Proyecto matrimonial

Capítulo 4

Esta mañana me he levantado antes de que el despertador sonara, me he sentado en la cama y me que quedado más de media hora sin hacer absolutamente nada. Es extraño pero esta mañana me he levantado literalmente casada y cansada.

Me la he pasado toda la noche dando vueltas en la cama, pensando una y otra vez en todas las situaciones que mi nueva vida puede traer consigo. Es verdad que me considero una persona bastante fuerte y serena ante situaciones que estan fuera de mi alcance, pero la vida de Eros me asusta. No es un secreto que la vida de alta sociedad es una clase manada de lobos hambrientos que unicamente esperan el momento perfecto para atacar.

Miro mi habitación, el santuario que construí con mis primeros sueldos y mucho sacrificio. De repente todo parece demasiado pequeño, demasiado frágil. Mis libros de leyes, las plantas que apenas logro mantener vivas y ese cuadro que compré en un mercadillo local hace unos meses, todo se siente como pertenencias de una mujer que ya no existe. La mujer que era libre.

El sonido de una notificación en mi celular me saca de mi trance. 5:50 a.m. Un mensaje de un número desconocido: "Abajo en diez minutos. No haga esperar al señor Valerius". lo primero que noto es que no hay ni un "buenos días" de su parte, ni una pizca de cortesía. Solo una orden. Una orden para la nueva esclava.

Lo peor, es que ni siquiera se tomó el tiempo de mandarme un mensaje personalmente, dudo que haya venido personalmente, estoy segura que que al bajar me encontraré con su chofer, detrás del volante con la misma expresion de seriedad que Eros mantiene a diario.

Me levanto de un salto, sintiendo el nudo de nervios apretarse en mi estomago. Me visto mecánicamente con mi traje sastre más impecable, el que suelo usar para las grandes audiencias, como si fuera mi armadura mas resistente. Mientras me recojo el cabello en una coleta tirante, me miro al espejo. Mis ojos delatan la falta de sueño, se miran rojos, hinchados y apagados. Pero mi mandíbula está rígida. Tanto que incluso llega a doler, aunque tenga un aspecto deprimente, no voy a entrar a esa "manada de lobos" luciendo como una víctima.

Termino de arreglar mi cabello y me dirijo al baño. Cepillo mis dientes y me lavo el rostro antes de sentarme frente a mi pequeño espejo que uso para maquillarme. Sé que no tengo mucho tiempo, pero no puedo darme el lujo de verme débil frente a él, frente a su gente.

Después de unos minutos, cierro la puerta de mi departamento con la sensación de ir al campo de batalla.

Al salir a la calle, el aire frío de la mañana me golpea el rostro. Ahí está, un sedán negro blindado, tan pulcro que refleja las luces de la ciudad como un espejo negro. El chofer, un hombre de rostro inexpresivo, se baja de inmediato y abre la puerta trasera sin decir absolutamente una palabra.

Al deslizarme dentro, el olor me golpea primero. Sándalo y lluvia.

Eros está ahí, sentado en las sombras del asiento trasero, revisando una tableta con la misma intensidad con la que un general revisa un mapa de guerra. No levanta la mirada de inmediato, pero su voz, profunda y gélida, llena el espacio reducido del auto.

—Llega dos minutos tarde, licenciada —dice, y finalmente me mira. Sus ojos parecen escanearme, buscando una grieta en mi fachada—. Espero que esa falta de puntualidad no sea una costumbre. Tenemos un mundo que convencer y el tiempo es el único recurso que no pienso regalarle.

—Si planea convencer a todo el mundo de que me ama y soy la esposa perfecta, necesitaré más de dos minutos, señor.

—Mi amor por usted no tiene nada que ver con el tiempo— responde sarcasticamente, soltando una pequeña sonrisa que le combina.

—¿Amor? —suelto en un pequeño susurro que apenas y logra ser entendible. Levanto la mirada y lo veo dejar su mapa de guerra sobre el lujoso asiento del auto. Me mira con seriedad y en un estrategico movimiento se inclina hacia mi. Su perfume me golpea elegancia y suavidad mientras sus ojos oscuros buscan los mios.

El auto se mueve y con naturalidad se acerca más.

— ¿Qué haces?…— susurro con nerviosismo.

—Elena —suelta con suavidad. Mi nombre en sus labios me hipnotizan por completo, su tono de voz, grueso y elegante me embriagan por completo. Eros es la definición de vino prohibido.

Un vino que no pienso probar ni ahora, ni nunca.

—Espero que tenga la suficiente inteligencia emocional para entender que, sin importar cuántas veces le diga que la amo... jamás llegaré a amarla— confiesa, desviando su mirada hacia mis labios semi temblorosos.

—No se preocupe, señor Valerius —respondo, recuperando rápidamente el control de mi voz aunque el corazón me golpee contra las costillas—. Tengo la inteligencia suficiente para saber que el amor en su mundo no existe, es una transacción, y yo no estoy en venta, ni siquiera con un contrato de por medio.

De inmediato él suelta una risa seca, carente de humor, y se aleja apenas unos centímetros, lo justo para dejarme respirar pero manteniendo esa presión invisible que ejerce su gigante presencia. Eros vuelve a tomar su tableta, dando por terminado su ataque táctico.

—Me alegra que estemos en la misma página, licenciada. Las emociones son variables que no puedo permitirme en mi estrategia —dice sin apartar la vista de la pantalla, donde gráficos y cifras gigantes se mueven bajo la luz azulada—. Hoy tenemos la cena con los accionistas de la constructora. Usted será mi mayor activo. Mantenga esa barbilla en alto y esa mirada de abogada implacable. A ellos les gusta el poder, y usted emana un aroma a leyes y resistencia que resulta útil y… atractivo.

—Seré la actriz que usted necesita —me sentencio, clavando mi vista en el perfil gélido de Eros—. Pero no olvide que hasta las mejores armaduras tienen un costo. Y el mío, señor Valerius, podría terminar siendo demasiado caro para usted.

Él no responde, pero el ligero tensar de su mandíbula me indica que me ha escuchado pero niega brindarme un poco más de atención.




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