Abril 06, 2021.
California, Estados Unidos.
Todo lo que había sucedido, le seguía pareciendo irreal, una completa locura, y con lo que Caleb le había dicho, peor. Sabía que existían cosas en el Área 51, cosas turbias que habían realizado cientos de empresas y el propio gobierno en una zona alejada de la sociedad, pero le costaba creer que la desaparición de Noah era por una causa de esa índole. Se sentía completamente destrozado, estaba desesperado por emprender un viaje hasta allá, pero se había visto obligado a esperar a que Wilds dijera cómo proceder. Tenía demasiadas dudas respecto a su persona, pero por primera vez realmente lo estaba viendo preocupado por lo que pudiera sucederle a la chica, y eso le obligaba a confiar en él, aunque sea de manera momentánea. Necesitaban muchos recursos para emprender el viaje y enfrentarlos, como vehículos, armamento, y, sobre todo, gente. Era una misión suicida, no obstante, no tenía miedo, al contrario, no podía esperar más tiempo para hacerlo.
Durante todos estos últimos días, no le había quitado la mirada de encima a Wilds, y había comenzado a pasar poco tiempo en casa. Con el dinero que lograba recaudar de las carreras ilegales, se había comprado una pequeña casa en un barrio cerrado de la ciudad, se sentía orgulloso de eso, pero no le alegraba la manera en la que poco a poco se iba alejando de lo que era su hogar. Con todo el asunto en el que se terminó metiendo, temió por su familia, y decidió tomar distancia en caso de que esos sujetos lo lleguen a buscar por ser testigo de una infamia como el secuestro. No quería que ni su madre, ni su hermana supieran lo que iba a realizar, por su bien. Ellas eran lo único que tenía, su única familia, y haría lo que fuera por protegerlas de tragedias tan grandes de las que ellas no tenían culpa. Era el único hombre en su casa, ya que su padre era un psiquiatra, pero los había abandonado cuando él tenía alrededor de ocho años de edad, siendo criado únicamente por su mamá. Era por eso que había tomado esa responsabilidad tan grande de resguardar su bienestar, era su papel, casi un deber.
La escuela se había convertido en el punto de encuentro de él, y Daniela, su hermana. La menor se encontraba también afligida por lo que sucedió, y no solo ella, sino, todos sus amigos, Flynn, Jordan, Peter, y Becca. Cuando recibieron la noticia, Matt los había reunido en su casa, sin embargo, había omitido la parte más esencial de toda la historia, que eran las palabras de Caleb. La chica de lentes se adentró en el laboratorio en el cual estaba trabajando, y a su lado tenía el diario que Noah le había pedido resguardar. No se había atrevido a abrirlo, pero siempre lo llevaba a todos lados, pues al no estar fijo en un solo lugar, quería estar seguro de que estaba en un buen sitio. No obstante, tampoco había dejado que alguien lo viera.
—Hola, Matt.
—Hola… —saludó el mencionado sin muchos ánimos.
Se empezó a escuchar un pequeño pitido, un sonido que, durante los años de estudio de la carrera de su hermana, se había acostumbrado a escuchar, aunque esta vez, era particularmente más rápido que las veces anteriores.
—Tu presencia perturba a mi Geiger —se quejó la menor, frunciendo el ceño. Se empezó a acercar más a su hermano, y la intensidad del sonido aumentaba con cada paso que daba. Era extraño.
Desde que usaba el instrumento, Matthew siempre era señalado con un nivel de radiación alto, más que el de la persona promedio, pero esta vez la cantidad de radiación que parecía emitir era cada vez mayor.
—Fuiste tú la que llegaste.
—Espera —interrumpió la castaña, dejando de avanzar —. Tienes más radiación que de costumbre.
—¿Qué? Daniela, no seas ridícula. A lo mejor tu aparato ya se rompió.
—No, no es eso. Te lo juro —contestó, alzando los ojos a él.
El castaño rodó los ojos y se puso de pie para acercarse a la chica de lentes. Tomó el medidor entre sus manos, y la radioactividad que este reflejaba, se disparó. Los niveles de radioactividad de Matt, siempre fueron un misterio para la familia Coleman, no obstante, nunca encontraron anomalías en su interior, y tampoco había estado expuesto antes a elementos con radiación, creían que era algo con lo que había nacido. El chico caminó por todo el lugar, y al apuntar la máquina a donde estaba anteriormente, el rango se elevaba a una mayor frecuencia. Eso era raro. Alejó el Geiger, sin moverse de su lugar, y los números disminuían, pero estos volvían a subir cuando se regresaba a la misma posición. No había nada raro sobre el escritorio, ninguna de esas cosas tenía niveles dañinos de radiación, o al menos eso se les figuraba. Lo único que había de distinto ahí, es que ahora estaba el diario que le había dejado Noah entre sus manos antes de marcharse.
Fue como si se hubiera encendido un foco sobre la cabeza del joven. Se aproximó al libro, y apuntó lo más cerca que pudo a él. Era eso lo que sonaba, era el diario. Los niveles eran extremos, eran números que no soportaría cualquier mortal que no estuviera acostumbrado a la exposición de ese elemento.
—¿Matt? —llamó su hermana, confundida.
—Sal de aquí —ordenó.
—¿Qué? —cuestionó incrédula.
—Que salgas de aquí ahora. Tu cuerpo no está acostumbrado a recibir olas de radiación tan fuertes. Ve a otro laboratorio a darte un baño de desintoxicación, y no dejes que nadie se acerque aquí.