El destello blanco no fue un golpe, fue un vacío absoluto. Por un instante, Thiago sintió que sus átomos se separaban, como si dejara de ser carne y hueso para convertirse en pura estática. El olor a café de su casa, el calor de la mano de su padre y el peso de Nico en su regazo se esfumaron en un parpadeo frío y metálico.
Cuando sus pies volvieron a tocar suelo firme, el impacto le recorrió las rodillas. Thiago cayó de bruces sobre un asfalto que se sentía extrañamente caliente. Aturdido, se levantó tambaleándose, con el corazón martilleando contra sus oídos. Lo primero que hizo fue girarse, estirando los brazos hacia la nada.
—¡Papá! ¡Nico! —gritó, pero su voz sonó pequeña, devorada por un ruido que no debería estar allí.
Se frotó los ojos, tratando de limpiar la neblina blanca que aún le nublaba la vista. No estaba en su salón. Estaba en mitad de una avenida, pero no era la avenida tecnológica y pulcra de 2026. Thiago miró a su alrededor, jadeando. La calle estaba llena de gente. Personas con bolsas de papel, hombres con maletines de cuero, niños corriendo... gente común, normal y corriente que caminaba como si no hubiera pasado absolutamente nada.
—Fue mentira... —susurró Thiago, sintiendo un alivio tan violento que casi lo hace llorar—. Fue una broma, una maldita campaña de marketing...
Empezó a correr hacia donde creía que estaba su casa, con una risa nerviosa escapándosele del pecho. Pero a medida que avanzaba, algo empezó a chirriar en su mente. Los coches no eran silenciosos ni eléctricos; eran ruidosos, soltaban un humo denso y tenían formas cuadradas que solo había visto en películas viejas. No había pantallas gigantes en los edificios, solo carteles de neón y vallas publicitarias de marcas de refrescos con estéticas que se sentían... fuera de lugar.
Corrió tres manzanas hasta llegar a su portal, pero al llegar, se frenó en seco. El edificio estaba allí, pero la fachada no tenía el revestimiento térmico que recordaba. Entró al rellano gritando el nombre de su hermano, subió las escaleras y golpeó la puerta de su piso con desesperación.
—¡Papá! ¡Abre! ¡Ya volví!
La puerta se abrió, pero no fue su padre. Una mujer mayor, con un delantal de flores y una expresión de total desconcierto, lo miró de arriba abajo.
—¿Qué pasa, muchacho? ¿A quién buscas? —preguntó ella, frunciendo el ceño.
Thiago retrocedió, sintiendo que el mundo empezaba a girar demasiado rápido. No estaban. No era su casa. Salió de nuevo a la calle, empujando a los transeúntes que lo miraban como si estuviera loco. El pánico, ese que había creído domar con su mentira a Nico, regresó con el triple de fuerza.
—¡Eros! ¡Joseph! —gritaba sin rumbo, girando en una esquina con la respiración rota.
De repente, alguien chocó contra él con tanta fuerza que ambos terminaron en el suelo. Thiago se preparó para insultar, para gritar, para soltar toda su rabia, pero al levantar la vista, se encontró con unos ojos que compartían su mismo terror.
—¿Marco? —soltó Thiago, agarrándolo por los hombros como si fuera un náufrago encontrando una tabla.
Marco estaba pálido, con la camisa manchada de la grasa del taller de su padre. Tenía la mirada perdida, saltando de un lado a otro, observando los edificios y la gente.
—Thiago... dime que esto es una pesadilla —dijo Marco con la voz quebrada, señalando a su alrededor—. He ido a mi casa. Mi madre no está. Lucía no está. Hay un jardín diferente, una familia que no conozco... ¡Todo el mundo actúa como si nada hubiera pasado!
—No lo entiendo, Marco. No hay rastro de Kairós, no hay cielo violeta... —Thiago se puso de pie y ayudó a Marco a levantarse.
Ambos se quedaron parados en mitad de la acera, dos piezas de un rompecabezas que no encajaba en ese paisaje. Se sentían como fantasmas en una ciudad viva. Thiago caminó un par de pasos hacia un quiosco de prensa metálico que estaba justo en la esquina. El vendedor estaba contando monedas, ajeno a los dos chicos que se asomaban a su mostrador con ojos desencajados.
Sobre el estante de metal, un periódico recién impreso mostraba una fotografía de un político que Thiago solo conocía por los libros de texto. Pero no fue la foto lo que le detuvo el corazón, sino la fecha impresa en la esquina superior derecha, en letras negras y nítidas.
Thiago sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Alargó una mano temblorosa y señaló el papel para que Marco lo viera.
—Mira la fecha, Marco —susurró con un hilo de voz que apenas se oía sobre el tráfico—. No estamos en Morfos. No estamos en el futuro.
Marco leyó la fecha en voz alta, como si no pudiera creer lo que sus propios ojos le decían:
—Lunes, 14 de mayo de 2001.
Se miraron el uno al otro, rodeados de gente que vivía en un tiempo que para ellos era prehistoria. Estaban veinticinco años atrás, en un mundo que ya no existía, solos y sin saber que, en algún lugar de ese mismo asfalto viejo, sus amigos estaban despertando en la misma pesadilla.
Thiago y Marco se quedaron clavados frente al quiosco, sintiendo que el aire de 2001 les quemaba los pulmones. No tuvieron mucho tiempo para procesar el impacto de la fecha, porque un grito familiar rasgó el estruendo de los motores antiguos y el bullicio de la calle.
—¡Thiago! ¡Marco! —era la voz de Eros, pero no tenía rastro de su habitual tono burlón. Estaba cargada de un pánico primario.
Vieron a Eros corriendo por la acera de enfrente, esquivando a un ejecutivo que hablaba por un teléfono móvil gigante y gris. Venía seguido de cerca por Joseph, que aunque intentaba mantener la compostura, tenía los ojos desorbitados y caminaba como si el suelo estuviera hecho de cristal. Se reunieron en mitad de la plaza, abrazándose con una fuerza desesperada, como si soltarse significara desaparecer de nuevo.
—¿Qué demonios es esto? —jadeó Eros, señalando un cartel publicitario de una película que se había estrenado décadas atrás—. He ido a mi casa y hay unos desconocidos viviendo allí. Mi grafiti... la marca que hice en la pared no está. ¡No hay nada!