Proyecto Mnemosyne

Capítulo 2- Despertar

El día siguiente amaneció sin urgencia.

Liam salió a correr apenas clareó. Era un hábito antiguo, anterior incluso al laboratorio, cuando aún creía que el cuerpo podía ordenarse sin fórmulas. Le gustaba el ejercicio no por estética —aunque su figura lo delatara— sino por una convicción más simple: si el cuerpo se sostenía, la mente tenía dónde apoyarse.

Era de tez clara, bronceada por la costumbre de estar al aire libre más de lo que la gente suponía de alguien como él. Cabello castaño, siempre un poco indócil, ojos cafés que rara vez parecían completamente quietos. Su contextura era atlética, funcional: músculos trabajados sin exageración, sin esa obsesión por el volumen que había visto en otros. De niño había practicado natación durante años, hasta que se volvió más una competencia cruel que una actividad liberadora. Después vinieron carreras cortas, algo de ciclismo, disciplinas que no exigían competir demasiado.

Jäger corría a su lado, atento pero libre, marcando el ritmo sin necesidad de órdenes. Liam lo dejaba hacer; confiaba más en su perro que en muchos dispositivos de medición.

El recorrido era familiar. O eso creía.

Se detuvo de pronto, con una sensación incómoda, casi física: la certeza de haber llegado a algún lugar sin haber estado realmente presente durante el trayecto. Respiraba agitado, pero no por el esfuerzo. Miró alrededor, intentando ubicar referencias.

Fue entonces cuando un niño, mochila al hombro y uniforme desprolijo, tropezó con él al intentar esquivarlo.

—Perdón —dijo el niño, sin detenerse demasiado, apurado por llegar al colegio.

Liam respondió con un gesto automático, pero ya no estaba ahí. Reconoció la esquina. El cruce. La pendiente leve. El sitio exacto donde su vida había cambiado de dirección años atrás.

Sintió un nudo seco en el pecho.

Buscó un banco cercano y se dejó caer con más cuidado del necesario. Jäger se sentó frente a él de inmediato, observándolo con esa atención incómoda que parecía más humana de lo prudente. Liam apoyó los antebrazos sobre las rodillas y dejó que la respiración encontrara su propio ritmo.

—Ayer pasó algo —murmuró, sin pensar demasiado a quién le hablaba.

Le acarició la cabeza a Jäger, lento, como si ese gesto pudiera anclarlo al presente más allá de la música proveniente de los audífonos. Le habló del laboratorio. De la prueba. De ese patrón que no encajaba en ningún modelo previo. No usó términos técnicos. No los necesitaba.

Jäger levantó las orejas al oír su tono, no las palabras. Emitió un sonido bajo, casi un quejido contenido, y apoyó el hocico contra su pierna.

Por un instante, Liam tuvo la absurda sensación de que su perro entendía más de lo que debía. Como si quisiera advertirle algo. Decirle que no siguiera.

Liam sonrió apenas, cansado.

—¿Qué? ¿Pelota? —dijo, buscando la explicación más sencilla.

Jäger movió la cola, pero no se levantó.

Después de unos minutos, Liam se obligó a ponerse de pie. Mientras volvía a casa caminando, iba lanzando a Jäger la pelota, y aunque este parecía emocionado de jugar, había algo en su ritmo que no era del todo común; mientras tanto, Liam seguía el camino a casa, no corriendo, con esa incomodidad persistente de quien siente que ya ha pasado por un lugar que no recuerda haber visitado.

En su departamento terminó su rutina: fuerza, estiramientos, una ducha rápida, y contrario a lo que un adulto promedio tomaría por desayuno, cereal con leche. Todo en el mismo orden de siempre. La normalidad como ritual.

Estaba secándose el cabello cuando sonó el teléfono.

—Liam —dijo la voz al otro lado—. Soy Steffan.

Steffan era joven, metódico, y lo suficientemente curioso como para estudiar de noche después de trabajar en el laboratorio por la mañana. Era uno de los pocos, junto con Liana —quien cubría los turnos nocturnos—, que tenía acceso completo al laboratorio. Liam les había confiado una copia de las llaves mucho antes de que su familia empezara a bromear, con una preocupación mal disimulada, sobre su futura transformación en una rata de laboratorio más, aunque viéndolo objetivamente no parecía ese el perfil de un neurocientífico computacional.

—¿Qué pasó? —preguntó Liam, ya atento.

Hubo una pausa breve.

—El sujeto se despertó —dijo Steffan—. Y… está consciente. Demasiado consciente.

Liam cerró los ojos un segundo.

—¿En qué sentido?

—No está desorientado. No está agitado. Pero dice que hay algo que reconoce. No recuerda nada concreto, pero insiste en que algo ya estaba ahí antes de que abriera los ojos.

Liam sintió que el día, por fin, comenzaba.

Liam no respondió de inmediato. Se sentó en el borde de la cama, con el teléfono aún apoyado contra la oreja, como si el peso de la frase necesitara asentarse primero en el cuerpo.

—¿Está orientado en tiempo y espacio? —preguntó al fin.

—Sí —respondió Steffan—. Demasiado. Sabe dónde está. Sabe por qué está aquí. Incluso recordó tu nombre sin que yo se lo dijera.




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