El ambiente en el refugio, un antiguo sótano de carga con las paredes desconchadas, estalló en mil pedazos en cuanto la puerta se cerró. El silencio no duró ni tres segundos.
—¡¿Qué ha pasado?! —gritó Isabel, agarrando a Marco por la chaqueta—. ¡¿Dónde está Joseph?! ¡¿Por qué vienen así?!
Marco, con la adrenalina todavía quemándole las venas y las manos manchadas de la sangre de Beele, intentó apartarla, pero Eros explotó. El peso de haber golpeado a su propio amigo en la cabeza fue demasiado para él.
—¡Se acabó, Isabel! ¡Se convirtió! —rugió Eros, lanzando su bate contra una pila de cajas de madera—. ¡Tuvo que ser así! ¡Esos tíos querían volarle la cabeza a Thiago y Joseph se volvió loco!
—¡¿Y los otros tres?! —intervino Jinx, con la voz temblorosa, mirando a Thiago, que seguía en el suelo—. ¡¿Dónde están Beele y los demás?!
—¡Están muertos! —gritó Marco, encarando a Eros como si él tuviera la culpa—. ¡Todo se fue al carajo en un segundo! ¡Tuvimos que elegir!
Eros empujó a Marco contra la pared, cegado por la rabia y la culpa.
—¡Tú tiraste a ese chico al vacío, Marco! ¡Lo vi! ¡Lo empujaste como si nada!
—¡Nos iban a matar, Eros! ¡Abre los ojos de una maldita vez! —le devolvió Marco, levantando los puños.
La pelea física estaba a punto de estallar entre los dos. Se empujaron, chocando contra los estantes de metal, haciendo un estrépito que resonaba en todo el sótano. El dolor de haber perdido a Joseph se estaba transformando en una violencia ciega entre los supervivientes.
—¡YA BASTA! —el grito de Jinx cortó el aire como un látigo.
Se metió en medio de los dos con una fuerza que no sabían que tenía, empujando a Eros hacia atrás mientras Isabel se plantaba frente a Marco, poniéndole una mano firme en el pecho.
—¡Si se matan entre ustedes, los infectados ni siquiera tendrán que esforzarse! —sentenció Isabel con los ojos llenos de lágrimas pero la voz firme—. ¡Mírense! ¡Parecen animales! ¡Joseph no murió para que ustedes se despedacen aquí dentro!
Jinx se giró hacia ellos, con la respiración entrecortada.
—¡Cállense de una vez! Hay gente fuera que quiere comernos y nosotros estamos aquí peleando por quién mató a quién. ¡Somos lo único que nos queda!
Poco a poco, los gritos se apagaron, dejando solo el sonido de las respiraciones agitadas. El silencio que siguió fue mucho más doloroso. Eros se dejó caer contra una columna, escondiendo la cara entre las manos, dejando escapar un sollozo ahogado. Marco se dio la vuelta, dándole un puñetazo sordo a la pared de ladrillo antes de quedarse inmóvil, con los nudillos sangrando.
En mitad de todo ese caos de reproches y furia, Thiago no se había movido.
Seguía en el mismo rincón donde se había desplomado al entrar. No había participado en la pelea, ni había intentado defenderse de las miradas. Estaba sentado con las rodillas pegadas al pecho, abrazándose a sí mismo como si intentara evitar que su alma se terminara de romper. Sus ojos estaban fijos en un punto vacío del suelo, empañados, pero sin derramar más lágrimas; parecía que se había quedado seco por dentro.
Jinx se acercó a él lentamente y se puso en cuclillas a su lado.
—Thiago... —susurró, poniendo una mano en su rodilla.
Él ni siquiera parpadeó. No hubo respuesta, ni un gesto, ni un susurro. El chico que los había guiado, el que siempre tenía un plan y una palabra de aliento, se había evaporado. Solo quedaba un joven de diecisiete años destrozado por la culpa de un disparo accidental y el trauma de ver morir a su mejor hermano de armas. Thiago se quedó allí, en un rincón de ese refugio de 2001, sumergido en un silencio tan profundo que asustaba más que los gruñidos que se oían al otro lado de la puerta.
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Cuando el cielo de 2026 se fragmentó en esos cristales violetas, Andrés no sintió un salto heroico, sino una caída al vacío que le revolvió el estómago. Apareció de golpe, rodando sobre un asfalto caliente que le raspó las palmas de las manos. Se quedó ahí tirado unos segundos, desorientado, escuchando sonidos que no le resultaban familiares: el motor de un coche viejo carraspeando, el silbato de un policía de tráfico y un murmullo de gente que caminaba sin prisa.
Se levantó limpiándose los pantalones, sintiéndose pequeño. No tenía mochila, ni armas, ni dinero. Kairós los había lanzado allí con lo puesto, como si fueran piezas desechables de un juego que no entendía.
—¿Hola? —susurró Andrés, mirando a su alrededor con los ojos muy abiertos.
Estaba en una calle llena de carteles de colores chillones y anuncios de refrescos que ya no existían. Vio un escaparate con una televisión de caja enorme donde daban las noticias. En una esquina, un grupo de chicos con pantalones anchos y carpetas de anillas se reían de algo. Andrés se miró su ropa técnica del futuro y se sintió como un astronauta perdido.
—Perdone... ¿qué año es este? —le preguntó con timidez a un señor que leía el periódico en un banco.
—2001, chaval. ¿Te has dado un golpe en la cabeza o qué? —respondió el hombre sin quitarle la vista a las noticias.
Andrés retrocedió, asustado. Caminó sin rumbo, dejándose llevar por la corriente de gente. Para él, todo era una novedad abrumadora. Se detuvo frente a una tienda de música y vio filas de CDs y casetes; entró a una panadería solo para oler el pan recién hecho, algo que en su tiempo era un lujo sintético. Por un momento, la inocencia le ganó al miedo: se sentó en un murete a ver a los niños jugar en un parque, maravillado de ver un mundo tan... vivo. Tan analógico.
Incluso intentó hablar con una chica de su edad que llevaba un reproductor de CD portátil.
—¡Eh! ¿Qué escuchas? —preguntó Andrés, tratando de conectar con alguien.
—Estopa, ¿qué va a ser? —respondió ella con una sonrisa extrañada por su acento y su ropa—. ¿Vienes de algún sitio raro o es que te vistes así por moda?