Liam no parpadeaba. Sus manos, manchadas de grasa conductora y ceniza de silicio, se movían con una precisión mecánica que asustaba. Había desmontado el procesador del Sustrato-X tres veces en las últimas seis horas, convencido de que la respuesta al desastre estaba en un cable mal soldado o en una fluctuación de voltaje que su software no alcanzó a registrar. Para él, el fracaso del robot no era un trauma, sino un error de ingeniería; una pieza que no encajaba en el rompecabezas de su tatarabuelo. Se rehusaba a creer en las palabras del general Rhuad y su esposa.
En su mundo de cables y frecuencias, Liam estaba solo con sus auriculares y su música. No veía a Sorell, que permanecía de pie a pocos metros, apretando los bordes de la mesa de metal con tanta fuerza que sus dedos habían perdido el color.
En el rincón más oscuro, Axel Rhuad se mantenía de rodillas. El biólogo había sustituido al general. Sus manos estaban apoyadas sobre el flanco de Jäger quien con el cambio de actitud de Rhuad, había accedido a ser examinado.
Rhuad sentía en el perro una vibración que no era un temblor físico, sino algo más profundo, una marea eléctrica que recorría el cuerpo del animal.
—¿Cómo es posible que siga vivo, papá? —susurró Sorell acercándose, sintiéndose más estable, luego de un mareo que le produjo una sensación de disociación. Su voz apenas fue un hilo que cortó el zumbido de los ventiladores—. Tiene casi ochenta años. Jäger debería haber muerto hace más de una década. El ciclo biológico de un perro de su tamaño no permite este milagro.
Axel no levantó la vista. Sus dedos se hundieron en el pelaje espeso del animal.
—No es un milagro, Sorell. Es misericordia inducida. Django encontró la forma de que la memoria no solo se almacenara, sino que reparara el tejido. Jäger no vive porque su cuerpo sea fuerte; vive porque la memoria de Django lo necesita como soporte. El recuerdo está "editando" sus células en tiempo real para evitar que el contenedor se rompa. Es una simbiosis forzada que lo mantiene en un estado de juventud artificial... y de dolor constante, porque como dices tú, no es un ciclo biológico normal, si lo fuera a los once o trece años había dejado de acompañar a la familia de Liam.
Sorell se estremeció al ver que los ojos de Jäger se abrían. No eran los ojos de un animal cansado; había una profundidad milenaria en ellos, una calma antigua ahora turbada por un tinte de agonía que ella sentía punzar en su propia nuca, la misma sensación que había tenido hacía un rato.
—Él resistió a Django porque su sistema nervioso fue moldeado para ser un espejo —continuó Axel, bajando aún más la voz para que Liam no lo oyera—. Pero el ruido de Retsor es una frecuencia destructiva por cómo sucedieron las cosas con él durante la misión. Jäger está actuando como un barómetro, absorbiendo la presión del trauma del coronel para que el hombre no muera en esa cabina. Es el efecto esponja: el perro intenta procesar el dolor de Amaranta para aliviar a Thomas, pero eso está agotando su reserva biológica. Si Liam vuelve a encender esa máquina, el barómetro va a estallar.
Elena, que revisaba los registros de los linajes fundadores en una tableta, intervino sin apartar la mirada de los datos.
—Liam cree que puede arreglar el puente con soldadura y silicio —dijo Elena con una frialdad técnica—, pero no entiende que el puente ya está construido y es de carne. El problema es que el receptor se está saturando.
En ese momento, el teléfono de Sorell vibró. Era un nuevo mensaje del informante: "Él no la eligió a ella por amor, sino por resonancia. Mira tu propio pulso cuando Jäger gime".
Sorell sintió otro pinchazo caliente en la base del cráneo. Miró a Liam, que murmuraba algo sobre "aislamiento galvánico" mientras ajustaba una tuerca. Él no sospechaba nada. Para él, Sorell era su compañera, su apoyo científico, no una variable biológica en peligro de muerte.
—Liam —llamó Sorell, con la voz temblorosa—. Detente un momento. Mira los sensores de ambiente. El pulso de Retsor y el de Jäger... están entrando en fase. Se están sincronizando sin cables.
Liam se giró, con el soldador aún caliente. Su mirada era pura obsesión.
—Es solo interferencia electromagnética, Sorell —la interrumpió Liam con una sonrisa tensa, volviendo a su tarea—. El laboratorio está cargado de estática por el fallo anterior. Es normal. Confía en mí, esta vez la máquina aguantará. Si logro aliviar la mente de Retsor para que esté en paz, podré resolver el enigma de mi familia que involucra el cómo es que Jäger sigue con nosotros, y dicen algunos que contiene a mi viejo Django.
Sorell miró a su padre. Axel la observaba con un horror silencioso; él sí veía la sincronía. Él veía cómo la mano derecha de Sorell temblaba exactamente al mismo ritmo que la pata delantera de Jäger.
Liam volvió a sus cables, encerrado en su mundo de lógica, sin saber que cada vez que ajustaba un parámetro para "salvar la ciencia", estaba apretando un nudo invisible alrededor del sistema nervioso de Sorell. Ella no era su ayudante; estaba empezando a ser el nuevo barómetro. El contagio había saltado del perro al humano, y Liam, en su ignorancia, estaba a punto de encender el interruptor que la condenaría.