El laboratorio no conocía el silencio, pero esa tarde el ruido era distinto. No era sólo el zumbido aséptico de los servidores ni el goteo rítmico de los refrigeradores de muestras. Liam había inundado el espacio con un jazz frenético, de notas desordenadas que chocaban entre sí, una cacofonía que espejeaba el estado de su propio cerebro. Sobre la mesa principal, tres pantallas mostraban las secuencias de la fase uno. Los ajustes sugeridos por Sorell tras su última conversación hacía 2 semanas —aquella donde Liam comprendió finalmente lo que había acontecido con la prueba 121, no eran fallos del fármaco, sino "cicatrices de resistencia" del tejido neuronal y finalmente los ajustes de la prueba 130 habían dado fruto. El modulador GABA finalmente estaba estabilizando las memorias sin borrarlas.
Liam estaba inclinado sobre el teclado, con el cabello revuelto y la mirada fija, cuando una mano firme bajó el volumen de la música hasta convertirla en un murmullo lejano.
—Si sigues escuchando esto, el próximo sujeto de estudio vas a ser tú por un brote psicótico —dijo Liana, apoyada en el escritorio.
Liam levantó la vista. Liana siempre tenía esa capacidad de leer el caos y ser además demasiado directa. Se conocían demasiado bien. Se conocían desde que el mundo era pequeño y cabía en un aula de secundaria; desde aquellos años en los que intentaron ser el primer amor del otro y terminaron siendo una lección de madurez forzada. Liam todavía recordaba el peso del error que cometió —una traición a la confianza más que a la fidelidad— y cómo Liana, con una entereza que él aún no terminaba de procesar, decidió que prefería perder a un novio antes que perder al amigo que mejor la entendía.
—El estudio está cerrado, Liam. La primera fase es un éxito. Sorell ha validado los datos —intervino Steffan, apareciendo tras ella.
Steffan llegó a sus vidas en la universidad, como un puerto seguro. No había celos con él; Steffan habitaba el presente de Liana con una seguridad que Liam nunca pudo ofrecerle.
—Necesitamos salir de aquí —insistió Liana—. Los tres. Son vacaciones de verano, Liam. Y en Terra Nova te esperan.
El viaje fue un ejercicio de nostalgia y silencios compartidos en contraste con todas las canciones que reproducía el Spotify de Liam, quien conducía su todoterreno, con las manos apretadas al volante, sintiendo la vibración del motor bajo sus dedos. Liana iba de copiloto, ocupando ese lugar que por derecho de historia le pertenecía, manejando el GPS y la música (esta vez, algo mucho más calmado). Steffan, en el asiento trasero, jugaba un videojuego que compartía con Liam, pero de vez en cuando levantaba la vista para observar cómo él y Liana se comunicaban sin hablar, a través de espejos y gestos mínimos.
En el maletero, Jäger viajaba en silencio. El perro no ladraba, no se movía. Era un bulto de pelaje oscuro que parecía absorber la luz. Liam sentía su presencia como un ancla; a veces, por el espejo retrovisor, le parecía ver los ojos del animal brillando en la penumbra del baúl, fijos en la nuca de Liam, como si el perro supiera exactamente hacia dónde se dirigían y por qué.
Al entrar en los límites de Terra Nova, cruzando la frontera entre países, el aire cambió. La ciudad siempre se sentía demasiado limpia, demasiado perfecta, como un cuadro al que se le ha pasado un filtro de suavizado. Era el legado de Django.
El acto memorial se celebraba en la plaza central, frente al busto de bronce del patriarca. Había mucha gente, pero para Liam todos eran sombras alrededor de la figura de su tío, incluso evitaba a sus padres. Recordaba que, al día siguiente de la celebración de cumpleaños de su tío, su madre le había dejado casi un texto bíblico diciéndole, en resumidas cuentas, que su actitud era decepcionante y que era poco ambicioso, su padre, básicamente lo dejaba ser y no dio señales de interferir en nada, mientras que el hombre que, meses atrás, durante su cumpleaños, parecía un anfitrión alegre, hoy lucía una melancolía que solo se permite en los funerales que nunca terminan.
Tras el discurso oficial, el tío se acercó a los tres. Saludó a Liana y a Steffan con afecto, y se acercó a su sobrino que parecía un poco consternado por la situación de ver tantos rostros conocidos pero lejanos a la vez, junto a otros que desconocía por completo.
—Vengan conmigo. Caminemos un poco.
Se alejaron hacia los jardines traseros de la antigua casa familiar, donde el ruido de la ceremonia era solo un eco. Jäger, liberado de la correa, caminaba a pocos centímetros de los talones del tío, con una sincronía inquietante.
—Te vi en mi cumpleaños, Liam, sé que estás trabajando en algo importante, y algo en tu actitud de aquella ocasión, sin mencionar el cómo te fuiste, me ha hecho pensar que tus padres no comprenden cómo eres —comenzó el tío, deteniéndose frente a un roble antiguo—. Por lo que me has podido compartir, creo que sabes que en nuestra familia hay un secreto que muchos intentan ignorar, yo aun no entiendo la razón, pero tu querido Liam, sé que no eres como el resto, siempre has sido curioso, y creo que eso ha ayudado a que Jäger te hubiera elegido de entre todos los de tu generación. Tu bisabuela me contó algo una vez, cuando yo era joven y mi vida se estaba desmoronando... me sentía como un fantasma. Ella me llevó a este mismo lugar y me habló de Django.
El tío miró al perro, que se había sentado sobre sus cuartos traseros, observando el horizonte.
—Todos creen que Django fundó Terra Nova para que olvidáramos el dolor de la guerra. Pero la verdad es que él no podía olvidar nada. Django tenía una memoria absoluta, casi patológica. Recordaba el olor del miedo de cada soldado, el tono exacto de los gritos. Era una tortura. Jäger no era solo su perro; era su confesor. Django pasaba noches enteras susurrándole al oído. Tu abuela decía que estaba "trasvasando" su alma, poco a poco.