Me paso media hora encerrada en el auto junto a mi querido esposo, al llegar me encuentro con todo lo que habia imaginado. Una lujosa mansion a las afueras de la ciudad, un jardín espectacular y tres autos negros que desbordan elegancia y poder.
Sigo con la mirada al chofer en cuanto baja del auto, lo veo rodear el auto y por ultimo lo veo abriendo la puerta del auto. Especificamente del lado de Eros.
Eros baja del auto sin decir ni una sola palabra, se acomoda el saco del traje y voltea hacia mi dirección. Lo miro por un momento y entonces me ofrece la mano para bajar. Titubeo un poco, pero al final acepto su mano. Mientras pienso en el motivo de su repentino acto de caballerosidad, me percato de la manera en que sostiene mi mano. El desgraciado me toma con asco, como si tuviera miedo de infectarse de lepra o algo parecido.
Alejo mi mano de golpe y lo miro de mala gana.
— Eres un imbécil— suelto de una—. Te aseguro que me lavo las manos más que tu.
Lo veo a punto de responder, pero me alejo antes de darle el gusto de responder. Subo las escaleras de la lujosa mansión y abro la puerta de una. Al entrar me detengo impresionada. Desde que subí al auto supe que la diferencia de mi departamento con la casa de Eros sería un abismo, pero nunca imaginé la dimensión de ese abismo.
A diferencia de mi departamento, la madera no cruje al caminar, las paredes estan decoradas por lujosas pinturas que son una verdadera obra de arte. Los muebles lucen nuevos, perfectos e impecables como si nadie los hubiera utilizado alguna vez.
Eros entra y deja su tableta en una pequeña mesa de la entrada. Al verlo, me doy cuenta que probablemente esa acción es la más humana que lo he visto hacer.
— Acompañame, vamos a casarnos— dice mientras se dirige a las escaleras.
— Creí que ya lo habiamos hecho, ayer me obligaste a firmar el contrato nupcial.
—Te equivocas— suelta mientras lo sigo por las escaleras—. Lo que firmamos ayer solo era un contrato para asegurar que ambas partes cumplan con sus deberes en el futuro, pero hoy voy a darte mi apellido. Y unos cuantos millones de regalo.
—¿Y tendré un lindo diamante?
Eros se detiene, quedando con un pie sobre el siguiente escalon. Voltea a verme y alza la ceja.
—¿Tener un lindo diamante es importante para ti?
— Es importante para cualquier mujer —respondo a su pregunta, subiendo unos cuantos escalones, justo para quedarme a su altura—. Si quieres hacer creer a todo el mundo que me amas, espero hayas comprado algo precioso. Todo el mundo sabe que el señor Eros es un hombre perfectamente calculador y detallista. Que el diamante que le entregue a su esposa no sea perfecto, significa una cosa… que no me amas.
Una sonrisa genuina se escapa de su rostro, se pasa una mano por el cabello y asiente antes de acercar su rostro.
— Veo que no fui el único en vigilar al otro, ¿Cierto? —susurra. Lo veo cruzarse de brazos y alzar una ceja—. Me pregunto, ¿Cuánto sabes de mí?
Me tomo un momento para contestar, noto la tela tensarse alrededor de sus brazos fornidos y me desconcentro por completo. Suelto una pequeña sonrisa y regreso la mirada hacia su rostro.
—No te emociones, no me la pasaba todas las noches soñando contigo.
—Eso quiere decir que hubo algunas.
—Las hubo —admito, sosteniendo su mirada—. Fueron de esas de las que te despiertas bañada en sudor, con el corazón acelerado y el cuerpo temblando… suelo llamarles noche de pesadillas.
— Un placer hacerte sudar en la cama, Elena — responde antes de continuar subiendo las escaleras, dejándome sin palabras.
Me tomo un momento en la escaleras para aceptar que me ha ganado la batalla y me he quedado sin respuestas. Tomo un suspiro y sigo sus pasos.
Me hace seguirlo hasta el final del pasillo durante unos minutos, al llegar, me encuentro con una oficina del tamaño de mi departamento. No tardo mucho en ver al hombre de traje gris y barba tupida al final de la oficina. Entre sus manos juguetea una pluma negra que parece tener el nombre de Eros grabado.
—Lamento la espera, Lucas.
—No se preocupe señor, para usted, tengo todo el día… mi error, para ustedes. — suelta al verme.
Me arreglo el cabello y le regalo una pequeña sonrisa con un toque de timidez.
—Lucas es el juez que nos va a casar, si no te molesta —comenta Eros, volteando un poco hacia mi. La verdad es que me importa un carajo quien sea el juez, no es como si realmente me importara este matrimonio.
Me quedo un momento en silencio, sin saber exactamente que decir. Me siento incomoda y debo de ocultarlo. Camino hacia el escritorio y me siento en uno de los dos sillones de cuero oscuro que hay frente a él. Veo el contrato nupcial que firme ayer y al lado esta el acta matrimonial que reposa sobre la madera. Tomo ambos sin pensarlo.
Solo quiero comprobar que todo esta en orden, que el contrato no fue alterado por alguna razón. Me tomo el tiempo de leer linea por linea, algo que realmente no hice al firmar. Suspiro de alivio al ver que no hay nada extraño. Me parece extraño que Eros no lo haya modificado a su favor, como por ejemplo obligarme a tener un hijo con el.
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Editado: 30.03.2026