La luz azul de las pantallas era lo único que mantenía a Sorell anclada a la realidad en la penumbra del estudio. El silencio de la casa de verano era absoluto, una disciplina heredada de su padre que ella agradecía. Había pasado las últimas dos horas diseccionando los datos de Liam, buscando esa anomalía que él, pero esencialmente sus compañeros, cegados por el entusiasmo del éxito, se negaban a ver.
—Liam, tienes razón en querer buscar más, es una lástima que tus compañeros no lo vean, aunque supongo que sí necesitabas un descanso —susurró para sí misma, mientras sus ojos escaneaban una fluctuación en los niveles de cortisol del sujeto voluntario en la prueba 130.
En su mente, Sorell empezó a desarmar el proyecto Mnemosyne como quien desmonta un mecanismo de relojería defectuoso.
—No es una estabilización —murmuró Sorell nuevamente, ajustando el contraste de un mapeo sináptico—. Es una delegación.
Mientras repasaba los datos nuevamente, Sorell imaginaba que la memoria traumática es como una electricidad de alto voltaje que el cerebro humano, asemejándose a un circuito, que sólo aguanta 110 voltios, no podría soportar, pues al ser dicha memoria, un trauma severo, la carga podía superar la capacidad cerebral, y el circuito (cerebro), se quemaba, produciendo los brotes psicóticos, el colapso o el olvido selectivo.
Entonces, Liam creía que el fármaco permitía al cerebro procesar el trauma, es decir, que funcionaba como un aislante o regulador que lograba un cerebro “más fuerte”, traduciéndose en una electricidad de potencia más baja que el circuito pudiera procesar sin quemarse, en otras palabras, estabilizaba el circuito. Sorell, sin embargo, veía que las neuronas no estaban integrando la memoria; estaban creando un "puente". La información no se quedaba en el hipocampo, sino que se desplazaba hacia una frecuencia de salida que el cerebro no debería poseer. Estaban creando un receptor sin tener un envase, estaba delegando.
—Claro— dijo Sorell.
En su mente seguía procesando la información como un conductor de carreras que pisa el acelerador en la recta final porque sabe que si no lo hace pierde la carrera. La energía no se disuelve, se desplaza, se transforma. Lo que Liam ha logrado no era curar el circuito, era abrir una válvula de escape. El fármaco de Liam está empujando el recuerdo traumático fuera del sistema nervioso del sujeto. El cerebro del voluntario ya no se quema porque la carga ya no está ahí. Pero, ¿a dónde ha ido? La memoria es información, y la información necesita un soporte físico para existir.
«Django fue el primero en entenderlo. Él no quería olvidar; quería dejar de cargar. Convirtió a un animal en su procesador externo. Usó al perro como el vertedero de su propia carga emocional. Y Liam, sin saberlo, está intentando convertir a sus voluntarios en emisores de una señal que no tiene receptor. Está vaciando los cerebros sin saber dónde está cayendo el vertido.»
Justo cuando se disponía a cerrar la laptop, el icono de correo parpadeó. Era él. El remitente anónimo que le había enviado los primeros archivos encriptados de Mnemosyne, la misma persona que ella creía haber reconocido en la quinta fila de su conferencia, un hombre que parecía no sólo interesado sino también identificado con su proyecto de investigación, y aparentemente el de Liam también, o eso le decía su instinto.
El mensaje no contenía archivos adjuntos, solo una dirección de servidor local y una frase:
"El eco necesita una pared donde rebotar. Mira al sujeto voluntario, pero no como un científico, sino como una hija."
Sorell sintió un escalofrío. Accedió al servidor y se encontró con un historial clínico que Liam no le había enviado. Al abrir el video de la primera entrevista del Sujeto, su respiración se detuvo.
El hombre en la pantalla era mayor, de mirada ausente, pero su voz... su voz era inconfundible. Tenía el mismo tono pausado y técnico que Sorell escuchaba cada noche en su propia casa cuando era niña
—Dios mío... —susurró Sorell, tapándose la boca.
El Sujeto era el coronel Paul Retsor. Había sido el subordinado directo de su padre en la división de Biología Militar. Sorell lo recordaba de su infancia; era el hombre que le traía libros de historia antigua o biología, mientras su padre y él discutían a puerta cerrada sobre "protocolos de contención".
En el video, el coronel Retsor hablaba del accidente de su hija cuando se encontraba operando de incógnito en Terra Nova, simulando unas vacaciones.
Sorell fijó la vista en la pantalla. El hombre que aparecía en el video no era el coronel impecable que recordaba de su infancia. Llevaba una camisa civil, pero mantenía la espalda tan recta que parecía dolerle. Sus manos, entrelazadas sobre una mesa de metal, temblaban levemente.
—"Sé que este registro viola el artículo 4 del protocolo de contención. Sé que no debería estar diciendo esto" —comenzó Retsor en el video. Su voz era una lija de fatiga—. "Pero el silencio ya no me protege. Mi esposa me ha dejado...y mi familia... ellos me ven morir cada día un poco más, me ven desesperado, al borde de la locura. Ellos fueron quienes me convencieron de buscar ayuda, quienes me inscribieron en este programa de investigación. Acepté porque sabía quién estaba detrás. Un heredero de los fundadores. Si alguien puede entrar en el desván de mi cabeza y sacar la basura, tiene que ser uno de ellos."