Tengo una pequeña —y extraña— idea de quién soy. Por ejemplo, sé que soy alguien sarcástico, que llega a sacar de sus cabales a las personas, y por supuesto, que tengo cierto grado de inteligencia. Con esta auto-percepción, fácilmente me podría considerar como alguien en que algunas situaciones no se le nubla la cabeza, e incluso que jamás dejaría de prestar atención a una clase que le parecía fácil e interesante.
Pero eso no había ocurrido hoy.
Creo que en ninguna otra clase de trigonometría en la que había estado, me había sentido tan pesado e ido.
El profesor hacía preguntas, pero como en cada una de las clases que habíamos tenido desde el inicio del curso, la mayoría de los alumnos se enmudecían, algunos daban pequeñas miradas hacia mí, aunque no lo dijeran en voz alta, sabía que estaban implorando porque saliera de mi estupidez mañanera y dijera la respuesta.
Los comprendía, es decir, era la primera clase, a las primeras horas de la mañana, nadie quería saber de matemáticas, incluso yo, que tenía cierto afecto hacia la materia, algunas mañanas solo quería colocar mi almohada sobre mi cabeza y no saber nada de la vida, del mundo y sus personas.
Pero algunos adultos no comprenden esos pensamientos, y mi profesor era uno de ellos. El profesor pronunciaba repetidas veces mi nombre para sentir que alguien le prestaba atención, pero había fallado.
—Lily —pronunció el profesor dando golpecitos con el marcador al pizarrón— Allen.
Elevé la cabeza, pero mi vista estaba sobre un cabello castaño con el cuello enrojecido.
—¿Sí?
—¿Cuál es la respuesta a esto, Allen?
—Mortadela.
«Mortadela» Así de estúpido había estado durante la primera clase. Tras unas cuantas respuestas que daban como resultado algunas risas de mis compañeros, el profesor desistió y dio por sentado que su mejor opción era Lance.
Lance.
¡Lance!
Sí tan sólo Lance hubiera sido quien escribiera esas notas ahora mi mundo no estaría patas arriba. Hubiera contestado todas las preguntas de la manera más inteligente y no hubiera quedado como un imbécil (más de lo que ya era) ante toda la clase. Mi mundo había cambiado totalmente; mi cabeza estaba nublada, tanto que Ian tuvo que sujetarme por el brazo y sacarme a rastras cuando la clase finalizó, porque no dejaba de buscar a Armin con la mirada y con mi cuerpo. No entendía porqué lo hacía y tampoco el porqué de no hacerlo.
—¿Qué mierda fue todo eso? —Ian me sujetaba por los hombros.
—No sé —pronuncie, restregando las palmas de mis manos sobre mi cara.
—¿Eres gay? —preguntó Lucas.
—¡Es gay! —respondió Raquel.
En ese momento estaba arrinconado en el pasillo que se creaba entre el salón de trigonometría y los baños.
Mis amigos me observaban con cierta emoción en sus ojos y posiblemente sus labios querían dejar salir un montón de preguntas de manera atropellada. Pero sin importar lo exaltados que ellos estuvieran, mi cerebro no terminaba de comprender la situación o siquiera formular una secuencia de hechos para que mi boca lo sacará de manera organizada, ¿se suponía que era un tema fácil de digerir?
¿Era gay?
La mirada hambrienta de fan BL por parte de Raquel me exigía que abriera la boca, sin importar que dijera, ella aclamaba por unas cuantas líneas donde saliera una declaración al estilo de algún manhwa romántico y dramático.
Pero, no todos obtenemos lo que queremos.
—Chicos, ayuda —dije entre lloriqueos— no entiendo que sucede.
Sus miradas entrechocaron, Ian tomó de mi brazo para llevarme hasta el piso y sentarnos, generando un semicírculo a mi alrededor.
—¿Puedes explicarlo? —cuestionó Ian.
—Eso creo.
Y de una manera rápida, donde mi lengua se atoraba con una palabra cada cinco, les conté todo. Desde mi decisión imprudente y desesperada por cambiar el plan, así como lo que había pasado con Armin, todo para darle un punto final a la parte de Lance y abrirme de manera interna una pregunta: «¿Me gustaban los chicos?»
—¿Qué se supone que haga?
Observé a cada uno de mis amigos, totalmente expectante. Era difícil saber qué era lo que pensaban, quizá sus emociones estaban descritas en grandes letras en sus rostros, pero para mí era difícil descifrarlos. El pensamiento se me estaba yendo junto con la lógica.
—Hablaré con él.
Raquel, la dulce Raquel me había tomado por los hombros.
Me sacudía de la manera más violenta que podía, al punto de que mi cabeza parecía sentirse atraída a la pared, pues chocaba cada que Raquel decidía soltarme entre sus tirones.
—¿Eso resolvería algo? —respiré profundo mientras pasaba los dedos por la zona de los golpes— Él se veía demasiado extraño.
—¿Extraño? — preguntó Lucas.
Cerré los ojos, lo que menos quería era verlos y saber su expresión al pronunciar la siguiente palabra.
—Enamorado.
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Editado: 13.03.2026