El callejón era un túnel de sombras y ladrillo que amplificaba los alaridos que venían de la plaza. Los seis corrían en un bloque desordenado, esquivando bolsas de basura y sintiendo el eco de sus propias pisadas contra el asfalto viejo. Thiago encabezaba la marcha, con los pulmones ardiendo y el instinto de protección a flor de piel.
Al salir al otro extremo, el grupo se frenó en seco. La avenida principal se había transformado en un matadero a plena luz del día.
—Miren eso... —susurró Jinx, llevándose las manos a la boca.
A unos metros, un grupo de jóvenes que vestían las mismas chaquetas técnicas y zapatillas modernas del futuro estaban siendo acorralados contra el cierre metálico de una tienda. Sus rostros reflejaban el mismo terror puro que los protagonistas. Frente a ellos, lo que antes eran ciudadanos comunes de 2001 se abalanzaban con una ferocidad mecánica. Un hombre con traje gris, cuya mandíbula colgaba de un lado como si se hubiera desencajado por la fuerza de un grito mudo, se lanzó sobre una de las chicas del futuro. No hubo advertencia, solo un mordisco voraz que tiñó la ropa de 2026 de un rojo intenso.
—¡Hay que ayudarlos! —gritó Marco, haciendo el amago de lanzarse hacia la pelea.
—¡No, Marco! ¡Mira cuántos son! —lo frenó Joseph, agarrándolo del brazo con una fuerza inusual—. Ya no son personas. Los únicos que quedan... los únicos que no han cambiado en toda la ciudad somos los que trajeron del futuro. El resto de este mundo se ha podrido.
El grupo observó con horror cómo otros jóvenes del proyecto intentaban defenderse con mochilas o piedras, pero los habitantes de 2001 no sentían dolor. Eran cáscaras vacías impulsadas por un hambre ciega y eléctrica.
—¡Por aquí! ¡Suban por la escalera de incendios! —ordenó Thiago, señalando un edificio de oficinas con la fachada descascarada.
Subieron los peldaños de metal que vibraban bajo sus pies hasta alcanzar una azotea amplia. Una vez arriba, Thiago cerró la pesada puerta de hierro y echó el cerrojo. El silencio relativo de la altura los envolvió, roto solo por los gruñidos distantes que subían desde la calle.
Eros se desplomó contra un conducto de ventilación, pasándose las manos por la cara para quitarse el sudor frío.
—Esto es una maldita broma de mal gusto —soltó con una risa nerviosa que rozaba la histeria—. Hace una hora estaba intentando hablar con mi viejo en la cafetería y ahora... ahora es una de esas cosas. ¿Vieron cómo ese tipo mordía a la chica? ¡Le arrancó un trozo de cuello!
—Cállate, Eros. Todos lo vimos —respondió Thiago, caminando de un lado a otro con la mandíbula apretada—. Tenemos que pensar qué vamos a hacer ahora.
—¿Pensar qué? —saltó Isabel, con los ojos inyectados en sangre por la tensión—. ¡No hay nada que pensar! Lo que sea que nos metieron en la sangre nos protegió a nosotros, pero al resto... a todos los de esta época, los ha convertido en carnaza para el experimento.
—¡No hables así de ellos! —le gritó Jinx, dándole un empujón que la hizo retroceder—. ¡Mi madre estaba ahí abajo! ¡Me estaba cuidando hace diez minutos y ahora me dices que es "carnaza"! ¡Eres una fría de mierda, Isabel!
—¡Soy realista! —le devolvió Isabel, encarándola—. ¡O aceptamos que este mundo entero es el enemigo o vamos a terminar como esos chicos de la calle! ¿Quieres ir a darle un abrazo a tu madre? Ve, seguro que le encanta el sabor de tus entrañas.
—¡Basta ya! —rugió Marco, metiéndose en medio de las dos—. ¡Dejen de gritar! ¡Parecen locos!
—¡Es que es una locura, Marco! —gritó Eros, levantándose y señalando a Thiago—. ¡Tú nos metiste en este plan de buscar a nuestros padres! ¡Si nos hubiéramos quedado juntos desde el principio en la plaza, quizás habríamos tenido una oportunidad de protegernos mejor! ¡Ahora estamos atrapados en el pasado rodeados de monstruos que tienen la cara de nuestra familia!
—¡Yo no sabía que esto iba a pasar, Eros! —le espetó Thiago, perdiendo la paciencia—. ¡Solo intentaba que tuviéramos un lugar seguro donde caernos muertos!
La discusión subió de tono rápidamente. Los seis empezaron a gritarse, liberando el pánico acumulado en forma de reproches y culpas. El eco de sus voces rebotaba en las paredes de la azotea, proyectándose hacia la calle como un faro para los infectados.
—¡Si Joseph no hubiera sido tan lento...!
—¡Si Jinx no se hubiera quedado embobada en el hospital...!
—¡CIERREN LA BOCA! —intentó decir Joseph, pero su voz fue sepultada por el estruendo de la pelea.
De pronto, un golpe violento hizo vibrar la puerta de metal. ¡BAM!
Todos se quedaron mudos de golpe. El vello de la nuca de Thiago se erizó. Desde el otro lado de la puerta, empezó a escucharse un rascado frenético. Uñas contra el acero. Luego, un gruñido profundo y múltiple que helaba la sangre.
—Nos oyeron —susurró Marco, retrocediendo hacia el borde de la azotea.
La puerta volvió a recibir un impacto, esta vez tan fuerte que las bisagras cedieron un centímetro. Un dedo gris y purulento se asomó por la rendija, tanteando el aire con desesperación. Luego, otro golpe, y otro. El sonido de los gruñidos abajo empezó a multiplicarse; más de esas cosas estaban subiendo por la escalera de incendios del otro lado del edificio.
—Mierda, las voces... —masulló Eros, pálido como la cera—. Atraímos a todos los de la manzana con los gritos.
—¡A la otra azotea! ¡Hay que saltar! —ordenó Thiago, señalando el edificio contiguo separado por un abismo de dos metros—. ¡Muévanse ahora si no quieren ser el menú de hoy!
El salto al edificio contiguo fue un estallido de adrenalina pura. Thiago voló sobre el vacío primero, aterrizando con un rodamiento pesado sobre la grava de la otra azotea. Se giró de inmediato, extendiendo los brazos para recibir a Jinx, que saltó con los ojos cerrados por el pánico. Uno a uno, los seis cruzaron el abismo justo cuando la puerta de metal del edificio anterior cedía con un estruendo, dejando salir una marea de figuras grises que se agolpaban en el borde, gruñendo al ver que su presa se les escapaba por centímetros.