El laboratorio lo recibió con su silencio poco habitual, estaba acostumbrado a tener música siempre y sus amigos – Steffan y Liana- respetaban eso, incluso contribuían, pero aquel día, aquella mañana, no era como las otras, Liam supo de inmediato que algo no encajaba porque si bien le había dicho a Steffan que quitara la música para no estimular al sujeto, bien podía ponerla a bajo volumen y con géneros suaves.
No fue una alarma. No fue un olor extraño ni una luz encendida donde no debía. Fue esa sensación incómoda de entrar a un espacio conocido y sentir que alguien había movido un objeto unos centímetros, lo suficiente para que el cuerpo lo notara antes que la mente.
Steffan lo esperaba en la antesala, de pie, con los brazos cruzados y el ceño ligeramente fruncido. No parecía cansado. Parecía tenso.
—Llegaste rápido —dijo.
—¿Cómo está? —respondió Liam sin preámbulos, dejándose la chaqueta sobre una silla.
—Despierto. Estable. Demasiado lúcido para mi sorpresa.
Caminaron juntos por el pasillo corto que conectaba con la sala de observación a la que llamaban el cuarto de hospital o cabina. El vidrio unidireccional dejaba ver al sujeto sentado en la camilla, con la espalda recta, los pies apoyados en el suelo. Tenía un cuaderno sobre las rodillas y un lápiz en la mano. No escribía. Esperaba.
—¿Cuánto tiempo lleva así? —preguntó Liam.
—Desde hace unos veinte minutos. Terminó el dibujo y se quedó quieto.
Liam apoyó una mano contra el vidrio.
—¿Pidió algo más?
—Agua. Y preguntó si hoy es martes.
—¿Reaccionó cuando se lo confirmaste?
—No. Asintió. Como si ya lo supiera.
Liam respiró hondo. No era euforia post-estimulación. No era confusión. Tampoco parecía ansiedad. Era otra cosa. Una calma que no correspondía al contexto clínico.
—Quiero hablar con él —dijo.
Steffan dudó.
—¿Ahora?
—Ahora.
Entraron.
El sujeto levantó la vista en cuanto Liam cruzó la puerta. Sus ojos no mostraban sorpresa, ni alivio, ni miedo. Lo observó como si reconociera una forma más que una persona.
—Hola —dijo Liam—. ¿Cómo se siente?
El hombre inclinó apenas la cabeza, como calibrando la pregunta.
—Presente —respondió—. Por primera vez en mucho tiempo.
Liam se sentó frente a él, manteniendo una distancia prudente.
—¿Recuerdas algo de la prueba?
—No como recuerdos —dijo—. No hay escenas. No hay voces, al menos nada de la manera convencional. Pero… —hizo un gesto vago con la mano— ya no siento que algo me esté empujando desde adentro.
Liam intercambió una mirada rápida con Steffan.
—¿Y antes? —preguntó—. ¿Qué sentías antes?
El hombre apretó el lápiz entre los dedos.
—Como si algo insistiera en ser visto. No recordado. Reconocido. Tenía episodios en los que, aunque sabía que era yo, a la vez sería que no lo era.
Liam sintió un frío leve recorrerle la espalda.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que no todo eso era mío.
Silencio. Así que sí había visto algo, sólo que no era consciente y sólo podía describir la sensación. Eso era algo muy instintivo, sentir, percibir antes que ver. La humanidad hoy en día ha olvidado ese rasgo gracias – o penosamente- a la evolución, tanto del hombre como de la sociedad misma.
—¿Qué dibujaste? —preguntó Liam con cuidado.
El sujeto dudó un segundo. Luego giró el cuaderno y se lo mostró.
No era una escena. No era una persona. Era una estructura.
Líneas torpes, casi infantiles. Una figura pequeña dentro de un rectángulo azul. El azul no es uniforme; está sombreado con insistencia, como si quien lo hubiera hecho necesitara reforzar ese color una y otra vez. Encima, una forma más grande, apenas delineada, extendiendo algo que podría ser una mano… o un brazo.
No hay rostros. No hay detalles.
—No sé qué es —dijo el hombre—. Solo sé que, si no lo dibujaba, se iba a perder.
Liam sostuvo el cuaderno unos segundos más de lo necesario.
—Gracias —dijo al fin—. Eso es todo por ahora.
El hombre asintió, sin resentimiento, sin urgencia. Liam indicó a Steffan que lo acompañara fuera.
Cuando cerraron la puerta, Steffan habló primero.
—Eso no estaba en ningún protocolo.
—No —respondió Liam—. Pero tampoco está fuera de lo que buscaba.
—¿Buscabas esto?
Liam no respondió de inmediato. Caminó hasta el monitor principal y revisó los registros de la noche anterior. Las curvas seguían ahí, suaves, persistentes. Nada caótico. Nada violento.
—Buscaba silencio, orden, algo que pudiera ser descrito —dijo al fin—. Y lo he encontrado.