis recuerdos.
—Es un caos. —Me soltó la barbilla.
Volví a respirar.
Y el mundo pareció hacerlo también; recuperó su paleta de grises, negros y blancos.
El traje perfecto se acercó a mí:
—Te presento a mi hermana—alargó una mano—Mía Stark.
Stark.
Entonces él era Atlas Stark.
—Mi hermano Eduard es soldado —dije de forma automática—. Eduard Blake —afirmé.
El asco y la indiferencia del rostro de Mía se convirtieron en algo que no supe identificar.
—Lo sé, Bryn, pronto podrás reunirte con él —mostró una sonrisa, tenía las manos en los bolsillos y caminaba con una seguridad que daba miedo—. Si lo deseas.
Mi hermano, mi hermano estaba aquí, en el mismo sitio que yo y era soldado.
Mi hermano Eduard era soldado.
Asentí con tanta fuerza que me crujió el cuello.
—Eso pensaba. —Me dio la espalda y miró a Mía un instante.
—Mis padres me quieren —solté.
Stark paró en seco y un siglo después giró sobre sus talones. Era rubio, muy muy rubio, y tenía los ojos verdes, muy muy verdes. Me gustaban y me daban miedo.
Porque todo me da miedo, porque siempre tenía miedo.
Noté cómo Marlon se tensaba a mi izquierda.
Dan me colocó una mano en el hombro y una jarra vertió agua caliente con olor a menta sobre mí; el olor me hizo despertar y el agua me abrazaba fuerte antes de despedirse para siempre al llegar a mis pies. Todo pareció volver a tener color, también a ser más nítido, como si mi graduación ocular fuera perfecta, y entonces me pregunté:
¿Por qué he dicho eso?
Los bordes del mundo ya no estaban difuminados, Marlon tenía muchas más cicatrices de las que recordaba y los ojos de Dan más bien marrones y no amarillos.
Los ojos de Atlas volaron a la mano apoyada en mi hombro, inclinó un poco la cabeza y sonrió de una manera tétrica. Una carcajada. Dos. Tres. Quinientas cuarenta y siete.
Entonces me fijé en su iris. Yo viví allí un segundo, dentro de ellos; él me dejó entrar.
Una gota de aceite hizo que los engranajes oxidados empezaran a encajar. Ese chico estuvo en mi prueba, ese chico me mató.
Atlas Stark me mató y me encerró.
—Tú… —notaba los espasmos involuntarios de mis labios por la rabia, el miedo y las preguntas.
Di un paso, decidida a hacerle daño, pero la mano cálida de Dan me desnudo el hombro y todo volvió a ser gris y confuso, y quizá tuviera veinte años más porque estaba muy cansada, y no sabía si estaba soñando o realmente estaba aquí.
El rubio levantó una mano y todos los soldados se pusieron en posición.
—Martínez, haz el favor —ordenó Stark.
Le miré, él me miró a mí, luego a Dan, después a mí otra vez.
—Lo siento —me susurró—. Lo siento mucho.
Su mano me rozó los dedos primero y se deslizó por mi brazo; parecía suplicarme antes de rodearme el codo por completo. Cerró los ojos muy fuerte y apretó los labios.
—Te he dicho que estaba loca —reconocí la voz de Mía.
Justo antes de notar la descarga eléctrica de Marlon por todo el cuerpo.