Abril 11, 2021.
Nevada, Estados Unidos.
A Thomas no le había quedado opción, y tuvo que aceptar el dejar que Caleb se quedara junto a ellos mientras Noah y Matthew se quedaran en el Área 51. El Acuerdo Rojo, era un pacto de escala mayor, en el cual ambos bandos de la zona, habían acordado no soltar armas biológicas de escala menor o mayor, con el fin de evitar que estas se salieran de control y se convirtieran en un peligro, tanto para las personas de los alrededores, como para el resto de la población norteamericana. Este acuerdo abarcaba un rango desde liberar experimentos en virus y bacterias, hasta humanos y animales. Había cosas tan monstruosas, que serían capaz de matar a cualquiera con tan solo acercarse a ellos, o tocarlos. Era por eso que el Acuerdo Rojo era tan importante, lo habían pactado por la seguridad de la sociedad y de ellos mismos, a pesar de que se supone, cada quién sabía controlar y detener las armas que tenían. Hamlet había tenido que actuar con inteligencia, sabía que Adeus era capaz de romper ese trato que hicieron con tal de obtener lo que quería, y lo obligaría a entregarle a su propia hija y a Matthew para poder detener todo el desastre que provocaría.
—Todo está listo, doctor —indicó una de las científicas que se encontraba monitoreando los controles en los que se reflejaban los niveles de Noah —. Cuando usted diga.
La chica yacía sobre la silla especial que se ajustaba a ella para el experimento. Estaba inconsciente, su pecho subía y bajaba con un ritmo perfecto gracias a una de las tantas máquinas a la que la habían conectado. Si no fuera por eso, la paz externa que demostraba sería como ver algo angelical. Estaban por proseguir con la siguiente parte del proyecto que habían acordado, y habían cumplido todo tal cual, y como la fémina lo había solicitado, ella sabía que era lo que se le estaba por introducir, pero no sabía cuáles serían las reacciones que tomaría su organismo.
Todos la observaban con curiosidad a través del cristal. Por la radiación que la joven emitía, se encontraba aislada, pero sería algo que duraría sólo mientras ocurriera el proceso, ya que después se controlaría para poder tener contacto con el resto de las personas. Matthew era uno de ellos. La contemplaba con atención y cuidado, alerta a cualquier situación que le pareciera extraño para reaccionar. No estaba acostumbrado a todo el espectáculo que lo rodeaba, es decir, todo era desconocido para él, pero hasta dentro de lo que cabía, se consideraba capaz de detectar irregularidades mayores que pusieran en peligro la vida e integridad de la menor. Caleb se encontraba justo a su lado, intercalando la mirada entre los monitores, ella, y Thomas, quien se había quedado pensativo viendo hacia donde se encontraba su hija.
—No querrás ver esto —aconsejó Wilds al chico.
—¿Por qué no?
—Es muy difícil. Por cada fase que pase, la reacción que tendrá será diferente, cada una de ellas, peor a la anterior —contestó el hombre por lo bajo —. Yo ya lo viví. Esa es una de las tantas razones por las que dejé este lugar.
Para Caleb había sido traumático el ver a Noah de niña sufrir de manera interminable. Sus gritos, su llanto, el cómo se retorcía de dolor, como volvía en sí llena de miedo, y caía inconsciente otra vez. Era un infierno.
—¿Y qué va a suceder después de esto? —cuestionó Matt.
—La dejarán ahí por veinticuatro horas más. Ese es el protocolo. Si se recupera podrá salir, si no, se quedará ahí en observación hasta que pueda ponerse de pie.
Solo escuchar esas palabras habían puesto a Matthew más inquietante de lo que ya estaba. Todo era perturbador. Sentía que era parte de una película o un libro de ciencia ficción, porque todo parecía ser irreal, sin embargo, cuánto deseaba que fuera solo eso, una ficción, no la vida real. Se sentía molesto, e impaciente. No sabía cuánto iba a durar el proceso por el cual someterían a la chica, pero rogaba porque este terminara, aun sin siquiera haber comenzado. Observó en silencio a Thomas, quien no dejaba de mirar sus notas, aunque en realidad, se sintiera perdido en ellas. Aquello le dio una corazonada a Coleman, y no sabía si era una buena, o mala. Una parte de él esperaba que recapacitara y que no indujera a Noah a procedimientos experimentales, es decir, era su propia hija. Y era justo aquello lo que le estaba doliendo a Hamlet. Su moral se había visto quebrantada desde el momento en el que todos supieron que él, y la joven eran padre e hija, y el haberlo admitido en voz alta había sido un golpe de realidad muy fuerte para ambos, y eso que todavía no había ocurrido lo peor.
—Hazlo ahora… —respondió el jefe poco tiempo después, sin alzar todavía la mirada.
Aquello enfureció al chico aún más. Le parecía increíble el nivel de cobardía que poseeía Thomas Hamlet como para ni siquiera voltear a ver a su hija cuando la estaban sometiendo a algo a lo que él accedió desde que era una niña. Él era realmente un monstruo, una persona sin alma, corazón, o compasión.
La sustancia que correspondía, fue bajando por los tubos a los que Noah estaba conectada, hasta introducirse por completo en su piel. Un gemido de dolor se escapó de los labios de la fémina, sintiéndose atacada por aquel líquido que se iba integrando en su torrente sanguíneo, provocando una sensación de ardor, dolor, y presión en cada célula de su cuerpo, hasta que éste llegó a la parte elemental del proyecto: Su cerebro.