El gran salón de los Türme, con sus techos altos y ventanales que daban a los jardines neblinosos de Friburgo, se había transformado en un juzgado improvisado. El aire pesaba, cargado con el aroma del té negro y el rancio olor a papel antiguo.
Al fondo, sentado con una rigidez que desafiaba sus ochenta años, estaba el Sr. Weber, el abuelo de Liana y patriarca de la otra rama del legado de Django. A su lado, los padres de Liam permanecían en un silencio sepulcral, flanqueados por el tío de Liam, Albert Türme, un hombre de mirada analítica y gestos pausados que había sido convocado como la voz de la razón en medio de la tormenta.
—Liam, finalmente —dijo Albert, levantándose para romper el hielo—. Pasa. El ambiente aquí dentro no es precisamente acogedor.
Liam avanzó, sintiendo la mirada de todos sobre él. —Padres, tío Albert... Sr. Weber —asintió Liam con cortesía tensa—. Espero recuerden a Sorell Rhuad, mi colaboradora principal. Y ellos son sus padres, el General Rhuad y su esposa, junto al coronel Retsor.
Para sorpresa de Liam, su madre se levantó y se acercó a Sorell. No hubo frialdad, sino una mano que apretó suavemente el hombro de la chica. —Es un placer volverte a ver, Sorell. Lamento que las circunstancias sean estas.
Liana, que estaba apoyada contra una columna, soltó una risa seca que cortó la calidez del momento. —¿Lamentar? Si, es cierto, es lamentable que lo que Liam siente sea una obsesión peligrosa que está nublando su juicio científico.
Liana dio un paso hacia el centro del salón, señalando a Jäger, quien se mantenía alerta a los pies de Liam. —Mírenlo. Jäger está en un estado deplorable. Sus funciones sinápticas están degradadas porque Liam se ha negado a seguir el protocolo de mantenimiento. Ha preferido "humanizar" a un activo de defensa hasta volverlo inútil. Liam no ve la hora de deshacerse de él, de apagarlo para borrar las pruebas de su propia incapacidad para manejar el Sustrato-X. ¡Quiere destruir el legado de Terra Nova desde adentro!
—¡Ya basta, Liana! —la voz del Sr. Weber tronó desde el sillón, haciendo que su nieta se tensara—. Siéntate y guarda silencio. Ni los Türme ni yo mismo que he visto los diarios, comprendemos de qué estás hablando niña.
El abuelo de Liana hizo un gesto a Liam para que hablara. Liam respiró hondo y, por primera vez, no habló como un científico, sino como un testigo. Explicó el bucle de Retsor, la niña Amaranta y cómo el Sustrato-X se había convertido en una prisión de traumas. Sorell intervino entonces, su voz clara y firme, narrando su experiencia sensorial: cómo la frecuencia no era una señal de control, sino un grito de auxilio que ella misma había sentido en su corteza cerebral.
Los padres de Sorell aportaron la pieza final, confirmando la identidad de Retsor y la negligencia médica que los Weber habían encubierto durante dos décadas. En ese momento, Albert Türme miró a los padres de Liam. Fue una mirada cargada de significado, un "ahora me creen" silencioso que desarmó por completo la defensa de la familia. Los padres de Liam, por fin, parecían dispuestos a aceptar que el legado que protegían estaba podrido.
La desesperación cruzó el rostro de Liana como un rayo. Se vio acorralada, perdiendo el control sobre la familia, sobre el laboratorio y sobre el futuro de los Weber.
—No... no lo entienden —susurró Liana, rebuscando en el bolsillo de su chaqueta—. Ella es el problema. Ella es la que está corrompiendo la señal.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, Liana sacó un inyector neumático de alta presión. No era una dosis estándar; era el Modulador GABA modificado, una variante que habían decidido no usar porque sabía que era muy fuerte, y la habían guardado en el envase ámbar que tenía Liana instalado en el inyector.
—¡Liana, no! —gritó Liam, pero la seguridad de los Weber, que esperaba en el pasillo, bloqueó su paso un segundo vital.
Liana se abalanzó sobre Sorell. El sonido del aire comprimido fue seco: psshht.
La dosis entró directamente en la carótida de Sorell. Científicamente, aquello era una sentencia de muerte inmediata. El sistema nervioso de Sorell ya estaba sensibilizado por la conexión de la noche anterior; sus receptores GABA estaban en un estado de hiperexcitabilidad. Introducir una dosis masiva de moduladores químicos en menos de veinticuatro horas provocó un colapso sináptico en cascada. El cerebro de Sorell, incapaz de procesar el exceso de inhibición neurotransmisora, simplemente ordenó al corazón detenerse.
Sorell no gritó. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, sus pupilas se dilataron hasta borrar el color de su iris y sus rodillas cedieron. Liam la atrapó antes de que golpeara el suelo.
—Sorell... mírame, quédate conmigo —suplicó Liam, presionando su mano contra el cuello de la chica.
No había pulso. El silencio que Sorell tanto había buscado en el laboratorio se había vuelto eterno en el salón de los Türme. Jäger lanzó un aullido desgarrador, un sonido que no pertenecía a un perro ni a un arma, sino a un ser que acababa de perder su ancla en el mundo.
Liana soltó el inyector, mirando sus manos con una mezcla de horror y triunfo demente. El legado Weber acababa de cobrarse su víctima más joven, y Liam, sosteniendo el cuerpo inerte de Sorell, sintió cómo algo dentro de él se rompía para siempre, dejando espacio solo para una fría y absoluta devastación.