Proyecto matrimonial

Capítulo 1

Cierro los ojos un momento mientras olfateo el exquisito aroma del café que sale recién de la cafetera, tomo un suspiro y miro el pequeño trozo de chocolate que se derrite dentro del vaso de cristal. Coloco ambas manos sobre el mostrador del comedor de la empresa y me miro por un momento en el espejo que hay frente a mi. A pesar de verme cansada, mi maquillaje y mi nuevo cabello castaño me hacen resaltar.

Esta mañana he decidido probar algo nuevo; un nuevo labial y un nuevo cafe. A pesar de mi poderoso amor por el capuchino de vainilla, creo que probar un moka no estaría mal. Extrañamente, esta mañana he despertado con la sensación de que hoy será diferente, como si un pequeño dolor en el estómago me avisara que debo de estar alerta a lo que me rodea.

Por lo general, desde que entré a Xbone, me he mantenido alerta a todo lo que me rodea. Ser parte del departamento legal de esta empresa fue mi sueño infantil y ahora que lo alcancé casi por completo, no puedo darme el lujo de perder mi puesto por un descuido.

Lo ultimo que me queda es entrar a la sala de juntas; pero únicamente los abogados de mayor rango entran ahí porque, bueno, en esa sala se habla con seriedad de los bienes y los secretos de la empresa. Secretos turbios que no quieren que se filtren.

Una pequeña sonrisa se escapa de mi rostro al ver el cafe listo, me tomo un momento para agarrarlo con ambas manos y le soplo ligeramente antes de darle un pequeño trago. Al hacerlo me arrepiento de inmediato. Me quemo la lengua y maldigo mientras salgo del comedor para dirigirme a mi escritorio que se encuentra en la esquina del departamento, le regalo una pequeña sonrisa a Karla, la chila pelirroja que acaba de entrar hace una semana y continuo mi camino.

El ardor en la punta de la lengua me sirve como un recordatorio punzante de que las prisas nunca son buenas consejeras, ni en el café ni en las leyes. Al llegar a mi escritorio, dejo el vaso humeante sobre un portavasos de corcho rosa que me compré en una rebaja y me dejo caer en la silla ergonómica que, después de diez horas diarias de uso, ya conoce perfectamente la forma de mi espalda. Abro la computadora y el brillo de la pantalla me recibe con una cascada de correos sin leer, pero antes de que pueda procesar el primer asunto, un repentino e incomodo silencio antinatural barre la oficina.

No es el tipico silencio de la concentración, es el silencio del miedo. Levanto la vista y veo a Karla, la chica nueva, enderezarse como si le hubieran pasado una corriente eléctrica por la columna. Siguiendo su mirada, me encuentro con la figura de Marcus Thorne cruzando el pasillo principal. No viene solo; lo acompañan dos de los socios mayoritarios y su asistente personal, que como siempre, camina tres pasos por detrás intentando seguir el ritmo de sus zancadas intimidantes y decididas. Thorne no suele pisar el área de cubículos a menos que alguien esté a punto de ser despedido o que el edificio se esté incendiando.

Sus ojos, fríos como el acero de una caja fuerte, escanean el lugar hasta que, para mi desgracia, se detienen justo en los míos. El "dolor en el estómago" que sentí toda la mañana se transforma en un nudo físico. Bajo la mirada, intentando desviar cualquier atención hacia mi. Pero él no se detiene, se acerca a mi y con cada paso siento el despido respirar en la nuca. Levanto la mirada aceptando mi destino y trago saliva a pesar de sentir la boca seca.

Repentinamente al pasar frente a mi lugar, deja caer una carpeta de piel negra sobre mi escritorio sin siquiera mirarme.

—Sala de juntas. Cinco minutos, licenciada —su voz es un barítono seco que no admite réplica—. Y traiga ese café; va a necesitar la cafeína para lo que tengo que proponerle… ah, y no olvide sacar copias.

El corazón me da un vuelco al verlo alejarse. Esa es la sala de los secretos, la que mencioné hace un momento. Y lo más extraño no es la invitación, sino que Marcus Thorne, el hombre que apenas sabe los nombres de sus directores, sepa exactamente quién soy yo y qué estoy bebiendo.

En cuanto entra a la sala de juntas, los susurros explotan en la oficina y con naturalidad, todos se preguntan lo mismo que yo, ¿Acabo de ser ascendida?.

El hecho de que me haya dado una invitación a esa sala de juntas significa que ahora pertenezco al equipo elite, ¿Cierto?

— Felicidades — se escucha de repente, rompiendo con la pared de susurros a mi alrededor, miro hacia la dirección de Karla y al verla me recibe con una timida sonrisa. Aun confundida, lo unico que puedo hacer es agradecerle con un gesto, me levanto de mi asiento y tomo la carpeta negra para pegarla en mi pecho. Camino por la oficina sintiendo las miradas clavarse sobre mi espalda, me detengo frente a la copiadora y reviso la cantidad de hojas que tiene. Suelto un suspiro de alivio al darme cuenta que como siempre, no tiene hojas, me mordisqueo el labio y salgo del departamento con la finalidad de sacar las copias en otro lugar. Aunque en realidad, solo estoy huyendo de las miradas.

A mitad de pasillo hacia el otro departamento me doy cuenta que la carpeta que mantengo con fuerza sobre mi pecho es un boleto de lotería o una sentencia de muerte. Me detengo un momento y abro la carpeta para ver su contenido.

Al abrir la carpeta, mis dedos tiemblan ligeramente. Lo que esperaba ver eran balances financieros, cláusulas de confidencialidad o quizás una carta de despido con una liquidación generosa. Pero lo que encuentro me confunde. En la primera página, no hay logotipos de Xbone, sino una fotografía de alta resolución de un hombre que parece esculpido en el hielo más puro.




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