Para entender el fuego que ardía en los ojos de Daniel en el año 2001, primero hay que mirar las cenizas de su vida en el 2026. En aquel mundo "normal" que todos recordaban con nostalgia, para Daniel la normalidad era una guerra de desgaste diaria.
Vivía en un apartamento pequeño de los suburbios, donde el aire siempre estaba viciado por el olor dulzón y químico de las sustancias que su madre consumía. Su padre los había abandonado años atrás, dejándolos con una montaña de deudas y un vacío que nadie supo llenar. Daniel, a sus dieciocho años, se había convertido en el adulto de la casa por pura necesidad, trabajando en turnos dobles para pagar un alquiler que siempre llegaba tarde.
Sin embargo, el verdadero quiebre ocurrió hace apenas cinco meses.
Su hermana pequeña, Lucía, de solo seis añitos, era la única luz en aquel hogar en ruinas. Daniel hacía lo imposible por mantenerla alejada de la realidad de su madre, inventando cuentos y tapándole los oídos cuando los gritos empezaban. Pero una noche, debido a una negligencia atroz de su madre bajo los efectos de la droga, ocurrió el accidente. Lucía murió antes de que la ambulancia pudiera siquiera doblar la esquina.
Desde ese entierro solitario, el mundo de Daniel se volvió de piedra. Su madre, lejos de buscar redención, se hundió en una espiral de culpa y resentimiento que volcó enteramente sobre él.
—¿Por qué no la cuidaste tú? —le gritaba ella, tambaleándose por el pasillo con la mirada perdida—. ¡Era tu responsabilidad! ¡Deberías haber sido tú el que se fuera, no ella!
Daniel soportaba los insultos, los golpes erráticos y el abandono emocional con un silencio gélido. Se encargaba de limpiar los destrozos de su madre, de esconder las jeringuillas y de recibir los reproches diarios, acumulando una rabia sorda que le quemaba las entrañas. Había aprendido que en la vida no ganaba el que tenía la razón, sino el que era lo suficientemente duro para no sentir nada.
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Semana antes de la tragedia, el aire en el pequeño apartamento del 2026 estaba cargado con ese olor ácido que Daniel ya conocía de memoria: una mezcla de humedad, comida recalentada y el rastro químico de las sustancias que su madre escondía en el baño. Era una noche de tormenta y los truenos hacían vibrar los cristales reforzados de las ventanas.
Daniel estaba sentado en el suelo del cuarto que compartía con Lucía, apoyado contra la cama desvencijada de la niña. Ella, con sus seis añitos y un pijama de dibujos animados desgastado, se acurrucaba contra su pecho, escondiendo la cara en la sudadera de su hermano mayor.
—Dani... ¿por qué mamá grita tanto hoy? —susurró Lucía, con la voz ahogada por un sollozo—. He intentado darle un dibujo que hice en el cole, pero me ha dicho que me fuera, que le dolía la cabeza y que yo tenía la culpa de que todo estuviera sucio.
Daniel le acarició el pelo con una ternura que nunca mostraba en la calle. Sus manos, que ya empezaban a endurecerse por el trabajo y las peleas, temblaban ligeramente.
—No la escuches, Lu. Mamá está... está enferma del alma, ¿sabes? —intentó explicar Daniel, tragándose el nudo de rabia que le subía por la garganta—. No es por ti. Ella te quiere, pero a veces se le olvida cómo decírselo a su propia voz.
Lucía se separó un poco y lo miró con esos ojos enormes y brillantes, los mismos que Daniel vería meses después en sus pesadillas.
—¿Es por eso que papá se fue? ¿Porque nosotros no somos buenos? —preguntó la niña, una lágrima resbalando por su mejilla—. A veces sueño que él vuelve y nos lleva a una casa con jardín, donde mamá no duerma todo el día y tú no tengas que trabajar tanto. ¿Él nos quería, Dani?
Daniel sintió como si le clavaran un cristal en el corazón. Recordaba a su padre como una sombra cobarde que huyó cuando las deudas apretaron, dejándolo a él, un adolescente, a cargo de un naufragio.
—Papá era un hombre pequeño, Lu. No se fue porque vosotros fuerais malos, se fue porque él no era lo suficientemente fuerte para cuidar de algo tan valioso como tú —Daniel la rodeó con sus brazos, apretándola con una fuerza desesperada—. Pero escúchame bien: yo no me voy a ir. Nunca.
—¿Lo prometes? —susurró Lucía, aferrándose a su camiseta.
—Lo prometo por mi vida. Mientras yo respire, nadie va a dejar que te pase nada. Algún día, tú y yo nos iremos de aquí. Te compraré todos los helados del mundo y viviremos en un sitio donde el sol entre por la ventana todas las mañanas. Solo tienes que aguantar un poquito más conmigo, ¿vale?
Lucía asintió, calmándose con el latido del corazón de su hermano. Se quedó dormida a los pocos minutos, convencida de que los brazos de Daniel eran el lugar más seguro del universo.
Daniel se quedó allí, en la oscuridad, escuchando el sonido de la lluvia y los tropezones de su madre en la habitación de al lado. Miró a su hermana pequeña, tan frágil y tan llena de una esperanza que él ya no poseía.
—Perdóname, Lu —susurró al vacío—. Perdóname por este mundo de mierda que te ha tocado.
No sabía que apenas unas semanas después, el descuido de su madre apagaría esa luz para siempre. No sabía que sus brazos no serían suficientes para retenerla. Esa promesa rota fue el cemento sobre el que se construyó el muro de odio de Daniel; el día que Lucía murió, Daniel decidió que si él no pudo proteger a la única persona que amaba en un mundo con leyes, entonces crearía un mundo sin leyes donde nadie pudiera volver a quitarle nada.
Antes de que el cielo se rasgara y la "Voz" reclamara sus vidas, Daniel encontraba su único refugio en las sombras del barrio. Para él, la calle no era un lugar peligroso; era el único sitio donde no olía a hospital, a químicos o a la desesperación de su madre. Allí, entre los bloques de hormigón del 2026, su verdadera familia lo esperaba cada noche.
Jackson, Beele y Tiago eran más que amigos; eran su cordón umbilical con la cordura.