El silencio todos mantenemos sobre la oficina es tan denso que casi puedo escuchar el sonido del reloj de pared, o quizás sea el pulso acelerado de Lucas, el juez, que nos mira como si estuviéramos a punto de estallar por culpa de la tensión.
Eros no se mueve ni un milimetro. Su mano, aún cerca de la mía sobre el escritorio, se tensa. Veo las venas aparecer entre su piel, gritando por mi atención. La diversión que mostraba hace un momento en las escaleras se ha evaporado por completo, reemplazada por esa máscara de hielo que lo hace parecer una estatua de mármol esculpida por el mejor artista.
—¿Tus reglas? —su voz baja una octava, volviéndose llamativamente peligrosa—. El contrato que tienes en la mano ya estipula tus beneficios, Elena. Millones, una vida de lujos, seguridad… ¿Que más quieres?
—Eso estipula el precio de mi libertad, no lo que realmente quiero—lo interrumpo, dejando la pluma sobre el escritorio con una calma que incluso me sorprende a mí misma. Me obligo a sostenerle la mirada, me cuesta, pero lo logro —. Si voy a llevar tu apellido y a vivir bajo este techo, no voy a ser un mueble más de tu impecable colección. No soy un activo de Xbone, soy tu esposa legal.
Eros suelta una risa seca, carente de humor. Se inclina hacia mí, invadiendo mi espacio personal hasta que huelo su perfume: una perfecta mezcla de sándalo y lluvia que ahora asocio con mi propia perdición.
—Habla —sentencia—. Pidelo todo. Tienes un minuto antes de que mi paciencia se agote y decida que puedo encontrar a otra mujer dispuesta a firmar un estúpido contrato sin tanto drama.
—Mientes —le digo con una sonrisa ladeada, jugueteando con la pluma, como si no me estuvieran temblando las malditas piernas—. Si pudieras haber elegido a otra, no habrías perdido el tiempo conmigo. Me necesitas a mí por alguna razón que aún no me cuentas, así que… no me amenaces. No funciona conmigo, mi amor…— termino de decir con sarcasmo, manteniendo mi mirada en él.
Veo una chispa de reconocimiento en sus ojos. Le gusta el desafío, aunque le moleste admitirlo.
—Regla número uno —comienzo, contando con los dedos— Mi habitación es mi territorio sagrado. Tú no entras sin invitación, y yo no entro a la tuya. Este matrimonio es un negocio, no un pase libre a mi cama.
Eros asiente lentamente, desviando lentamente su mirada a mis labios.
—Aceptable. No tengo por costumbre entrar donde no me llaman. ¿Algo más, o ya podemos terminar con este berrinchito?
—Regla número do, nada de contacto físico en privado. Lo de la mano afuera en el jardín fue patético, Eros. Si me vas a tocar para fingir frente a la prensa, hazlo bien, pero en cuanto crucemos esa puerta principal, vuelve a ser el imbécil frío que eres. No soporto tu hipocresía cuando no hay cámaras.
—¿Me estás pidiendo que no te toque, Elena? —su susurro me eriza la piel—. Te recuerdo que fuiste tú la que se quedó sin aire en las escaleras hace cinco minutos. Pero está bien, trato hecho. Consideralo un alivio mutuo; prefiero no infectarme con tu… rebeldía.
El juez Lucas se aclara la garganta, visiblemente incómodo, tratando de recordarnos que sigue ahí. Eros le lanza una mirada que podría silenciar a un ejército y luego vuelve a centrarse en mí. Esta vez, acercandose más a mi rostro.
—¿Es todo?
—Regla número tres —añado, bajando la voz—. No quiero que me vigiles. Sé que tienes ojos en todas partes, pero si descubro que pusiste cámaras en mi cuarto o que tus hombres me siguen al baño, el contrato se rompe y me largo. Si quieres que el mundo crea que esto es real, tienes que empezar por darme un mínimo de confianza.
Eros se endereza, recuperando su postura de poder. Se ajusta los puños de la camisa con una calma que me pone de los nervios.
—Tres reglas. Tres límites —resume él—. Ahora, firma. El tiempo es dinero, Elena, y tú ya me has costado demasiado esta mañana.
Miro el papel donde el apellido de Eros ya está plasmado con una caligrafía elegante y firme. Si firmo esto, dejo de ser la Elena que vive en un departamento con madera crujiente para convertirme en la propiedad más valiosa de un monstruo calculador.
Deslizo la pluma y firmo. El trazo es seguro, aunque mi corazón diga lo contrario.
—Felicidades —dice el juez con una voz que suena a funeral—. Los declaro marido y mujer ante la ley.
Eros no me besa. Ni siquiera me mira con afecto. Simplemente toma el acta, se la entrega a Lucas y se gira hacia la puerta.
—Bienvenida al infierno, señora Valerius —suelta por encima del hombro—. Ve a desempacar. Tenemos una cena de "celebración" esta noche con mis socios y espero que tu actuación sea mejor que tu actitud de hace un momento. Ah, y Elena…— Se detiene en el marco de la puerta, girando solo la cabeza.—Tu diamante está sobre la cómoda de tu habitación. Espero que sea lo suficientemente perfecto para que el mundo crea que te amo… aunque ambos sepamos que eres la mentira más cara que he comprado en toda mi vida.
#5583 en Novela romántica
#2131 en Otros
matrimonio por conveniencia, enemies to lovers, romance empresarial de oficina
Editado: 15.04.2026