Proyecto Moros

Capítulo 1: La Voz del Cielo

El despertador de Andrés no había sonado, o quizás él lo había ignorado en ese limbo de cansancio extremo que sigue a una noche en vela. El sol de abril de 2026 se filtraba con una timidez metálica por las rendijas de la persiana, dibujando líneas de polvo sobre el desorden de cables, bocetos y libros abiertos. Fue el sonido de los nudillos de su madre contra la madera lo que finalmente rompió el hechizo del agotamiento.

​—Andrés, arriba. Son las siete y cuarto. No quiero quejas luego si pierdes el transporte —la voz de su madre sonaba amortiguada, pero con esa firmeza de quien ya lleva horas en marcha.

​Él emitió un gruñido ininteligible, hundiéndose más en la almohada. Escuchó los pasos de ella alejarse hacia la cocina y el siseo de la cafetera eléctrica. Ese sonido, cotidiano y casi aburrido, era la banda sonora de su rutina. No tenía idea de que, en pocos meses, ese siseo sería uno de los recuerdos que más le dolería evocar.

​Cinco minutos después, Andrés apareció en la cocina arrastrando los pies, con el pelo revuelto y la mirada perdida. Se dejó caer en la silla frente a su madre, que revisaba distraídamente unas facturas mientras bebía una taza humeante.

​—Buenos días, marmota —dijo ella sin levantar la vista, aunque una pequeña sonrisa se asomó en su rostro al verlo tan demacrado.

​—No son buenos, mamá. Son obligatorios —respondió Andrés con voz ronca, alcanzando la caja de cereales como si pesara una tonelada.

​Ella dejó la taza a un lado y lo observó con detenimiento. Andrés tenía diecisiete años y cargaba con esa mezcla de torpeza juvenil y una inteligencia que solía esconder tras una máscara de desgana. Pero hoy, las ojeras eran profundas.

​—Tienes una cara terrible, hijo. ¿Otra vez con la pantalla hasta la madrugada?

​Andrés suspiró, dejando caer la cuchara en el cuenco con un sonido metálico.

​—El proyecto de Integración Social. Tenía un mes para terminarlo y, bueno... lo acabé a las cuatro de la mañana. Si no lo entregaba hoy, estaba fuera.

​Su madre negó con la cabeza, entre la resignación y la ternura.

​—Siempre al límite, Andrés. Algún día las prisas te van a dar un susto. Come algo, por favor. Siempre vas con el estómago vacío y hoy pareces un fantasma.

​—Es solo un trabajo de clase, mamá. No es el fin del mundo —murmuró él, mirando por la ventana hacia el horizonte de la ciudad, donde las torres de comunicaciones de las grandes corporaciones se alzaban como agujas—. El sistema educativo es una pérdida de tiempo, nos piden planes de vida para un futuro que ni siquiera sabemos cómo va a ser.

​Ella guardó silencio un momento, mirando el televisor que mostraba imágenes mudas de satélites y propaganda institucional.

​—Solo quiero que estés preparado para lo que venga, sea lo que sea. El mundo está raro, Andrés. La gente está nerviosa.

​—Es el estrés de la ciudad, nada más —le restó importancia él, terminando su desayuno a toda prisa cuando el reloj de la pared marcó las siete y cuarenta—. Todo sigue igual que ayer.

​Andrés se puso la mochila al hombro, sintiendo el peso de los libros que odiaba cargar. Se detuvo en el umbral de la puerta, buscando las llaves en sus bolsillos con torpeza.

​—¡Me voy! —gritó hacia el pasillo.

​Su madre salió de la cocina secándose las manos en un paño. Se acercó y, a pesar de las quejas de Andrés, le dio un beso rápido en la mejilla y le acomodó el cuello de la camiseta, que estaba hecho un desastre por las prisas.

​—Lleva cuidado. Y llámame si vas a tardar en volver, ¿vale? No quiero estar preocupada.

​—Que sí, mamá. No soy un niño —Andrés puso los ojos en blanco, pero le devolvió una sonrisa rápida antes de abrir la puerta—. Nos vemos luego. Te quiero.

​—Y yo a ti, hijo. ¡Suerte con ese proyecto!

​—¡La voy a necesitar! —respondió él ya desde el rellano, el eco de sus pasos resonando en la escalera mientras bajaba a toda prisa hacia una mañana que parecía igual a todas las demás.

​Ella se quedó un momento en la puerta abierta, mirando el espacio vacío que su hijo acababa de dejar. Había una calma extraña en el edificio, un silencio que precedía al estallido. Cerró la puerta con llave, sin sospechar que el mundo que conocían estaba a punto de desaparecer bajo un anuncio que nadie vio venir.

El estruendo de un juguete de plástico chocando contra el suelo fue lo que sacó a Marco de su sueño. No hubo despertadores elegantes ni caricias suaves; solo la energía desbordante de Lucía, su hermana de seis años, que ya correteaba por el pasillo gritando algo sobre un dibujo animado. Marco hundió la cara en la almohada, intentando retener los últimos retazos de paz, pero el olor a tostadas y el murmullo de la radio en la cocina le indicaron que la tregua había terminado.

​—¡Marco, muévete! ¡Tu padre ya está sacando el coche! —el grito de su madre llegó desde la planta baja, cargado de esa urgencia doméstica tan propia de los lunes.

​Se levantó con un bostezo que parecía no terminar nunca. A sus dieciocho años, Marco era el pilar silencioso de la casa, el hermano mayor que siempre sabía dónde estaban las llaves y el hijo que nunca daba problemas. Se vistió mecánicamente y bajó las escaleras de dos en dos, esquivando un camión de bomberos de juguete que Lucía había abandonado en el tercer escalón.

​En la cocina, la escena era la de siempre: su padre terminaba de anudarse la corbata mientras tomaba café de pie, consultando el reloj de pulsera con nerviosismo.

​—Casi te quedas en tierra, campeón —dijo su padre, dándole una palmada en el hombro—. ¿Cómo va ese examen de matemáticas?

​—Controlado, papá. Si las integrales no me matan hoy, nada lo hará —respondió Marco con una sonrisa tranquila, sentándose a la mesa.

​Su madre apareció con un plato de huevos revueltos, depositándolo frente a él con una precisión coreografiada. Se detuvo un segundo para besarle la coronilla antes de volverse hacia Lucía, que intentaba alimentar al perro con trozos de galleta.



#632 en Fantasía
#388 en Personajes sobrenaturales
#297 en Thriller
#126 en Misterio

En el texto hay: traicion, zombies, guerra

Editado: 05.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.