Proyecto Mnemosyne

Capítulo 7- Encuentros

Liam despertó temprano, antes de que la luz del sol se filtrara con insistencia por la ventana. La sensación era extrañamente densa: ni excitación ni apatía, sino una especie de tensión contenida que le obligaba a revisar mentalmente cada detalle del día que se avecinaba. Tenía que asistir al cumpleaños de su tío, una celebración que prometía ser elegante, con invitados cuidadosamente seleccionados y un protocolo implícito que él nunca había aprendido a ignorar.

Había salido a correr con Jäger como de costumbre, aunque su perro seguía teniendo un comportamiento que, a los ojos de Liam, no era normal, y todo había empezado cuando le había contado lo que había pasado en el laboratorio los dos días anteriores. Realmente sentía que su perro lo entendía de una manera particular.

Mientras se duchaba, repasaba mentalmente el atuendo que había elegido: un traje gris oscuro, camisa blanca, sin corbata, porque su tío detestaba la rigidez excesiva. Cada elemento estaba pensado para no desentonar, para no llamar la atención, y aun así no podía quitarse la sensación de que los comentarios de sus padres lo perseguirían durante toda la velada.

Mientras tanto en el lugar de reunión, sus padres habían hecho acto de presencia con su habitual manera de estar presentes sin escuchar. Su madre, impecable, con esa mezcla de reproche y expectativa que solía disfrazar de interés, ya había enviado mensajes esa mañana recordándole lo que debía hacer, cómo debía comportarse, con quién debía interactuar y qué gestos eran apropiados. Su padre, como siempre, estaba más preocupado por la percepción externa que por él: controlando cada detalle, cada saludo, cada comentario, como si el mundo dependiera de la forma en que Liam caminara entre los invitados.

—No es tan malo —se dijo Liam mientras se vestía—. Mi tío es otra cosa.

Su tío era diferente. Tenía una especie de elegancia despreocupada y un sentido del humor que Liam siempre había apreciado. Era el único familiar que parecía capaz de aceptar que él no compartiera ni las mismas prioridades ni las mismas obsesiones que sus padres. Por eso había aceptado la invitación. Por respeto, por cariño, y porque, en el fondo, sabía que en medio del protocolo habría al menos un refugio: alguien que entendiera que no todo debía ser interpretado, medido o juzgado en términos sociales, sino que, así como él, sabía que los secretos familiares tenían algo más de relevancia.

El lugar elegido para la celebración no era un apartamento ni una casa familiar: era un salón privado de un hotel céntrico de Friburgo, decorado con un gusto refinado y discreto, con mesas bien dispuestas, cristalería pulida y arreglos florales estratégicamente iluminados. Todo estaba pensado para impresionar sin ostentar, y Liam lo apreciaba más de lo que pensaba admitir.

La reunión transcurrió como esperaba: saludos calculados, conversaciones sobre negocios familiares, política, y viajes que él no había hecho ni planeaba hacer. Sus padres estaban allí, insertos en su propio teatro, pero él los sentía como figuras distantes, rígidas, observando y evaluando, sin realmente interesarse por lo que él decía o sentía. No había reproches abiertos, solo silencios cargados y miradas que hablaban de lo que no podían decir.

Liam lo soportó todo con paciencia, agradeciendo los momentos en que su tío lograba distraerlo, pero poco a poco la fatiga emocional se acumulaba. Cada conversación era un recordatorio de su lugar en esa familia: alguien que siempre debía medir su palabra, su gesto, incluso su respiración. Finalmente, después de un brindis prolongado y una sonrisa cortés para un grupo de invitados desconocidos, tomó la decisión.

—Ya tuve suficiente —murmuró para sí mismo mientras se retiraba a un lado, revisando su teléfono—. Esto no va a mejorar.

No necesitaba justificarse ante su tío, ni ante nadie más. La combinación de formalidad, expectativas y silencios familiares había agotado su paciencia. Y aunque apreciaba la intención de su tío, su instinto le decía que necesitaba un respiro.

Fue entonces que Liana le envió el mensaje: el enlace a la conferencia de una científica destacada llamada Sorell Rhuad. Al principio pensó en ignorarlo, pero algo en el título, en la descripción breve que aparecía en el mensaje, lo hizo detenerse. Estaba relacionado con patrones de memoria, actividad neuronal, experimentos que resonaban demasiado con lo que él había vivido esos días en el laboratorio. Quizá, pensó, había algo allí que realmente podría servirle.

Y así, mientras salía del salón hacia la calle, con el teléfono en la mano y el ruido lejano de la celebración detrás, Liam decidió caminar un rato por la ciudad, dejar que la tonalidad de la conferencia lo guiara, y sin saberlo, se dirigía al momento en que su mundo y el de Sorell iban a cruzarse.

Abrió el enlace sin mucho entusiasmo y se encontró con una grabación de una conferencia: Sorell explicaba un proyecto de neurogenética.

Intrigado, decidió tomar un camino distinto mientras reproducía la conferencia en sus auriculares. Caminó sin rumbo, perdido entre los sonidos de la ciudad y las palabras precisas de Sorell. La voz de ella, firme y pausada, explicaba los lapsos de actividad cerebral donde no había picos, la ausencia de reactividad como un estado de contención de memoria… y algo dentro de él reaccionó, un ligero cosquilleo de reconocimiento intelectual.

En paralelo, Sorell caminaba por la misma calle, cargando un maletín con notas y una laptop. La reunión con su equipo la había dejado más inquieta que satisfecha; algunas observaciones aún estaban incompletas, y la presencia de acceso reciente a un proyecto la mantenía alerta. Quería analizar esos datos mientras tomaba aire, alejada del laboratorio. La ciudad estaba tibia, los transeúntes iban y venían con sus propios silencios, y ella no esperaba más que un par de minutos de caminata tranquila. Le dolía la cabeza de tan sólo pensar en todo lo que estaba ocurriendo, tampoco ayudaba el hecho de haberse desvelado en la madrugada con el archivo de un extraño.




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