Si a la mala suerte le naciera dejar su esencia en una persona, posiblemente me tomaría a mí. El plan había fallado antes de ponerlo en práctica.
De la lista que había hecho junto a mis amigos de las posibles candidatas, el cincuenta por ciento había sido eliminada.
En la reunión matutina en la que me vi arrastrado por Raquel, escuche como usaban palabras para referirse a mí, donde los adjetivos más comunes eran «arrogante» y «directo».
Desconocía eso de mi personalidad.
Pero como Jane Austen había escrito, la vanidad solo es la manera en que queremos que otros nos vean, y yo no tenía tal cosa.
Tras el trágico encuentro matutino del sábado, el plan había seguido en pie, pues en palabras de mis amigos «quizá solo estaban actuando», y si eso era cierto, debía decirles que fueran actrices porque había sido fenomenal escuchar tales mentiras tan convincentes.
El plan que había explicado más de cinco veces Ian iba de la siguiente manera:
«Sólo miren a todas las personas. Busquen a alguien con sticky notes azules. Escuchen sus conversaciones y si habla de películas románticas o cosas así, esa es la persona indicada».
Pero tras una semana de haber observado a cada persona de la clase, escuchado conversaciones de manera bastante indiscreta y llenarnos de miradas que dictaban «Por favor, deja de ser raro» caímos en cuenta de que había sido inútil.
Hasta el momento solo habíamos encontrado a una persona que encajaba totalmente en el perfil, pero que, de ser cierto, mi madre me envolvería como si fuera un paquete por entregar y me escondería de por vida; la profesora de 30 años que impartía las clases de física, quien usaba continuamente notas azules y se la pasaba hablando de lo asombroso que era ver películas románticas y clichés de los 90's. Fuera de ella, parecía que todos se habían puesto de acuerdo en dejar de utilizar notas y dejar de ver películas.
Nadie sacaba ese tipo de material. Nadie hablaba de películas.
Llegué a creer que me estaban haciendo una broma terrible. Ese pensamiento solo me hacía decaer, pero los golpes en la cabeza de Ian, los empujones de Lucas y los chistes de Raquel, me levantaban el ánimo para descubrir quién era.
«Si es una broma, golpeare a esa persona» había dicho Raquel y Lucas le había seguido con un «Si es un asesino, entre todos escaparemos».
Era por eso que moría de nervios, pues ellos no estaban a mi lado para interponerse en mi plan abrupto e impulsivo, era día de poner en riesgo todo. Era martes.
Día para tener una esperanza, día donde quizá y encontraba una nota en mi pupitre. Día donde quizá y sabría quien escribía en aquellas notas azules.
Con pasos apresurados y con celular en el chat de mis amigos dando aviso de mi perdida de estribos, salí de casa en silencio, no quería que mi madre me viera y me obligara a ir por Lan. Porque una parte —grande, en realidad— de mi, esperaba verla a ella colocando la nota.
Deseaba que fuera ella. Como una disculpa por haber sido tan insensible conmigo hace un año.
El sol aún no salía del todo, lo cual, fue una tortura.
No me había tomado mucho tiempo la trayectoria de mi casa a la escuela, y fue aún más corto el camino hacia el aula de trigonometría del señor Morales, pues no había tantas personas en circulación.
Colocándome mejor la bufanda y estando dentro del aula, me escabullí hasta la esquina opuesta de mi lugar habitual, para poner en marcha mi plan.
Mi plan se basaba en esconderme y esperar por ver si alguien actuaba de manera sospechosa, o si la suerte me acompañaba (lo cual dudaba porque toda mi vida se basaba en la mala suerte) ver quien colocaba la nota sobre mi pupitre.
¿Qué si era un plan estúpido? Sí, lo era mucho, pero aunque hiciera algo elaborado la vida haría de las suyas para que todos mis planes salieran mal. Así que, terminé acostándome en el piso, usando mi mochila como almohada, de donde saqué mi libro inseparable.
Y, como mencioné repetidas veces y hasta el cansancio. Mi plan salió mal.
Pasaron varios minutos sin movimientos destacados, me encontraba en la parte del primer baile, donde el Sr. Darcy había despreciado a Elizabeth, cuando algunas personas entraron al aula. Algunos con termos, con las cabezas envueltas entre sus gorros y bufandas, pero para nada sospechosos.
Sin ningún cambio, seguí leyendo mientras mi espalda se sentía fría y comenzaba a sentir un líquido escurrir por la nariz, pero cuando pase unas cuantas páginas más, cuando la hora de mi reloj de muñeca marcó las seis con cuarenta minutos, todo marcó un punto de inflexibilidad.
Las seis con cuarenta minutos, el tiempo exacto donde mi vida tomó un giro y subió unos cuantos niveles en el ranking de «probabilidades estúpidas».
Fue el momento exacto donde todo se fue a la mierda.
El sonido de la puerta azotarse, el quejido de muchos alumnos y el movimiento de unos pasos apresurados hizo que dejara de lado mi libro. Mi corazón se agito y mi estómago se hizo hacia abajo. Estaba muriendo de nervios.
Un sonido seco se escuchó junto con el movimiento rápido de libros moverse, no sabía si estaba alucinando o no. Era el momento que había estado esperando por semanas.
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Editado: 13.03.2026