Proyecto Matthew

Capítulo II

—¡Noah! —gritó alguien con furia.

—¡Ya te pedí perdón! ¡¿Qué es lo que quieres?! Me estoy quedando sola por tu culpa —sollozó la menor, sintiendo todo su cuerpo temblar en una mezcla de miedo e impotencia.

—¡¿Culpa mía?! ¡¿Todavía te atreves a culparme?! ¡Todo lo que pasó, está pasando y pasará fue y será gracias a ti!

—¡Pero es que no comprendo! ¿Por qué dices todo eso si sabes cómo ocurrieron las cosas?

—Por eso mismo lo digo. Todo es tu culpa, pero no preguntes el porqué. Jamás lo entenderías… —contestó el hombre bajando su tono de voz.

—¡Te odio! ¡Jamás debí de confiar en ti!

Febrero 01, 2021.

California, Estados Unidos.

Aquello no era un sueño, era un recuerdo. Una de las escenas que más se repetían en la cabeza de Noah cuando estaba a solas. Esa conversación la había dejado con un mal sabor de boca hace unos meses, cuando las cosas en serio se habían salido de control. Había muchas cosas que no le cuadraba, y día y noche intentaba descifrar lo que las palabras de Caleb querían decirle, sin embargo, por más que hiciera un análisis de la situación y todo lo que sucedió, no encontraba una respuesta.

Se levantó en su lugar, para quedar sentada sobre su cama y observar a su alrededor. Habían llegado en la madrugada, y las cosas no habían quedado acomodadas en cuanto a sus pertenencias se hablaba. Las maletas estaban ubicadas a medio camino, iluminadas por un suave rayo del amanecer que se colaba por el gran ventanal de su habitación. Era un lugar grande y espacioso, muy hermoso, a decir verdad. Tenía todo lo que podía necesitar en cualquier momento, y eso le era extraño para ella, pues a pesar de que no le faltó nada durante gran parte de su crecimiento, desde que falleció su madre no había estado acostumbrada a tener tanto. Quitó las sábanas de entre sus piernas, y se puso de pie con la intención de ir hacia sus pertenencias y comenzar a personalizar el lugar, aunque fuera por un rato, pues tenía el extraño presentimiento de que no debía de apropiarse de eso, ya que podría dejarlo todo en cualquier momento. Sus pies no la guiaron en primera instancia hacia sus maletas, caminó directamente hacia las ventanas del dormitorio, observando así la ciudad de día, la cual, lucía hermosa. Podía apreciar el océano pacífico a lo lejos, junto con el Golden Gate en su mejor forma.

Dejando salir un suspiro, se movió de lugar, para caminar a su maleta y colocarla sobre la cama. Tomó un conjunto de ropa que consideró adecuado para lo que tenía en mente hacer el día de hoy, y tan pronto como pudo, se metió en el baño. Aquel cuartucho era igual de amplio, tenía una bañera normal, y hasta una tina, nunca había visto un sanitario tan elegante y amplio como este, le daba la sensación de que podía ser un buen escondite y meter a más de una docena de personas ahí.

Dejó sus pertenencias sobre el lavabo, y se quitó la camisa para observarse con detenimiento. Casi la mitad de su cuerpo estaba cubierto de cicatrices, lleno de marcas de distintos colores, una variación entre blanco y rojo. Era algo horrible, detestaba verse, pues sentía lástima hacia su cuerpo, y ella odiaba esa lástima. Una mueca se instaló en su rostro, y maldijo por lo bajo pensando en lo que podría esperarse de ahora en adelante. Para ella, las personas cada vez más tenían cierto retraso en su madurez y decencia para ver y decir las cosas; quería que alguien apareciera en su vida y le callara la boca en ese pensamiento, que la hiciera ver que realmente no le importaba el cómo lucía su cuerpo, y que no le causaba desprecio, no obstante, era consciente de que podría ser complicado.

Sin perder más su tiempo, se abrió el agua caliente y se metió en la dicha, para hacer que su cuerpo reaccionara después de la tranquilidad de la noche. Al salir, recubrió su cuerpo con las cremas que solía usar para sus marcas de después del incendio, y cambiada regresó a su habitación. No se dio a la tarea de desempacar aún. Se sentía ajena a ese lugar y aunque iba a vivir ahí por un tiempo indeterminado, aún no se sentía en plena confianza para desempacar. Dobló su ropa de dormir, y dejó el dormitorio para ir escaleras abajo y llamar a su custodio en su búsqueda.

—Caleb… —habló —¿Sigues aquí? —preguntó terminando de llegar a la planta baja, para ver que ésta estaba completamente vacía.

Al no recibir una respuesta, supo que él ni siquiera estaba en el penthouse. Siguió con su travesía por el living, adentrándose en la cocina de manera inconsciente, en búsqueda de alguna señal.

“Tuve que salir, no preguntes a dónde. Cámbiate y ve a la USF. En la tarjeta está el dinero suficiente para que pagues los gastos anuales. Ya está todo el papeleo listo, me encargué de eso y te aceptaron. Ve lo más pronto posible

Caleb.”

Al leer las iniciales de aquella escuela, sintió como su boca se secaba, por la impresión de saber que sería parte de la misma. La Universidad de San Francisco, era una de las mejores universidades del país, y también, una muy cara y demandante. Aproximadamente, costaba setenta mil dólares al año estudiar ahí, llegaba hasta los noventa mil dolares si te hospedas en el campus. A lo que Caleb parecía poder pagar, le parecía que las cantidades de la USF eran demasiado grandes para lo que podía costearlo, aunque con solo ver el nuevo lugar en el que se quedaban, ya se estaba replanteando las capacidades económicas que él poseía; pero volviendo con lo de la universidad, tampoco se sorprendía si le otorgaban una grandiosa beca. Noah era una joven particularmente inteligente, sabía mucho de todo, y a cualquier lugar que fuera, lograba destacar por su capacidad de razonamiento más alta que el promedio. Solía encontrar soluciones para todos los problemas, y eso era algo que las casas de estudio valoraban demasiado.




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