El grupo se congregó alrededor de la pantalla táctil, que emitía un zumbido eléctrico constante. Thiago deslizó los dedos sobre el mapa digital, alejando la imagen para ver la escala real del territorio. El punto que marcaba el Nodo X brillaba con una luz azulada, pero al ver las coordenadas de la rejilla urbana del 2001, la realidad les cayó encima como un balde de agua fría.
—No está en este sector —dijo Thiago, con la voz apagada—. Está en la zona industrial pesada, al otro lado del río seco. Mirad la escala... con las calles bloqueadas y teniendo que escondernos de la horda, nos va a llevar por lo menos una semana llegar allí a pie.
Eros soltó una carcajada nerviosa, golpeando con la mano una de las mesas de metal del laboratorio.
—¿Una semana? ¡Marco, nos tomó dos días cruzar tres manzanas sin que nos mataran! —gritó Eros, perdiendo los estribos—. Una semana en campo abierto es una sentencia de muerte. Aquí tenemos comida, tenemos paredes de acero y estamos ocultos. ¿Quieres que caminemos siete días por el territorio de Daniel y de esas cosas solo por un botón que ni siquiera sabemos si funciona?
Marco se mantuvo firme, mirando el mapa con una intensidad que daba miedo. Sus ojos recorrían las avenidas principales, buscando túneles o desvíos.
—Si nos quedamos aquí, Eros, la comida se acabará en un mes —respondió Marco, girándose hacia él—. Y cuando eso pase, estaremos tan débiles que no podremos ni levantar el bate. Esta información es un regalo. Nadie más en Morfos sabe que existe una salida. Si esperamos, alguien más encontrará este laboratorio o la Legión nos rastreará.
—¡Nadie sabe esta información porque nadie es tan idiota como para cruzar la ciudad a pie! —replicó Eros, buscando apoyo en Jinx—. Diles algo, Jinx. Dile que es suicida. Una semana durmiendo en portales, sin fuego, sin saber quién nos vigila desde las azoteas...
Jinx miró a Eros y luego a Isabel, que permanecía en silencio acariciando el colgante que llevaba al cuello.
—Eros tiene razón en que es peligroso —dijo Jinx lentamente—, pero Marco tiene razón en que somos los únicos con la información. Si nos quedamos, solo estamos retrasando lo inevitable. Prefiero morir intentando pulsar ese botón que morir de viejo en este sótano de cristal preguntándome si el 2026 sigue ahí fuera.
Isabel dio un paso adelante, colocándose al lado de Marco.
—No podemos dejar que este mensaje se pierda —susurró Isabel—. Si ese hombre del holograma dice que somos supervivientes, es porque cree que podemos hacerlo. Una semana de infierno a cambio de toda una vida de vuelta a casa. Yo voto por ir.
Eros se pasó las manos por la cara, soltando un gemido de frustración absoluta. Miró a Thiago, que seguía analizando las rutas de escape en la pantalla.
—¿Y tú qué dices, Thiago? Eres el que tiene el arma.
Thiago levantó la vista. Su rostro, marcado por la pérdida de Beele y el cansancio de los últimos días, se veía más viejo, más duro.
—Digo que cada minuto que pasamos discutiendo es un minuto que Daniel usa para acercarse —sentenció Thiago—. Vamos a preparar las mochilas. Llevaremos todo el equipo médico y las raciones que encontremos aquí. Mañana al amanecer salimos. Va a ser la semana más larga de nuestras vidas, pero si alguno se queda atrás, que sea porque no pudo correr más, no porque tuvo miedo de empezar.
Eros se hundió en una silla de oficina, derrotado por la mayoría. El laboratorio, que hace unos minutos parecía un refugio milagroso, ahora se sentía como una jaula. El viaje hacia el Nodo X ya no era una posibilidad, era una orden de marcha hacia lo desconocido, cruzando una ciudad que devoraba a los débiles en cuestión de horas.
Al amanecer, la pesada puerta metálica del laboratorio se abrió con un chirrido que pareció resonar en toda la manzana. El aire fresco y viciado de la mañana de 2001 los golpeó en la cara. Marco iba en cabeza, con el bate en alto, seguido por Isabel, Jinx, Eros y, cerrando la marcha, Thiago, con la pistola de Erick en la mano.
—Rápido y en silencio —susurró Marco—. Tenemos que cruzar la avenida antes de que el sol pegue fuerte.
Pero Morfos no perdonaba los descuidos. Apenas habían avanzado cien metros cuando un sonido gutural, un coro de gruñidos secos y arrastrar de pies, inundó la calle. De los callejones laterales, de los portales de las tiendas de ropa estancadas en el tiempo, empezaron a salir.
—¡Horda! —gritó Eros, el pánico quebrando su voz—. ¡Son demasiados! ¡Estamos rodeados!
Eran docenas, quizás un centenar, bloqueando la avenida principal y cerrando el paso hacia el puente seco. No corrían, pero avanzaban con una constancia aterradora, una marea de carne gris y ojos blancos que olía a muerte y desesperación.
—¡Corred! ¡Hacia el callejón de la derecha! —rugió Thiago, poniéndose delante del grupo.
Empezaron una carrera desesperada. Thiago se giró, plantó los pies en el asfalto y empezó a disparar.
¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!
Cada disparo derribaba a un infectado, abriendo un hueco momentáneo, pero la marea se cerraba al instante. Los casquillos vacíos caían al suelo con un tintineo metálico que solo parecía atraer a más criaturas. Thiago sentía el retroceso del arma en su muñeca, la adrenalina corriendo por sus venas.
¡BANG!... ¡CLICK!
El sonido seco del martillo golpeando la recámara vacía le heló la sangre.
—¡No! —gritó Thiago, tirando desesperadamente del cerrojo. Nada. Se había quedado sin balas. La última defensa del grupo había caído.
Los infectados, al ver que los disparos cesaban, aceleraron el paso. Estaban a menos de diez metros. El grupo estaba acorralado contra una pared de ladrillo, sin salida, sin munición, sin esperanza. Eros se desplomó en el suelo, sollozando, mientras Jinx e Isabel se abrazaban, esperando lo inevitable. Marco levantó el bate para una última resistencia suicida.