Proyecto Mnemosyne

Capítulo 19- La ceguera de la razón

Liam no se había quitado los guantes de nitrilo en toda la noche. Sus ojos, inyectados en sangre, saltaban de una línea de código a otra en la terminal de diagnóstico. Había decidido que el error no era la frecuencia en sí, sino la "limpieza" de la señal. Estaba instalando un nuevo banco de capacitores de grafeno; una solución técnica elegante para un problema que palpitaba con sangre y miedo a pocos metros de él.

Steffan se acercó a la mesa de trabajo. En su mano derecha sostenía un vial de Mnemosyne-Alpha, el fármaco que había desarrollado Liam, meses atrás. Sabía que era posible volver esta sustancia un estabilizador sináptico para mitigar los efectos secundarios del trasvase, ahora que varios cables en su cerebro habían conectado tantos recuerdos y coincidencias. Pero sabía que necesitaba de Liam para poder hacerlo en tiempo récord, porque Liana se había distanciado de ellos, Sorell estaba siendo afectada por la ceguera de Liam, y los padres de la chica no eran personas con las que hubiera tratado antes de ese día como para confiar ciegamente en ellos.

—Liam, detente un segundo —dijo Steffan, interponiéndose entre Liam y la pantalla—. Mira el electroencefalograma de Retsor. No es ruido electromagnético, es una tormenta de neurotransmisores. Si no inyectamos un supresor ahora, sus neuronas van a colapsar antes de que termines de filtrar nada, a menos que te detengas.

Liam se soltó del agarre con un movimiento brusco, pero no violento. Su rostro mostraba esa dualidad aterradora que Sorell conocía bien de todo científico: el hombre que era capaz de cruzar una calle para conseguirle un medicamento a una extraña era el mismo que ahora la ignoraba por completo porque tenía un objetivo mayor.

—Mira a Jäger. Mira a Sorell. No estamos en una simulación de laboratorio. — dijo Steffan intentando de nuevo detener a Liam

—Es por ellos por quienes lo hago, Steffan —respondió Liam, y su voz sonaba extrañamente calmada, desprovista de emoción—. Si inyectas eso ahora, reducirás la plasticidad cerebral y perderé la conexión con el núcleo del problema de Retsor. La biología es lenta, Steffan; la máquina debe ser más rápida para ganar la carrera. Deja que mi filtro termine de estabilizar la onda.

—¡No es una carrera, es un asalto! —replicó Steffan, su voz elevándose por encima del zumbido de los ventiladores—. Estás forzando una puerta que Axel y Elena te están diciendo que está maldita. Liam, te conozco. Sé que lo haces por Django más que por Retsor, pero mira a Sorell... se está perdiendo, y necesitamos desarrollar el supresor ahora. Tu eres más avanzado en química farmacéutica de lo que soy yo. Deja eso que está haciendo y ayúdame a modificar el modulador para que se vuelva un supresor y puedas entonces continuar con lo que hacías, aunque ciertamente no deberías.

Liam lanzó una mirada rápida hacia Sorell. Por un microsegundo, el recuerdo de ella enferma la primera vez que hablaron, de su fragilidad cristalina cuando él la ayudó, cruzó su mente. Pero la chispa se apagó bajo el peso de su obsesión.

—Ella es fuerte, Steffan. Seguramente le está afectando todo esto porque sus padres están aquí y ahora creen tener la razón del porqué deberíamos parar. Confía en mi diseño —sentenció Liam, volviendo a sus circuitos.

Steffan no esperó más. Dejó de ser el asistente y se convirtió en el científico que entendía que la memoria es, ante todo, química. Corrió hacia la cabina de Retsor. El coronel estaba convulsionando violentamente; sus manos trazaban círculos en el aire, buscando desesperadamente algo que se hundía en el vacío de su mente.

—¡Liam, lo vas a matar! —rugió Steffan

Mientras tanto, Axel, en su personificación del gran biólogo militar que había sido, a cargo de la misión 09, entendía lo que había dicho Steffan inicialmente cuando intentaba entrar en razón con aquel joven científico con el que su hija había estado trabajando durante esos últimos meses, así que, conociendo del proyecto de Liam, su propia experiencia y la información infiltrada de su hija, buscó un vial de fenobarbital, que todo científico -digno de llamarse uno-, que estuviera tratando con neurociencia sobre un sujeto de prueba, debía tener.

—¡Elena! Busca una jeringa para suministro intravenoso. ¡Ahora! — dijo Axel con la voz de mando digna del general que era.

Steffan, cayó en cuenta de lo que pretendía hacer el general Rhuad, suministrar un supresor que él desconocía, pero sabía que, en la nevera del laboratorio, había varias sustancias que Liam solía guardar para sus pruebas, así que, queriéndolo o no, tuvo que confiar en los padres de Sorell. General, en la nevera del laboratorio, cruzando la puerta con el aviso de refrigeración —

El general Rhuad corrió en la dirección indicada, Elena buscaba entre los cajones lo que le había ordenado su marido. Steffan intentaba contener a Retsor para evitar que se hiciera daño, Sorell colapsaba del dolor aferrándose a la mesa para no derrumbarse al suelo, Jäger aullaba pasivamente en el piso como intentando decir algo, pero Liam, ensimismado en su solución, con los audífonos puestos y la música a tope para aislar el ruido exterior, seguía en modo Frankenstein la noche que hizo su creación.

—. ¡Aquí está! ¡Voy a administrar 20mg de supresor!

De alguna manera, Liam había logrado captar el sonido de la voz del general y su intento por detener lo que estaba haciendo.

—¡No lo haga General! ¡Solo diez segundos más y tendré el patrón de estabilización! —gritó Liam, tecleando furiosamente, ignorando el sudor que le caía por la frente. Su capacidad de ser ajeno al caos era ahora su mayor defecto.




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