Daniel no se conformó con encerrarlos. Los llevó a la planta alta de un edificio de oficinas medio derruido, un lugar donde el viento silbaba a través de los cristales rotos y el suelo estaba cubierto de papeles amarillentos. Thiago y Marco estaban atados a sillas metálicas, con las manos entumecidas por las cuerdas apretadas.
Daniel, a pesar de su cojera y los vendajes, se movía con una energía maníaca. No dejaba de caminar en círculos, descargando su frustración sobre ellos. Cada vez que pasaba por el lado de Marco, le propinaba un puñetazo en las costillas o un golpe seco en la mandíbula, disfrutando del quejido de dolor del chico.
—¡Para ya! ¡Pégame a mí, cobarde! —gritaba Thiago, forcejeando con sus ligaduras mientras veía a su amigo sangrar.
—Oh, no te preocupes, Thiago. Hay suficiente para todos —respondió Daniel con una sonrisa retorcida.
Al fondo de la habitación, envuelto en las sombras y con el rifle colgado al hombro, estaba Andrés. Se mantenía rígido, como una estatua de mármol, observando cómo Daniel maltrataba a quienes hasta hace poco llamaba hermanos. No decía nada. No pestañeaba. Pero sus nudillos estaban blancos de tanto apretar la empuñadura de su arma.
Daniel se detuvo frente a Thiago. Se inclinó, apoyando las manos en las rodillas para quedar a la misma altura, su rostro a escasos centímetros del de Thiago.
—Mírate —susurró Daniel con desprecio—. El gran líder. Activaste el Nodo X, ¿y para qué? Solo has conseguido que tus amigos mueran y que tú termines en una silla esperando a que decida cómo cortarte la lengua. Eres un error en este mundo, Thiago. Un estorbo que debió morir el primer día.
Thiago lo miró fijamente. Sus ojos estaban inyectados en sangre, pero no había miedo en ellos, solo un odio puro y concentrado. Sintió el sabor metálico en su boca y acumuló todo lo que pudo en su garganta.
—Tú no eres un líder, Daniel —dijo Thiago con voz ronca—. Solo eres un enfermo que necesita un brazalete para sentirse importante.
Y, sin previo aviso, Thiago le lanzó un escupitajo cargado de sangre directamente a la cara. El fluido rojizo manchó la mejilla y el ojo de Daniel, quien se quedó paralizado por la sorpresa y el asco.
—Eres un maldito enfermo —escupió Thiago, desafiante.
El silencio que siguió fue aterrador. Daniel se limpió la cara lentamente con el dorso de la mano, mirando la sangre en su piel. De repente, su brazo se movió como un látigo.
¡ZAS!
Le propinó un cachetadon tan violento que la silla de Thiago volcó, mandándolo directamente al suelo de hormigón. El impacto fue seco y brutal, dejando a Thiago aturdido, con el oído pitando y la mejilla ardiendo.
—¡Thiago! —gritó Marco, desesperado.
Daniel se quedó de pie sobre él, jadeando de rabia, mientras Andrés, desde el fondo, daba un paso imperceptible hacia adelante, rompiendo por un segundo su postura de soldado frío antes de volver a quedar inmóvil bajo la mirada inquisidora de Jackson.
Daniel se puso de pie sobre Thiago, limpiándose los restos de sangre de la mejilla con un desprecio infinito. Se disponía a patearlo cuando, desde la planta superior, el estruendo de ráfagas de fusil rompió el silencio del edificio.
—¡Señor! ¡Están aquí! —gritó un legionario entrando por la puerta—. ¡Han entrado por la azotea, son los del refugio!
Daniel maldijo entre dientes, mirando con odio a sus prisioneros. Sabía que no podía perder sus trofeos ahora.
—¡Lleváoslos! —ordenó Daniel a sus hombres—. ¡Sacad a estos dos de aquí por la escalera trasera! ¡No quiero que rescaten a nadie!
Los legionarios desataron bruscamente las sillas y empezaron a arrastrar a Thiago y a Marco, quienes apenas podían mantenerse en pie por los golpes. Marco tenía la cabeza gacha, casi moribundo, mientras Thiago intentaba clavar los talones en el suelo para retrasarlos.
—¡Escuchadme bien! —rugió Daniel a sus soldados mientras desenfundaba su propia arma—. ¡No matéis a nadie de los que vienen! ¡Noqueadlos y traédmelos vivos! Quiero que vean cómo acabo con sus líderes.
Andrés seguía en la esquina, con el arma en la mano, viendo cómo arrastraban a sus amigos hacia la salida. Pero el rescate de Carlos y Hugo no iba a ser una simple entrada por la puerta.
De repente, un silbido agudo cortó el aire. No venía de las escaleras, sino del exterior.
¡BOOOM!
Una carga explosiva de alta potencia, probablemente una de las últimas reliquias de Erick que Hugo había colocado en la pared estructural, estalló justo en el centro de la sala de oficinas.
El mundo se convirtió en una bola de fuego naranja y escombros de hormigón. La fuerza de la detonación fue tan brutal que la habitación entera pareció comprimirse antes de expandirse violentamente.
Thiago y Marco salieron despedidos en direcciones opuestas, sus cuerpos volando como muñecos de trapo entre nubes de polvo y cristales rotos. Los legionarios que los sujetaban fueron lanzados contra las columnas, soltándolos al instante. Daniel, que estaba en el centro de la estancia dando órdenes, fue proyectado hacia el fondo, atravesando un tabique de madera y desapareciendo bajo una lluvia de archivos y yeso.
El edificio vibró hasta sus cimientos. Por un momento, el humo denso y el polvo gris lo cubrieron todo, dejando solo el eco de la explosión y el crujido del metal retorciéndose. Nadie se movía. La onda expansiva había nivelado el campo de juego, dejando a captores y prisioneros esparcidos por el suelo, aturdidos y heridos entre las ruinas de lo que hace un momento era una sala de tortura.
El mundo era un zumbido blanco y doloroso. Thiago sentía el sabor a tierra y pólvora en la boca, y sus oídos pitaban con una intensidad que le impedía pensar. Intentó mover la mano, pero sentía el cuerpo como si pesara una tonelada. A través de una densa nube de polvo gris que bajaba del techo, empezó a distinguir una silueta que se movía hacia él.