Andrés se encontraba en el campamento base de La Legión, una antigua comisaría de distrito que Daniel había convertido en su cuartel general. El silencio allí era inquietante, roto solo por el chirrido de las radios y el paso nervioso de los pocos centinelas que se habían quedado atrás. La mayoría de los efectivos habían partido con Daniel para la emboscada en el Nodo X, dejando el lugar bajo una calma tensa.
Andrés estaba sentado en un banco de madera, limpiando un cuchillo de combate, cuando un legionario joven, que no aparentaba más de diecisiete años, se sentó a unos metros de él. El chico tenía las manos entrelazadas y la mirada perdida en el suelo de cemento.
—¿Crees que vuelvan pronto? —preguntó el muchacho con voz temblorosa.
Andrés lo miró de reojo. No reconocía su cara, era uno de los reclutas nuevos que Daniel había "convencido" para unirse durante la primera semana.
—Daniel no vuelve hasta que consigue lo que quiere —respondió Andrés secamente—. Deberías saberlo ya.
El chico soltó un suspiro pesado y se cubrió la cara con las manos.
—Yo no quería esto, Andrés. Yo estaba en el proyecto para estudiar diseño, no para disparar a gente. Me obligaron a ponerme este brazalete... dijeron que si no me unía, me dejarían fuera de los muros para que esas cosas me devoraran. Solo quiero irme a casa. Quiero volver al 2026 y olvidar que este infierno existe.
Andrés dejó el cuchillo a un lado. Sentía una punzada de lástima, pero en Morfos, la lástima era un lujo peligroso.
—Aquí ya no hay casas a las que volver, chico. Solo hay bandos. Si no eres el lobo, eres la oveja, y Daniel no tolera a las ovejas.
Justo cuando el joven iba a responder, el estática de la radio que Andrés llevaba en el cinturón estalló con una violencia repentina. Una voz distorsionada y cargada de pánico llenó el aire, atrayendo la atención de todos los presentes en la sala.
—¡Aquí unidad de apoyo tres! ¡Solicitamos refuerzos inmediatos! ¡Repito, refuerzos! —la voz del legionario al otro lado era un grito desesperado—. ¡Ha habido una explosión... el edificio ha colapsado! Hemos perdido a mucha gente... los del refugio nos han flanqueado y los infectados están por todas partes... ¡Daniel está herido!
Andrés se puso en pie de un salto, agarrando el comunicador.
—¡Aquí base! ¡Danos tu posición exacta! ¿Qué ha pasado con Jackson?
—¡Es una carnicería! —gritó el legionario entre el sonido de ráfagas de balas—. Necesitamos que... esperad... ¡están en los conductos! ¡Han entrado en...!
De repente, la voz del hombre fue reemplazada por un rugido gutural y un sonido de metal desgarrado. Se escuchó un forcejeo frenético, el golpe seco del comunicador cayendo al suelo y, finalmente, los gritos agónicos del legionario siendo atacado por un infectado. El sonido de huesos rompiéndose y carne desgarrándose se filtró por la radio durante unos segundos horribles hasta que solo quedó el ruido blanco de la estática.
El joven legionario que quería ir a casa se puso blanco como el papel y empezó a temblar. Andrés cerró el puño sobre la radio, mirando hacia la salida. Sabía que la batalla por el Nodo X acababa de cambiarlo todo. La Legión, el ejército invencible de Daniel, estaba sangrando, y el equilibrio de poder en Morfos pendía de un hilo.
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La onda expansiva de la explosión dejó un silencio zumbante en los oídos de Thiago. El mundo parecía moverse en cámara lenta; la ceniza y los restos de papel quemado caían del cielo como una nieve negra sobre el asfalto.
Thiago se puso en pie con dificultad, tambaleándose. Tenía la cara manchada de hollín y un corte en la ceja que le nublaba la vista con sangre. Miró hacia el edificio donde Erick había estado hacía un momento: ahora solo era una carcasa de hormigón en llamas, un túmulo de escombros que exhalaba un humo denso y oscuro.
—¡Erick! —gritó, pero su propia voz le sonó lejana, como si estuviera bajo el agua.
Linda llegó a su lado y lo tomó del brazo con fuerza, obligándolo a girarse. Tenía la expresión endurecida por el shock, pero sus instintos de supervivencia seguían intactos.
—¡Thiago, tenemos que movernos! ¡La explosión atraerá a todo lo que tenga oídos en diez kilómetros a la redonda! —le gritó ella al oído para que reaccionara.
Marco estaba unos metros más allá, de rodillas, mirando sus manos temblorosas. El peso de haber disparado a Daniel y la imagen de Erick estallando en mil pedazos lo habían quebrado por dentro. Jinx e Isabel se acercaron a él, ayudándolo a levantarse mientras miraban con horror el incendio.
—Se ha ido... —susurró Isabel, con lágrimas surcando el polvo de sus mejillas—. Se ha ido para que nosotros pudiéramos pasar.
—No dejes que su sacrificio sea en vano —sentenció Linda, mirando a Thiago a los ojos—. Él nos dio este hueco. Si nos quedamos aquí a llorar, La Legión se reorganizará y nos cazará uno por uno.
Thiago apretó los puños. Las palabras de Erick sobre "morir por dentro" cobraron un sentido doloroso y real. Se sentía más vacío, pero también más pesado, como si el sacrificio de aquel hombre le hubiera transferido una responsabilidad que no sabía si podía cargar.
Tras la explosión de Erick, el grupo logró escabullirse por los callejones laterales, aprovechando que el humo y el fuego habían creado una cortina impenetrable. El estruendo había dejado a La Legión y a los infectados en un estado de confusión total, lo que les permitió llegar a las puertas del refugio de Hugo.
Una vez cruzaron el umbral de acero y la pesada esclusa se cerró tras ellos, el silencio del sótano se sintió pesado, casi asfixiante. No hubo celebraciones ni suspiros de alivio. Solo el sonido de respiraciones agitadas y el goteo de agua en las alcantarillas.
Marco, que apenas podía mantenerse en pie por el agotamiento y los golpes de la pelea, caminó arrastrando los pies hacia el área médica improvisada. Tenía la cara hinchada y un corte profundo en el brazo que no dejaba de sangrar.