El silencio en el laboratorio tras el colapso de Retsor era absoluto, roto solo por el pitido rítmico del monitor cardíaco. Sorell seguía en el suelo, pero su mirada ya no era de dolor, sino de una claridad gélida.
—Él nunca salió de casa —susurró Sorell, acariciando la cabeza de Jäger—. El perro... Jäger siempre estuvo con los Türme. Ustedes no lo crearon, papá. Ustedes fueron a buscarlo.
Axel bajó la mirada, exhausto. La fachada de General se agrietaba. —Nadie lo creó, Sorell. Jäger es el único testigo vivo de lo que Django logró en 1945. La Misión 09 no fue una operación de conquista, fue un intento de sintonía. Elena encontró las coordenadas en los diarios antiguos y convenció al alto mando de que la memoria de Django no era un mito, sino un archivo biológico que seguía latiendo en el sistema nervioso de ese perro.
—Fuimos los mejores, Sorell —añadió Elena, con la voz quebrada por el recuerdo—. Retsor, tu padre, yo... y los otros cinco oficiales. No éramos sujetos de prueba; éramos voluntarios convencidos de que podíamos atraer la memoria de Django hacia nosotros para salvar a Terra Nova. Pero no sabíamos que la memoria tiene "peso".
Elena se acercó a la pantalla de Liam, que ahora mostraba errores de saturación. —Durante el accidente en la piscina, cuando intentamos la primera conexión masiva, el "peso" de Django fue demasiado. Los otros oficiales no eran incompatibles por falta de valor, sino por falta de esa resonancia específica. Sus mentes intentaron captar a Jäger, pero el rechazo fue violento. Amaranta... ella solo estaba en el lugar equivocado cuando la frecuencia se desbordó.
De repente, la puerta de seguridad se deslizó. Liana entró en el laboratorio. No traía su habitual calma de asistente; su rostro reflejaba una mezcla de triunfo y tristeza. En su mano llevaba una pequeña caja de madera con el sello de la familia Türme, el mismo que Liam tenía tatuado en su orgullo.
—Llegaste justo a tiempo para ayudar, Liana —dijo Steffan, poniéndose frente a ella como un escudo para Sorell.
—¿Ayudar? Yo sólo vengo porque es hora de que sepan la verdad, Steffan —replicó Liana, ignorándolo y mirando directamente a Sorell
—He sido yo, Sorell. Cada carta, cada rastro de duda o información que ha llegado a tus manos —continuó Liana, dejando la caja sobre la mesa de trabajo de Liam, desplazando con desdén un puñado de cables—Mientras el mundo creía que Django se había desvanecido en la historia por su muerte, mi familia y yo misma, protegíamos a Jäger desde las sombras. Somos los albaceas del silencio.
Liam se levantó lentamente, con el rostro pálido y las manos temblando de rabia contenida. —¿Tú eres la informante? ¿Me has estado saboteando desde adentro? —preguntó Liam, con la voz rota—. Soy su tataranieto, Liana. Jäger es mi herencia.
—Tu herencia es una cicatriz, Liam, no un trono —replicó Liana, abriendo la caja para revelar un diario forrado en cuero y un vial de ámbar oscuro—. El accidente que sufriste de niño, fue cuando los Rhuad intentaron llevar a cabo la misión 09. Fue el primer grito de Django. Ese día, tu sistema nervioso quedó "quemado" por la señal. Por eso ves el mundo diferente desde entonces, por eso tu mente es un procesador brillante, pero por eso mismo... ya no tienes espacio para él. Eres un radio que capta la música, pero no puede grabarla.
Sorell se puso de pie, apartando suavemente a Steffan. Jäger soltó un ladrido corto, seco, y se sentó entre ella y Liam. Por primera vez en la noche, el perro no miraba al "dueño" que lo alimentaba, sino a la mujer que lo entendía.
—Por eso me enviaste el video de la conferencia de Sorell, ¿verdad Liana? —dijo Liam, y su voz sonaba como un eco lejano—. No fue solo por su capacidad académica. Tu sabías lo que había sucedido con una misión secreta militar, sólo porque estabas cuidando de Jäger, o tal vez no tú, pero sí tu familia que es casi lo mismo.
—Exacto, Liam. Yo no necesitaba informes militares; yo tenía el diario de ruta de Django —respondió Liana, golpeando suavemente la caja de madera
Liam apretó los puños, mirando la terminal donde sus filtros de frecuencia seguían parpadeando en rojo. Toda su vida, su obsesión por el Sustrato-X y su genio técnico habían sido una respuesta a ese vacío, a esa "música" que podía oír, pero no retener, desde su accidente.
—¿Entonces me usaste? —la voz de Liam era un hilo de acero—. ¿Me dejaste creer que yo era el arquitecto de todo esto solo para que encontrara el recipiente que tú no podías proveer?
—No te usé, Liam. Te guié —replicó Liana con una frialdad que helaba la sangre—. Tú eres un Türme; tienes la chispa, pero no el motor gracias a que el accidente te permitió escuchar la frecuencia, pero tu cerebro es como un cristal que ya está trizado y sucedió sólo contigo, porque tú si querías a Jäger no por ser la herencia de la familia, sino por ser él mismo. Los demás no comprenden que su trauma silenciado por la vida superficial, es sólo la consecuencia de su incapacidad de ver y escuchar. Si Django intentara entrar en ti, te desintegrarías en segundos, igual que los oficiales que también participaron en la misión 09.
Sorell se alejó un paso de la mesa, sintiendo que el aire del laboratorio se volvía irrespirable. Miró a su padre, Axel, que permanecía en silencio, validando con su mirada cada palabra de Liana.
—Por eso los otros murieron —susurró Sorell, volviéndose hacia su madre—. No fue falta de entrenamiento. Fue que sus mentes eran conductores puros. La energía de Django los atravesó como un rayo y los calcinó porque no tenían donde guardarla. Pero ustedes…