P.S I love you

Capítulo 1: Las notas azules

Di pequeños golpes en la cabeza de Mortadela.
Mortadela era mi gato. Un gato gris callejero que había sacado desde hace algunos años de la calle, obligándolo a dejar de aventurarse entre los callejones, o bueno, de manera parcial.

Mortadela tenía la apariencia típica de los gatos callejeros; una oreja mordida, arañazos que terminaron siendo cicatrices y una mirada agresiva.
Ahora tenía un ligero aroma a limón (que no entendía de donde lo había conseguido), y tenía una linda —pero grande— pancita de gato hogareño.
Su pasatiempo preferido era pasear. Solía salir de casa cuando yo me iba por las mañanas a clases; me acompañaba hasta la mitad del camino, después se metía entre los callejones y llegaba por las noches, a la hora de la cena. Siempre era puntual, claro, hablando de los días que le daba la gana aparecer en mi puerta.

—Mortadela —toque de manera insistente su pancita. Ronroneo—, debo dejar de darte tanta comida, un día dejarás de hacer paseos porque no podrás moverte y tendré que empujarte, o colocarte llantitas.

A Mortadela pareció no importarle, porque termino por echarse de nuevo.
Rasque un poco más su cabeza y termine por tomar mi mochila, se me hacía tarde de nuevo, o más bien dicho, como siempre.

Revise mi horario escolar y coloqué de manera ordenada las libretas que me tocaban. Al terminar revisé mi escritorio, tratando de verificar que nada me hiciera falta, y fue ahí donde mis ojos recayeron en dos cosas:

Número 1.
Había sacado de la mochila mi libro favorito y había olvidado colocarlo dentro de nuevo. Lo había leído por la noche.
El libro era especial a pesar de su terrible aspecto.
La pasta estaba irregular, agrietada, algunas hojas estaban por caerse a pedazos y cada que lo abría tenía un olor extraño. Un olor que combinaba de manera ligera rosas secas y a libro viejo, pero aún así lo amaba. Amaba orgullo y prejuicio de Jane Austen.

Número 2.
La sección de mi pared para avisos estaba prácticamente azul. Sticky notes en distintos tonos de color azul adornaban mi pared.
En esas notas siempre venían oraciones, algunas solo eran de 3 palabras y algunas otras casi formaban tres líneas.
Mis notas de avisos personales se reducían a solo cinco notas. Aun así, lo que más me importaban era las notas azules. Cada palabra la habían dirigido hacia mí, el problema era que no sabía quién las escribía.

Desde hace un mes, cada martes, primera clase, trigonometría, había estado una nota pegada en mí mesa de estudio, mí lugar.
Siempre estaban ahí.
En cada una de ellas tenía una esperanza; que al final llevará el nombre de Lance Lake como autora, en conjunto de sus pequeños corazones mal hechos. Quería que fuera ella quien me escribiera notas, aunque bien sabía que era imposible, porque en sus palabras «jamás podríamos estar en algo así, romántico».
Aun así me gustaba imaginarla los lunes por la noche, apoyada en su escritorio pensando que me escribiría y con que me sorprendería. Ilusionarse no costaba nada, aunque terminaba bañado de mis lágrimas.
Elimine de mi cabeza cualquier cosa.
Hoy era martes.

La puerta de mi habitación fue abierta de imprevisto. Mi madre estaba con brazos cruzados, mirándome con enojo.

—¡Llegarás tarde!

Fije mi vista en el techo, preguntándole a un ser inexistente por qué siempre pasaba esto todas las mañanas. Como si no estuviera a punto de ser un adulto.

—Ya lo sé —suspire—, siempre llego tarde.

—Sí, y por eso mismo deberías levantarte más temprano, ¿por qué no lo haces? Cuando te ibas junto con Lan siempre te despertabas temprano —con sus pies a toda prisa se sentó en la orilla de mi desordenada cama, solo les dio un manotazo a mis sabanas— ¿Paso algo como para que antes de las vacaciones de inverno ya no se hablaran?

—Nah, ya sabes, cosas de mejores amigos —oculté mis temblorosas manos en mis bolsillos—. A veces hay peleas por cual es la mejor película, sí sus libros modernos son mejor que mi Jane Austen y cosas así. Lo normal.

—Recuerdo esas peleas con Elissa —cerro su chaqueta y acomodo sus guantes. Estábamos a cinco grados centígrados afuera, lo típico en febrero—. Cuando discutíamos, nos dejábamos de hablar por algunas semanas, después terminábamos en la puerta de la otra con películas que acabábamos de rentar. Deberías hacer eso.

—Ya no se rentan películas en estos tiempos —reí en carcajadas cuando la vi batir sus pestañas, exasperada.

—Pero comprendes mi punto, ¿no? Llévale algo que siempre compartan y con eso se acabará el problema —Con un salto dejo mi cama. Me señaló con su dedo índice—. Deja de dormir tan tarde, tendrás unas ojeras tan enormes que no podrás quitarla ni con mi mejor rutina de skincare.

—Me desveló estudiando.

Mentí. En parte, claro. Si estudiaba por las noches, pero la mayoría del tiempo no podía dormir por estar leyendo, y otras veces por cuestionarme algunas cosas. Pero, sobre todo, evitaba levantarme temprano para no verme envuelto en el camino con Lance.
No quería incomodarla más de lo que ya lo había hecho el año pasado.

—Sí es por estudiar... —mi madre ajustó su pendiente—, recuerda que no debes presionarte por la idea de la universidad.

Deje caer de nuevo mi cabeza, observando el techo. Este era el mayor cuestionamiento que tenía por las noches. La universidad y cual carrera estudiar.

—Hablemos de eso después, por favor. —Suplique.

—En la tarde, ¿te parece bien en la cafetería del tío Lev?

—Sería genial —sonreí—. Podría pedirle ayuda por si te pones intensa con ese tema.

—Que gracioso eres —hizo un mohín para después reír—. Bien, entonces te espero abajo para desayunar.

—Claro.

Dando un último vistazo, mi madre salió de mi habitación, aun así, escuche su grito tras la puerta.

—¡Y colócate bien ese uniforme!




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.