—Siento que estamos cometiendo el crimen del siglo.
—Pues esto no es muy legal que digamos.
Su conversación hacía eco en la oscuridad del túnel. Habían comenzado a bajar desde hace unos minutos, y parecía que el camino no tendría fin. Todo estaba sucumbido entre la oscuridad, solo siendo iluminados por la linterna que llevaban. Eso era lo único que les daba visibilidad. El correr del agua todavía se escuchaba en el interior de la montaña, puesto que, en el suelo, en ambos bordes del camino, seguía caminando la corriente. Y eso es lo que tenían que seguir, pero ¿hasta dónde? Cada vez estaban más abajo. Las paredes a su alrededor se encontraban alzadas de una manera perfecta, las medidas parecían ser tan exactas, que era imposible de realizar tomando en cuenta el tipo de material de la montaña. Estaban rodeados por jeroglíficos tallados, con figuras humanoides y de dioses.
Unos metros más adelante, el suelo dejaba de ser liso, y comenzaba el descenso de unas escaleras un poco chuecas, pero funcionales, y al fondo de estas, se alzaba una puerta doble, hecha de madera, y siendo iluminada por una antorcha que llevaba demasiados años encendida.
—Esa es la llama que te digo, no la otra llama —mencionó la chica, recordando la conversación que habían tenido hace un rato, cuando estaban buscando la llama que titila —. Ven, vamos. Esta es la última parte del acertijo. “Desciende al reino donde el tiempo se inclina”.
—No me digas nada, había que pensar en todas las posibilidades. Probablemente las llamas también puedan bailar. Todos lo hacen. Cuando tenía quince años, Daniela había adoptado un perro y se ponía a bailar por comida —ofreció como ejemplo, bajando las escaleras de poco en poco.
—Pero los animales no titilan. Eso va inclinado a objetos de luz —justificó la menor.
—Entonces las luciérnagas titilan —dijo él, a modo de afirmación —. Son animales, pero de luz. Y su luz se apaga y se prende.
Noah se detuvo durante unos segundos, y volteó a ver a su acompañante, frunciendo el ceño. No había pensado en eso.
—Bueno, las luciérnagas sí, pero sólo porque en la noche brillan, y es su luz la que titila, nunca he visto bailar a una luciérnaga —respondió, continuando con su andar junto al castaño.
—Yo sí.
—¿Ah, sí? ¿En dónde?
—En una película de caricaturas.
Se detuvieron frente a la entrada, y se dieron ya el lujo de apagar la linterna que llevaban, ya que ahora era la antorcha la que los iluminaba. Matthew colocó una mano en el picaporte, y poco a poco lo fue haciendo girar. Empujó con suavidad la puerta, causando un rechinido de los tornillos viejos. Esto claramente, era algo que habían colocado en una época distinta a la del imperio inca, se veía de al menos, el siglo pasado, justo de los tiempos en los que Benjamin Forsythe estaba vivo.
—Vaya… —soltó Noah por lo bajo, con impresión.
—Se nota que aquí querían esconder algo. Es claro que los incas no construirían esto. O probablemente sí lo hicieron, pero alguien lo modernizó.
Su interior estaba iluminado con puras luces eternas, llamas destinadas a no apagarse. Todo estaba hecho de madera, y era como una cápsula del tiempo. Era simplemente increíble.
—¿Te imaginas cuánto conocimiento oculto y secretos están guardados aquí?
—Más de lo que podría imaginar. Ahora tenemos que buscar el diario entre todos estos libros.
—Hay que darnos prisa.
Terminaron de adentrarse por completo en aquella biblioteca, y cada quien fue por su lado para poder abarcar más rápido la mayor cantidad de estantes en el menor tiempo posible, sin embargo, aún les faltaba hacer uso de una parte del acertijo.
—Espera —indicó la chica, recordando los últimos versos de la primera estrofa del acertijo —. El autor en su escrito dice que está bajo la mirada del dios tallado. Busca una imagen que represente a algún dios.
Justo en el fondo, pegada a la pared, había una imagen de piedra, con los ojos viendo en dirección baja. Era algo complicado de explicar, pero los óculos daban la ilusión de estar viendo hacia el suelo. Matt logró notar eso, y fue directamente ahí. Bajo el dios, estaba un pequeño estante, y recordando las características del primer diario que encontraron, junto con las que les había enseñado Adeus, lo buscó. Tanteó entre todos los libros que se hallaban ahí, pero no había nada.
—Noah, creo que tenemos un problema… —sus palabras se quedaron al aire, ya que sintió como el suelo se movía de manera leve bajo sus pies. Su mirada se clavó en las tablas de madera, y movió su pisada, notando que un tablón se tambaleaba ligeramente. Se puso de rodillas, y tomándola de los bordes, logró levantar aquella parte del suelo —. ¡Lo encontré! —mencionó, a modo de victoria.
Agarró el diario, y después de colocar la madera en su lugar, se levantó, para observar a la fémina llegar a su lado.
Una sonrisa de alegría también se plantó en el rostro de la menor.
—Lo logramos…
Los dos dejaron escapar unas cuantas risas. Ahora solo necesitaban huir.
Guardaron aquel diario en la mochila que llevaban con cosas que podrían ayudarlos, y se dispusieron a salir de ahí. Cerraron la entrada de la biblioteca, procurando no dejar rastro de que alguien llegó a estar ahí. A su paso, caminaron por el túnel, guiándose en un solo camino hacia el exterior de la montaña, sin embargo, las cosas habían cambiado de plan.