Mayo 01, 2021.
Alaska, Estados Unidos.
Una camioneta negra blindada, se detuvo frente a un gran edificio de concreto gris. Del vehículo, bajó un hombre pulcro, vestido en un traje del mismo color que la edificación, junto a una gabardina negra. Ajustó su abrigo, intentando evadir las fuertes ráfagas del aire frío nocturno del norte del mundo, y dándole una mirada a la construcción, se aproximó a ella. En la entrada, otro sujeto que portaba un traje táctico, lo detuvo, ya que el acceso al lugar estaba restringido, solo personas autorizadas podían ingresar.
—Cisne Negro.
Al haber escuchado esa palabra clave, el tipo que cuidaba la entrada, no tuvo opción, y colocó un acceso en un pequeño teclado de números, lo que permitió que se abriera la puerta con rejas metálicas, y así que pudiera pasar el inquilino.
El interior del edificio estaba frío, más de lo que se podía sentir en el exterior. Aquel hombre se subió al elevador, y seleccionó el último piso. Pasaron un par de minutos, y finalmente las puertas del ascensor se abrieron, para darle paso a un oscuro y triste pasillo, hecho y decorado únicamente con concreto. Caminó por el pasadizo, y se detuvo frente a la puerta de metal que los separaba a él y a su mayor colega. Colocó un código en el monitor de la pared, y después de escanear su ojo para confirmar que era él, logró ingresar.
—Te estaba esperando… —habló el otro hombre, quien lo esperaba sentado en su escritorio y poseía una voz ronca demasiado característica, una consecuencia por fumar puros durante más de treinta años de su vida.
—¿Qué tienes para mí? —preguntó el recién llegado, yendo directo al grano.
Desde hace unos días que había hablado con él y le había dicho que había logrado algo grande para trabajar entre los dos, la incertidumbre lo carcomía, y no podía seguir esperando más tiempo sin saber de qué se trataba.
—Vamos, hermano. Toma asiento primero —solicitó el anfitrión —. Lo que te voy a decir es grande, creo que es mejor que tomes la sorpresa preparado.
—Si te refieres a los diarios, ya sé que los encontraron.
—No es solo eso. ¿Recuerdas el Proyecto Matthew?
El hombre asintió.
—Fueron los dos experimentos los que encontraron los diarios.
—Exacto. Y nuestro hermano logró traer a la chica, al experimento 237.
—¿No se supone que ella está muerta?
—¿Y eso qué importa? —contestó el otro, en señal de que le daba igual si la joven estaba viva o no —. Su cerebro es lo que queremos.
—¿Y qué hay del chico? El 236.
—Está con ese Adeus Beaumont en el Área 51. Pero hay quienes dicen que se está volviendo loco.
—Interesante… Tenemos que traerlo también para acá. Si tenemos el cuerpo de la chica, y su cerebro, podremos trabajar en el chico el proyecto completo. Se haría nuestro sueño realidad.
—Todo por lo que ha trabajado nuestra familia durante décadas, finalmente estamos por alcanzar la gloria. Le diré a Savaris que haga una movida, a ver si logramos derribar a Matthew y traerlo hacia acá.