Proyecto Moros: Tiempo Muerto

Capítulo 13: Cazador

El sol de la mañana apenas lograba atravesar la bruma de contaminación y ceniza de la ciudad cuando el plan se puso en marcha. Desde la azotea de un edificio de estacionamientos que daba directamente a la plaza del complejo gubernamental, Erick preparaba su arsenal. Tenía la mirada fija, profesional, como si hubiera nacido para esto.

​—¡Ahora! —rugió Hugo desde la planta baja.

​Varios chicos de la base empezaron a golpear láminas de metal y a hacer estallar petardos de fabricación casera. El estruendo fue brutal, rebotando en las paredes de cristal de los rascacielos. En cuestión de segundos, las puertas de cristal del complejo estallaron hacia afuera bajo la presión de la carne. Cientos de infectados, que habían estado hacinados en la oscuridad, salieron a borbotones como una marea gris sedienta de sangre.

​—¡Lluvia de fuego! —gritó Erick desde lo alto.

​Con una precisión aterradora, empezó a lanzar las granadas caseras. Una, dos, tres... cayeron en parábola perfecta justo en el centro del amontonamiento.

¡BOOOM! ¡PUM! ¡PUM!

​Las explosiones se encadenaron una tras otra. Una bola de fuego naranja devoró la entrada, lanzando extremidades y pedazos de asfalto hacia el cielo. El suelo vibró bajo los pies de Thiago y los demás, que observaban la escena desde una barricada a dos manzanas de distancia, con el corazón en la garganta.

​—Maldita sea... —susurró Marco, cubriéndose los ojos del resplandor—. Erick no estaba bromeando con la potencia de esas cosas.

​Cuando el humo negro empezó a disiparse, dejando un cráter lleno de restos calcinados, Hugo dio la señal. Carlos y los otros cuatro elegidos salieron de su cobertura, corriendo con rifles de asalto y escopetas en mano. Se movían rápido, disparando ráfagas cortas para rematar a los infectados que, mutilados o aturdidos, intentaban levantarse entre los escombros.

​—¡Sector uno despejado! —gritó Carlos, alzando un brazo hacia la posición de Erick—. ¡Danos el camino libre, ahora!

El plan que parecía perfecto se desmoronó en un segundo, transformándose en una carnicería silenciosa y cruel. Los cinco chicos de Hugo, con Carlos a la cabeza, comenzaban a retroceder hacia las columnas para cubrirse, esperando que Erick lanzara la segunda descarga de bombas que terminaría de limpiar el vestíbulo.

​—¡A cubierto! ¡Erick, mándalas ya! —gritó Carlos, haciendo una señal hacia la azotea.

​Pero antes de que Erick pudiera soltar el primer explosivo, el aire fue cortado por disparos precisos y amortiguados.

¡Puff! ¡Puff! ¡Puff!

​Uno a uno, los cinco jóvenes fueron abatidos. Carlos apenas tuvo tiempo de girar la cabeza antes de que un proyectil le atravesara el pecho. Cayeron sobre los escombros calcinados, sin entender siquiera de dónde venía el ataque.

​Erick, desde lo alto, sintió un escalofrío. Instintivamente, apretó el gatillo de su escopeta para barrer la zona de donde venían los disparos, pero antes de que pudiera disparar, sintió el frío cañón de una pistola presionando directamente la base de su cráneo.

​—Ni se te ocurra mover un dedo, bombardero —susurró una voz cargada de veneno a sus espaldas.

​Un legionario había trepado en silencio por la parte trasera del edificio. Erick, el hombre que siempre tenía una salida, se quedó petrificado. Suspiró con una rabia contenida que le hacía temblar los hombros y, lentamente, fue alzando las manos mientras su escopeta quedaba olvidada en el suelo.

​Abajo, Thiago estaba fuera de sí. Desde su escondite, había visto caer a los chicos y cómo Erick era encañonado en la azotea.

​—¡No! ¡Tengo que salir! —rugió Thiago, intentando saltar la barricada con la pistola en la mano—. ¡Se los van a cargar a todos! ¡Erick está atrapado!

​—¡No, Thiago! ¡Quieto! —Linda lo agarró por la chaqueta con una fuerza sorprendente, tirando de él hacia el suelo—. ¡Si sales ahora mismo eres hombre muerto!

​—¡No puedo quedarme aquí mirando cómo los matan, Linda! —Thiago forcejeaba, con las lágrimas de frustración nublándole la vista—. ¡Son nuestros amigos! ¡Es Erick!

​—¡Escúchame bien! —le espetó Linda, pegando su frente a la de él para obligarlo a centrarse mientras el sonido de botas pesadas rodeaba la manzana—. No es el momento. Hay francotiradores que aún no hemos visto. Si asomas la cabeza, te la volarán antes de que des un paso. Tenemos que esperar, Thiago. Tenemos que ver qué hace Daniel. Si mueres ahora, no quedará nadie para activar los otros botones. ¡Quédate abajo!

Daniel caminaba entre los escombros con una calma que helaba la sangre, su voz resonando por toda la plaza como un trueno oscuro.

​—¡Thiago! ¡Sé que estás aquí! ¡Sal y termina con esto antes de que cubra estas calles con los cuerpos de todos tus amigos! —rugió Daniel, fuera de sí.

​Sin embargo, el hambre de Morfos no entiende de guerras humanas. Los disparos anteriores y el olor a sangre fresca habían despertado a lo que quedaba de la horda dentro del complejo. Justo cuando los legionarios bajaban la guardia, creyéndose dueños de la situación, una marea de infectados salió disparada desde las sombras del vestíbulo, lanzándose sobre los hombres de Daniel.

​—¡Infectados! ¡Fuego! —gritó Jackson, entrando en pánico.

​La Legión tuvo que girar sus armas para defenderse del ataque sorpresa, creando el caos necesario. Carlos, que milagrosamente seguía respirando entre el montón de cuerpos, vio la oportunidad.

​—¡AHORAAA! —bramó Hugo con sus últimas fuerzas, rodando hacia una columna para agarrar su fusil y empezar a disparar contra los legionarios distraídos.

​En la azotea, el legionario que encañonaba a Erick cometió el error fatal de desviar la mirada hacia la carnicería que ocurría abajo. Erick, rápido como un rayo, le sujetó la muñeca, le arrebató el arma con un movimiento seco y le propinó un codazo en la sien que lo dejó inconsciente al instante. Sin perder un segundo, Erick montó su rifle de francotirador y se posicionó en el borde.



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En el texto hay: traicion, zombies, guerra

Editado: 10.04.2026

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