Proyecto Mnemosyne

Capítulo 22- Los albaceas

Elena conducía el vehículo de los Rhuad con una urgencia contenida siguiendo las indicaciones del GPS que los guiaba fuera de los sectores brillantes y modernos de la ciudad justo donde una pareja mayor tradicional podría encontrar una vida tranquila y cumplir con la tarea de cuidar del mayor secreto de Terra Nova.

Gire a la izquierda en 200 metros hacia el Sector de Fundición

La voz sintética del navegador resonó en la cabina, rompiendo el pesado silencio.

—Esa zona es un laberinto de interferencias —dijo Elena, frunciendo el ceño—. Las señales de satélite apenas llegan allí. ¿Por qué alguien como Liana viviría en un lugar que ni siquiera aparece en los mapas actualizados de la administración?

—Porque es el único lugar donde sus abuelos aceptarían vivir cerca de Friburgo junto con ella, ya que sus padres decidieron quedarse en Terra Nova —respondió Liam, ajustando la ruta por una más corta.

Luego de media hora de trayecto, el auto se detuvo frente a una casa de arquitectura gótica, oculta tras una hilera de arbustos que cercaban un jardín bien cuidado. No era una mansión, era un hogar funcional carente de color en sí mismo, por lo que el jardín con flores, le daba una calidez que parecía imposible.

Al bajar, un hombre de unos setenta años, con el mismo rostro anguloso de Liana, pero con una expresión mucho más cansada y llena de arrugas, se quedó viéndolos desde el porche habiendo dejado su lectura a un lado.

Cuando Liam tomó a Liana en brazos desde el asiento trasero, el hombre se alarmó tanto que casi cae al bajar las escaleras, pero para ser un hombre de edad, sus reflejos seguían tan funcionales o incluso mejor que los de un joven de veinte años, teniendo en consideración que no solo logró estabilizar su paso, sino que también atino a sujetarse de la baranda.

—Liam, ¿qué le ha pasado a Liana? —dijo, antes de que pudieran presentarse—¿Por qué la traes en brazos?

—Señor Weber, le puedo asegurar que Liana está bien, ¿podemos hablar dentro? — respondió Liam

El abuelo de Liana, el señor Weber, asintió dirigiendo una mirada curiosa en sus ojos de azul desvaído a Elena Rhuad. Acto seguido, los dirigió hacia el interior de su casa, en donde llamó finalmente a su esposa, que se encontraba en el segundo piso, para que le ayudara a acomodar y atender a Liana.

Una vez dejaron a la chica en el sofá en cuidados de la señora Weber no sin antes asegurarle a ella también que Liana se encontraba en perfecto estado, se dirigieron a la biblioteca. Era una sala llena de libros físicos y esquemas en papel. Liam notó de inmediato la diferencia: mientras Liana hablaba de "evolución" y "dirección", su familia parecía vivir en un estado de preservación.

—Entonces, me dirán ¿por qué traen dormida a mi nieta como si se hubiera desmayado? —rompió el silencio el señor Weber.

Liam y Elena cruzaron una rápida mirada, decidiendo finalmente que el primerio sería quien hablara —

—Señor Weber, Liana no se desmayó. Tuvimos que sedarla —confesó Liam, mientras recuperaba el aliento tras haberla dejado en el sofá—. Pero antes de que me juzgue, debe escucharme. Tengo entendido, por lo que ella misma ha dicho, que ustedes han velado desde las sombras, por así decirlo, por Jäger. Seguramente ustedes saben más que yo, incluso que mi propia familia, sobre la historia del perro y lo que Django ocultó en él.

Liam hizo una pausa, mirando los esquemas analógicos de la habitación antes de volver a fijar su vista en el anciano.

—Liana es una científica brillante y no sé si están al tanto de mi proyecto de investigación, Mnemosyne. Pero, hoy ha sucedido que...

—Que ella ha intentado levantar a un soberano —le cortó el señor Weber, con una voz que no denotaba sorpresa, sino una fatiga ancestral. Se puso de pie con lentitud y caminó hacia Liam—. No necesitas explicarme la ironía, muchacho, entre lo que cree mi nieta y la realidad de las cosas. Liana siempre creyó que el conocimiento era una herramienta para el mando, no para la custodia. Ella desprecia el silencio porque lo confunde con la inacción.

Franz Weber suspiró, dirigiendo su mirada traslúcida hacia la puerta de la biblioteca, donde su esposa atendía a su nieta.

—Nuestra familia ha sido la albacea del silencio de Django por tres generaciones, gracias a que mi padre trabajó con el tuyo Liam. Pero no lo servía como a un líder. Lo quería como a un amigo que se estaba desintegrando, lo admiraba. Mi familia estuvo allí cuando los Türme decidieron que era mejor no preguntar, cuando el trauma de la guerra y la confusión de lo que Django había hecho con Jäger se volvió demasiado pesado para sus propios hijos.

Elena asintió, comprendiendo el peso del trauma generacional.

—Mi padre encontró una carta que la esposa de Django, tu tatarabuela Alice, dejó sobre la mesa —Franz hizo una pausa para acercarse al escritorio y sacar del cajón un sobre que le tendió a Liam—. En ella, ella hablaba de Jäger no como un archivo, sino como una forma de misericordia. Ella estaba angustiada, no entendía qué había "metido" Django en el animal, solo sabía que el perro sostenía lo que el hombre no pudo olvidar entre otras cosas. Mi familia se ofreció a cuidar de Jäger porque los descendientes de Django tenían miedo de mirar a los ojos al perro y ver el fantasma de su padre.




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