Proyecto Moros: Tiempo Muerto

Capítulo 6: Alma muerta

El amanecer en Morfos no trajo esperanza, sino una luz grisácea que se filtraba por las rendijas del refugio, iluminando el polvo y las manchas de sangre seca en la ropa de los chicos. El silencio era pesado, roto solo por el sonido de los estómagos vacíos y el eco de los lamentos que Thiago aún soltaba en sueños.

​Cuando todos estuvieron despiertos, el hambre y el miedo empezaron a dictar las palabras. Eros, que se había pasado la noche pegado a la pared mirando la puerta, fue el primero en hablar. Su voz sonaba ronca, cargada de un pragmatismo frío que no le conocían.

​—No podemos seguir corriendo como pollos sin cabeza —dijo Eros, señalando las barricadas—. Este sitio es sólido. Mi propuesta es quedarnos aquí. Solo saldremos dos o tres por comida y agua en la manzana de al lado, y volveremos rápido. Si nos movemos en grupo por la ciudad abierta, nos van a cazar uno a uno.

​Marco, que estaba terminando de ajustar las cintas de sus botas, levantó la vista con una expresión de incredulidad.

​—¿Quedarnos aquí? ¿A esperar qué, Eros? ¿A que se acaben las latas de atún y nos muramos de asco? —Marco se puso en pie, agarrando su bate de aluminio—. Tenemos que buscar la salida de este agujero. Hay más gente del proyecto ahí fuera, tiene que haber un punto de extracción o una zona segura que no esté infestada. Tenemos que movernos, ser proactivos.

​—¡¿Zona segura?! —saltó Eros, levantándose también—. ¡Mira lo que le pasó a Joseph por ser "proactivo"! ¡Mira cómo acabaron esos tres tipos que nos "ayudaron"! Estamos en una ciudad de muertos, Marco. No hay salida, solo supervivencia.

​—Si nos quedamos aquí, estamos aceptando que ya estamos muertos —le espetó Marco, acercándose hasta quedar a pocos centímetros de su pecho—. Joseph murió intentando avanzar. Si nos rendimos ahora, su muerte no habrá servido de nada. Tenemos que ser valientes, carajo. Tenemos que intentar salvar a quien podamos en el camino.

​Eros soltó una carcajada amarga y empujó a Marco por el hombro.

​—¿Salvar a quién? ¿Te crees el protagonista de una película? —Eros lo señaló con un dedo tembloroso por la rabia—. Thiago está destrozado, las chicas están al límite y tú quieres jugar a los soldaditos en una ciudad que nos quiere devorar. Yo no soy como tú, Marco. No voy a caminar hacia una horda solo por una idea estúpida de honor.

​—¡Eres un cobarde! —rugió Marco, lanzándole un puñetazo que Eros esquivó por poco.

​Se enzarzaron en un forcejeo violento, chocando contra las estanterías de metal del sótano. Thiago, en su rincón, ni siquiera levantó la vista, sumido en su propio abismo. Jinx e Isabel tuvieron que intervenir de nuevo, tirando de la chaqueta de Marco para separarlos.

​—¡Basta! —chilló Jinx—. ¡Nos van a oír!

​Eros se soltó del agarre con un movimiento brusco, respirando agitado. Miró a Marco con un desprecio absoluto, una mirada que selló una grieta entre ellos que tardaría años en cerrarse. Antes de darse la vuelta para volver a su rincón, Eros soltó la frase que quedaría grabada en la memoria de todos:

​—No moriré por querer ser un héroe.

​El silencio que siguió a sus palabras fue sepulcral. Marco se quedó con el puño cerrado, sintiendo la impotencia quemándole las venas. Eros se sentó de nuevo junto a la puerta, abrazando su arma, dejando claro que para él, la prioridad ya no era el grupo ni la misión, sino simplemente seguir respirando un minuto más, sin importar el precio.

Thiago se puso en pie con una lentitud que dolía ver. Sus movimientos eran mecánicos, como si su cuerpo fuera una máquina vieja que volvía a arrancar después de un colapso. No miró a nadie directamente, pero su voz, aunque baja, cortó la tensión que Eros y Marco habían dejado suspendida en el aire.

​—Ya basta de pelear —dijo Thiago, ajustándose la chaqueta del proyecto con las manos todavía temblorosas—. Eros tiene razón en algo: el grupo no puede moverse en masa. Somos un blanco demasiado grande. Pero Marco también tiene razón: si no buscamos respuestas, este sótano será nuestra tumba.

​Thiago caminó hacia el centro del refugio y recogió su bate de aluminio, apretando el agarre con fuerza.

​—Marco y yo saldremos —sentenció, mirando por fin a su amigo—. Vamos a buscar provisiones, pero sobre todo vamos a buscar a otros. Tiene que haber más gente que no se haya rendido. Si hay un punto de encuentro o información sobre lo que está pasando, lo encontraremos.

​Eros lo miró desde su rincón con una mezcla de alivio y culpa, pero no protestó. Sabía que esa era la única forma de que el grupo no se fracturara del todo.

​—Volveremos al anochecer —continuó Thiago, señalando la puerta—. Si no estamos aquí cuando el sol se ponga, no abran a nadie. Eros, tú te quedas aquí. Tu misión es cuidar a Jinx y a Isabel. Si algo intenta entrar, lo matas. Si ellas necesitan algo, se lo das. No te muevas de esta puerta.

​Jinx dio un paso adelante, queriendo decir algo, pero la mirada de Thiago la detuvo. Era una mirada vacía, la de alguien que ya no tenía miedo porque sentía que ya lo había perdido todo.

​—No moriremos por querer ser héroes, Eros —añadió Thiago, repitiendo las palabras de su amigo con un tono amargo—, pero tampoco vamos a sentarnos a esperar que la muerte nos encuentre en la oscuridad.

​Marco asintió, colocándose la mochila vacía al hombro y revisando su bate de metal. Se sentía listo, aliviado de tener un propósito otra vez. Thiago y él se acercaron a la barricada y, con un esfuerzo coordinado, movieron lo justo para deslizarse hacia el pasillo que llevaba a la superficie.

​—Tengan cuidado —susurró Isabel desde el fondo, con los ojos empañados.

El aire de la mañana en Morfos pesaba como el plomo. Thiago y Marco avanzaban pegados a las fachadas de los edificios, moviéndose entre coches calcinados y charcos de un aceite negro que no parecía de este mundo. El silencio de la ciudad solo era interrumpido por el eco lejano de algún cristal rompiéndose o el rastro sordo de pasos arrastrándose en los callejones contiguos.



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En el texto hay: traicion, zombies, guerra

Editado: 10.04.2026

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