Al día siguiente, tal como Marco había previsto, el paisaje de naves industriales oxidadas dio paso a la silueta imponente de una gran metrópolis que se alzaba como un gigante de concreto bajo un cielo color plomo. El Dodge Charger avanzó con cautela por las avenidas principales, esquivando autobuses volcados y escombros que databan de aquel fatídico 2001.
—Ahí está —susurró Marco, señalando un complejo de edificios gubernamentales con antenas parabólicas gigantes en la azotea—. El Nodo X debe estar en el subsuelo de esa manzana.
Erick detuvo el coche a un par de calles de distancia. La ciudad no estaba vacía; el eco de gruñidos distantes rebotaba en los edificios de cristal. Decidieron seguir a pie para no atraer a la horda con el ruido del motor. Se movían como sombras, pegados a las paredes, hasta que un grupo de infectados bloqueó la avenida principal.
—Entrad ahí, ¡rápido! —ordenó Thiago, señalando la puerta entreabierta de una antigua biblioteca municipal.
El grupo se coló en la penumbra del vestíbulo, respirando agitados. Pero el peligro no estaba fuera. De detrás de un mostrador de madera maciza, un infectado de aspecto correoso y movimientos espasmódicos se lanzó sobre Marco con una ferocidad ciega.
—¡Mierda! —gritó Marco, cayendo de espaldas mientras forcejeaba con la criatura, cuyas mandíbulas chasqueaban a escasos centímetros de su cuello.
Thiago, Eros y Jinx levantaron sus armas al instante, pero sus manos temblaban. El infectado se movía demasiado rápido, forcejeando con Marco en el suelo en un nudo de extremidades.
—¡No puedo disparar! ¡Le voy a dar a Marco! —chilló Eros, con el sudor corriéndole por la frente.
—¡Quítate, Marco! ¡Muévete! —gritó Thiago, desesperado, sintiendo que el tiempo se congelaba mientras los dientes de la criatura buscaban la yugular de su amigo.
Justo cuando el infectado estaba a punto de cerrar las mandíbulas, un estallido seco y preciso resonó desde la galería superior de la biblioteca.
¡BANG!
La cabeza del infectado estalló en una lluvia de fluido oscuro, y el cuerpo cayó inerte sobre el pecho de Marco. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el humo que subía del cañón de un rifle de precisión en lo alto de las escaleras.
Una figura esbelta descendió con agilidad, saltando por encima de los pasamanos. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada y el pelo recogido, pero sus ojos eran inconfundibles.
—¿Linda? —susurró Thiago, dejando caer los brazos, incrédulo.
Era ella. La chica que Thiago había dejado atrás en el caos del primer capítulo, su exnovia, a quien creía perdida para siempre en los laberintos de Morfos. Sin decir una palabra, Linda soltó su rifle, que colgaba de una correa, y corrió hacia Thiago. Él la recibió con un abrazo desesperado, hundiendo la cara en su hombro mientras ella se aferraba a su espalda como si fuera su única ancla en el mundo.
El resto del grupo —Eros, Jinx, Isabel y Marco, que aún intentaba quitarse el cadáver de encima— los miraban con una mezcla de alivio e incomodidad absoluta. El abrazo duró una eternidad en mitad de la biblioteca en ruinas.
—Casi... casi me matan, ¿sabéis? —dijo Marco, levantándose con las piernas temblando y limpiándose la sangre negra de la camiseta—. Estaba a esto de ser el aperitivo de ese bicho y vosotros dos parece que estáis en una película romántica.
Linda se separó lentamente de Thiago, aunque mantuvo una mano entrelazada con la suya. Miró a Marco con una ceja levantada y una sonrisa sarcástica que recordaba a la chica dura que siempre fue.
—Estabais todos temblando como gelatinas —dijo Linda, señalando con la barbilla las armas de los chicos—. Si hubiera esperado un segundo más a que alguno de vosotros tuviera el valor de apretar el gatillo, Marco ya tendría un agujero en el cuello en lugar de una anécdota que contar.
—Tiene razón —murmuró Eros, bajando la cabeza, todavía avergonzado por su parálisis—. Nos salvaste la vida, Linda.
Thiago no podía dejar de mirarla, como si temiera que fuera un espejismo de Morfos.
—¿Cómo has sobrevivido todo este tiempo sola, Linda?
—No siempre estuve sola —respondió ella, y su mirada se ensombreció por un segundo antes de volver a centrarse en el grupo—. Pero ahora estoy con vosotros. Y si buscáis el Nodo X, más vale que nos movamos. No soy la única que vigila estas calles.
Thiago no podía apartar la vista de Linda mientras el grupo avanzaba por los pasillos polvorientos de la biblioteca. La curiosidad le quemaba por dentro; no solo por el hecho de que estuviera viva, sino por la seguridad con la que se movía en aquel entorno hostil.
—Linda, espera —dijo Thiago, deteniéndola un momento—. ¿Cómo es que sabes lo del Nodo X? Se supone que esa información estaba bajo llave en un laboratorio de alta seguridad al otro lado de la ciudad.
Linda se giró, ajustando la correa de su rifle con una mueca de suficiencia.
—Mi grupo y yo fuimos los primeros en saberlo, Thiago —respondió ella mientras abría una pesada puerta de madera que conducía hacia el subsuelo—. Encontramos unos documentos en una oficina de telecomunicaciones hace semanas. No necesitábamos un holograma para entender que este lugar tiene interruptores. El problema es que saber dónde están no sirve de nada si no puedes llegar a ellos.
Descendieron por unas escaleras de caracol hasta llegar a un sótano reforzado que olía a café rancio y pólvora. En la entrada, un chico de aspecto rudo con una cicatriz en la ceja vigilaba con una escopeta recortada.
—Todo despejado, Carlos —dijo Linda, dándole una palmada amistosa en el hombro al pasar. El guardia asintió, mirando con desconfianza al grupo de recién llegados, especialmente a Erick.
El refugio era un búnker improvisado lleno de cajas de suministros y mapas de la ciudad clavados en las paredes con chinchetas. Linda se detuvo frente a un plano del complejo gubernamental que habían visto desde la calle.