Thiago se quedó petrificado en la penumbra del sótano. El eco de unas botas golpeando el asfalto justo encima de su cabeza lo obligó a reaccionar. No eran los pasos erráticos y arrastrados de los infectados; eran pisadas firmes, rítmicas, coordinadas. Pasos de gente que sabía exactamente a dónde iba.
Se pegó a la pared húmeda, justo detrás de una pila de cajas de madera que servían de barricada interna. A través de una pequeña rejilla de ventilación que daba al nivel de la calle, Thiago pudo ver las sombras proyectándose sobre el suelo.
—Es aquí. El sótano de carga —la voz de Jackson resonó con una claridad que le heló la sangre.
Thiago apretó los dientes. Reconocía esa voz. Era el mismo chico cobarde que los había atacado en la azotea, el que había causado indirectamente la muerte de Beele. Verlo allí, liderando a un grupo armado, eliminó cualquier duda: no venían a parlamentar.
—Jackson, más vale que no nos estés haciendo perder el tiempo —gruñó otra voz, mucho más profunda y autoritaria. Era Daniel, que caminaba con la bayoneta calada—. Si entramos y ese tal Marco no está para pagar su deuda, tu cabeza será la siguiente.
—¡Te lo juro, Daniel! —replicó Jackson con voz servil—. Este es su agujero. Aquí es donde se esconden las ratas que ejecutaron a Beele. Deben estar ahí abajo, lamiéndose las heridas.
Thiago, escondido en la oscuridad, sentía que el aire le faltaba. La mentira de Jackson era perfecta; estaba usando la muerte de Beele para convertir a La Legión en un pelotón de ejecución. Escuchó cómo discutían sobre el asalto, sobre cómo rodear las salidas y no dejar a nadie con vida. Daniel hablaba de "justicia" y de "limpiar el honor de la banda", palabras que en Morfos sonaban a sentencia de muerte.
Entonces, un movimiento entre las filas de los legionarios llamó su atención. Un chico fue empujado hacia adelante, casi tropezando cerca de la entrada del refugio.
Thiago entornó los ojos, tratando de ver mejor a través de la rejilla. Su corazón dio un vuelco.
Era Andrés.
Andrés estaba allí, de pie entre los soldados de Daniel. Thiago lo observó con una mezcla de horror y una decepción que le dolió más que cualquier golpe.
—Incluso él... —susurró Thiago para sí mismo, sintiendo un nudo amargo en la garganta.
Recordó las veces que habían compartido comida en el grupo, los momentos de miedo antes de que la voz del cielo los separara de sus familias. Ver a Andrés allí, aparentemente aliado con el tipo que pedía sus cabezas, fue el golpe final para la poca fe que le quedaba en los suyos.
Thiago se fundió con las sombras más densas del fondo del sótano, oculto tras una pila de neumáticos viejos y lonas que olían a caucho quemado. El corazón le golpeaba las costillas con tanta fuerza que temía que los de arriba pudieran oírlo. La puerta de metal cedió con un estrépito violento y el sonido de botas pesadas inundó el refugio.
—¡Abajo! ¡Revisen cada rincón! —rugió la voz de Daniel, cargada de una autoridad eléctrica.
Thiago vio el haz de varias linternas barriendo el techo y las paredes. El polvo levantado por la irrupción bailaba en los rayos de luz. Escuchó el sonido de cajas siendo pateadas y muebles volcados. El refugio, su único lugar seguro, estaba siendo profanado.
—¡No hay nadie, Daniel! —gritó uno de los legionarios, frustrado—. Las mantas están aquí, hay restos de comida... se han largado hace poco.
Escuchó pasos rápidos acercándose al centro del sótano. Daniel soltó un bufido de animal herido. El silencio que siguió fue tenso, solo roto por la respiración agitada de Jackson, que parecía aterrado de que su pista hubiera fallado.
—¿Dónde están, Jackson? —la voz de Daniel era ahora un susurro peligroso—. Me dijiste que este era su nido. Me hiciste traer a mis mejores hombres a través de territorio infectado para encontrar un sótano vacío.
—¡Estaban aquí! ¡Lo juro por mi vida! —balbuceó Jackson—. ¡Mira las huellas! ¡Se acaban de ir!
Thiago vio la silueta de Andrés dar un paso al frente. Su voz sonaba temblorosa, pero intentaba mantener la calma para no despertar más la ira de Daniel.
—Daniel, escucha... —dijo Andrés, mirando nerviosamente a su alrededor—. Si no están aquí, es que se han dado cuenta de que veníamos o la horda de la avenida los ha obligado a moverse. Lo mejor es que volvamos al cuartel antes de que anochezca del todo. Ya hemos marcado el lugar, podemos volver mañana con más luz. Es un riesgo innecesario quedarnos aquí fuera.
Thiago, desde su escondite, sintió una punzada de duda. ¿Andrés estaba intentando salvarlos dándole una salida a Daniel, o simplemente tenía miedo? Pero la decepción inicial seguía ahí, quemándole el pecho al verlo con el uniforme de La Legión.
Daniel guardó silencio un momento, sopesando las palabras de Andrés. Thiago contuvo el aliento, esperando que aceptara la idea de retirarse. Pero Daniel no era alguien que aceptara un "no" por respuesta.
—No —sentenció Daniel, golpeando una mesa de madera con su bayoneta—. No voy a volver con las manos vacías después de lo que le hicieron a Beele. Si se acaban de ir, no pueden estar lejos. Estarán cansados y lentos.
Daniel se giró hacia sus hombres, con los ojos brillando de una determinación cruel.
—Escuchen: nos separamos, busquen cualquier rastro: sangre, marcas en las puertas, ruido.
—¡Daniel, es peligroso separarnos ahora! —insistió Andrés, pero un legionario lo empujó bruscamente hacia la salida.
—¡He dicho que se muevan! —rugió Daniel—. El que encuentre a Thiago o a Marco tendrá doble ración y un ascenso en la escala. ¡Vayan!
Thiago escuchó cómo el grupo empezaba a evacuar el sótano con la misma rapidez con la que habían entrado. El sonido de las botas se fue alejando, subiendo las escaleras hacia la superficie. El silencio regresó al refugio, pero era un silencio cargado de veneno. Thiago salió de su escondite, con la pistola de Erick temblando ligeramente en su mano.