Tan pronto pudo, se alejó de ahí. Logró encontrar otra entrada secundaria en la parte trasera de la casa. Esta era más una reja, se podía observar lo que se encontraba en el interior, y en el piso de abajo logró divisar también la presencia de Caleb. Abrió la puerta, ocasionando un rechinido fuerte, llamando la atención del sujeto que la acompañaba.
—¿Encontraste algo?
—Solo los restos de cientos de almas —contestó de manera fría, caminando por el nuevo lugar.
Todo era como estar atrapado en un viaje en el tiempo; había cosas tan clásicas, tan antiguas y finas que te hacían sentir en otra época, y no era para menos. Todo lo que se encontraba en la propiedad pertenecía a los tiempos de la década de los sesenta; no obstante, no tenía ese sello característico de la época, era algo más elegante. Se paseó por toda la planta baja de la casa, hasta que llegó la hora de subir al segundo piso. Ahí, al igual que en el piso de abajo, las cosas se encontraban perfectamente ordenadas, aunque deterioradas. La alfombra estaba cubierta de polvo, la madera bajo sus pies tronaba con cada paso que daba. Sería complicado encontrar algo útil en estas circunstancias, parecía que el Doctor Forsythe se había encargado de dejar todo bajo control antes de irse. Claro, si es que en algún momento dejó la casa.
Su caso había sido uno de los más extraños y escuchados en Estados Unidos durante la década de los sesenta. Benjamin Forsythe fue un doctor con grandes ideas dentro de la ciencia, tenía tantos proyectos que buscaba llevar al hombre a su máximo esplendor como humano. Él creía en la supremacía. Había tenido el honor de encontrar algo que le ayudaría a eso, un descubrimiento que quería poner en práctica, pero que, por causas extrañas, nunca pudo llevar a cabo. Su desaparición fue repentina, sin embargo, fue cuestión de tiempo para que las personas se dieran cuenta de su ausencia. No tenía ninguna familia pública, por lo cual no había nadie cercano a él que diera la noticia. Buscaron en todas sus propiedades, esperando encontrarlo, sin embargo, nadie nunca supo de la propiedad en la cual se encontraban Noah y Caleb en esos momentos. Fueron las indagaciones de Wilds lo que lo llevaron a descubrir que esa casa le pertenecía al gran científico, y sus ganas de saber más sobre lo que le sucedió, lo llevaron a ese lugar.
La menor caminó por todo el pasillo. La mayoría de las puertas de las habitaciones se encontraban abiertas, por lo cual no tuvo que envolverse mucho en ellas, no obstante, su corazón se aceleró en cuanto observó una entrada de dos puertas, las cuales se encontraban cerradas. Con la poca información que tenía sobre la desaparición de ese sujeto, tuvo por unos momentos el presentimiento de que ahí podría haber algo. Tomó el pomo, y lo giró lentamente, para romper la barrera de polvo que había sellado el lugar. Era como una pequeña biblioteca, o un tipo de despacho, ya que se encontraba ahí un escritorio, con muchas estanterías repletas de libros. Aquella mesa era la única que tenía cierto desorden, había cosas encima de él que no se encontraban acomodadas, a comparación del resto. Un extraño olor comenzó a invadir sus fosas nasales conforme se iba introduciendo en la habitación. Se fijó por todos lados, intentando descubrir de dónde provenía ese terrible aroma, y se llevó una gran sorpresa con lo que encontró.
Entró en un pequeño estado de shock, que no le permitió moverse de su lugar durante unos segundos. Su respiración se detuvo, y le costó volver en sí. Se dejó guiar por el impacto, y se aproximó a la escena. Era el cadáver de Benjamin Forsythe. Sobre el escritorio, había unas jeringas, con frascos; algunos de ellos estaban totalmente sellados, y otros si estaban abiertos. Con cuidado tomó dos de ellos, leyendo en el etiquetado que era cianuro, un químico altamente tóxico y mortal. Esta era la prueba que Caleb estaba buscando. Abrió la boca, a punto de gritar su nombre, sin embargo, se detuvo al notar que había una llave colgando del cuello del cuerpo del científico. Procuró ser respetuosa, y se acercó a él para tomar aquel objeto entre sus manos. Tenía que haber algo escondido por aquí, y era algo importante como para que llevara la llave colgada. Palmó su forma, y comenzó a indagar para ver si encontraba algo en donde embonara, pero no fue tan fácil. Buscó entre los libros, las paredes, pero la cerradura que buscaba no estaba en ninguno de esos lugares. Terminó moviendo todas las cosas del escritorio, y en uno de los laterales, la encontró.
Introdujo con cuidado el objeto en su lugar, y lentamente lo hizo girar. De la parte baja de la mesa, se abrió una pequeña puerta, dejando caer un libro del fondo. Todo estaba lleno de polvo, y lo tomó, para sacudirlo. No tenía título o algún escrito en la portada que le indicara su contenido, pero cambió en cuanto vio la primera página. En una de las esquinas inferiores se encontraba el logo de los Estados Unidos, en una de sus agencias de investigación secreta y ciencia. Era un sello oficial.
Tomando en cuenta el historial de Forsythe, no le fue complicado a Noah relacionar que aquí se encontraban plasmados viejos experimentos del gobierno de su país, proyectos que el propio Benjamins había llevado a cabo, o planeaba hacerlo. No podía dejar que Caleb lo encontrara, podría hacer cosas inimaginables con él, como venderlo o sacarle un mal provecho, no podía permitir que cayera en las manos equivocadas. Lo ocultó entre su ropa, y cuando se sintió segura de que no se notaba, fue que decidió llamarlo.
—¡Caleb! ¿Adivina qué? ¡Te gané, idiota! —soltó a modo de celebración.
Ante la voz de la fémina, él fue en su dirección. Para su fortuna, se encontraban en el mismo piso. Se detuvo en seco al verla con la jeringa y los frascos en la mano, al igual que se espantó al ver el cadáver en la habitación. No podía acercarse a eso, sabía que sería letal.