Proyecto Mnemosyne

Capítulo 11- La gravedad de los cuerpos

El todoterreno de Liam se encontraba detenido frente a la casa de verano con un crujido de grava cuando Sorell salió al umbral, levemente alumbrado por la luz cálida del interior. Liam se encontraba abriendo la puerta trasera del auto cuando Jäger saltó al suelo. El perro no corrió; caminó con una lentitud casi solemne hacia Sorell, deteniéndose justo en el límite donde la luz del porche moría en la oscuridad del jardín.

Sorell observó al animal. A través de la pantalla, Jäger era un enigma biológico; en persona, era una presencia que parecía absorber el ruido del mundo.

—Has llegado —dijo ella cuando Liam se acercó.

Él no dijo nada. Se veía exhausto, con la piel curtida por el aire de Terra Nova y los ojos cargados de una urgencia que ella reconoció de inmediato. Entraron en a la casa y se dirigieron al estudio, un espacio donde los libros de historia de su madre y los manuales de táctica de su padre convivían en una tregua tensa.

—Sorell, antes de que digas nada —comenzó Liam, señalando los monitores donde aún brillaban los datos del coronel Retsor—, los niveles de saturación en la prueba 130 son perfectos. El neurotransmisor ha creado una red de contención que...

—Liam, sé que es un pequeño triunfo lo que has logrado, pero no es una red —lo interrumpió ella, su voz suave pero firme—. Es un conducto. He estado revisando los espectros de frecuencia mientras venías. Tu voluntario no está procesando el trauma; lo está emitiendo. La Fase 1 ha convertido su hipocampo en una antena. Si seguimos con la Fase 2 sin un receptor físico, vamos a causar un colapso.

Liam se frotó las sienes, sintiendo que el tecnicismo lo asfixiaba de nuevo, pensando además que debió continuar estudiando el caso y no haber tomado la palabra a sus amigos de no profundizar más en el tema y seguir adelante —Liana dice que estoy creando esclavos. Tú dices que estoy creando antenas. Solo quiero que el dolor deje de destruir a la gente, Sorell.

En ese momento, Jäger, que había estado observando a ambos desde la alfombra, se levantó. Dio un golpe seco con la pata en el suelo y soltó un ladrido corto, vibrante, que rompió la atmósfera cargada del estudio. El perro caminó hacia la puerta que daba al jardín trasero y rascó la madera con insistencia, mirando a Sorell y luego a Liam.

—Quiere salir —dijo Sorell con tono de alivio ya que no sabía cómo manejar la situación, y por primera vez en toda la noche, una pequeña sonrisa suavizó sus labios—. Y creo que nosotros también.

Salieron al jardín. La brisa de la noche y el olor a pino se sentía como una frescura y renovación para el cuerpo. Jäger, liberado de la tensión de las pantallas y el discurso que aparentemente no entendía porque era un perro, empezó a correr en círculos amplios sobre la hierba, su cuerpo oscuro fundiéndose con las sombras. Liam sacó del bolsillo una pelota de goma vieja y, sin pensarlo mucho, la lanzó con fuerza.

Jäger salió disparado. Sorell se acercó a Liam, pero no para hablar de Retsor o de la delegación sináptica. Se quedó a su lado, simplemente respirando, existiendo.

Sorell nunca había sido buena consolando a la gente, ella misma ni siquiera sabía cómo darse consuelo en medio de sus picos de frustración, de tristeza o miedo, simplemente buscaba distraerse, y a pesar de ser capaz de entender los duelos de los demás, tampoco le era posible ser lo suficientemente empática para sentirlos como propios, por lo que suponía que era esa la razón de no poder dar palabras de consuelo. Sin embargo, con Liam le sucedía algo diferente. Si bien mantenían contacto a través de la pantalla, el gesto que él había mostrado la noche en que se conocieron, el entusiasmo que notaba en ese chico cuando encontraban respuestas lógicas a sus cuestionamientos científicos durante la fase I del proyecto, la conexión intelectual que sentía y la forma en la que se había abierto a ella esa noche dada su búsqueda de un lugar donde no se sintiera juzgado, es decir, pensar que ella podría brindarle eso, hacía que Sorell no sólo quisiera esforzarse por darle consuelo, sino también, por brindarle todo el apoyo y respuestas que necesitara.

—Acepta que estás aquí, Liam —dijo ella—. Por diez minutos, deja de ser el científico que busca respuestas.

Fue lo único que pudo decir, teniendo en cuenta que ella misma también se encontraba ordenando todas las emociones que estaba sintiendo no sólo por percibir en él, sino por lo que aquel momento estaba causando en ella misma.

Liam la miró. Sorell no tenía la frialdad de los datos ahora; tenía la calidez de la hierba bajo los pies y la brisa en el cabello. Se sintió ridículamente aliviado. Por un momento, ella no era la mente brillante que lo desafiaba, sino el puerto donde podía soltar el ancla.

Jäger regresó con la pelota, pero en lugar de llevársela a Liam, se detuvo frente a Sorell. Dejó caer el juguete a sus pies y movió la cola con un ritmo lento y deliberado.

—Te ha aceptado —susurró Liam, impresionado—. Jäger no hace eso con extraños. Ni siquiera con mis padres.

Sorell se agachó y acarició las orejas del animal. Jäger cerró los ojos y apoyó su gran cabeza en el hombro de ella. En ese gesto, Sorell sintió una calma extraña, una conexión que no pasaba por el intelecto. Era como si el perro, el contenedor de tantos secretos, reconociera en ella a alguien capaz de sostener la verdad sin romperse.

—Entiendo que Jäger tiene toda una historia detrás, según lo que me has dicho, pero justo en esto momento, creo que todos, incluso él, necesitamos pensar que es solo un perro, Liam —dijo ella, riendo suavemente mientras Jäger intentaba lamerle la mano—. Y nosotros solo somos dos personas en un jardín.




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