¿Qué se sentirá encontrar un billete de gran valor tirado en la calle? ¿Encontrar el último tomo del libro que tanto se buscaba con esmero? ¿Ver florecer una planta que se creía marchita? ¿Qué las cosas estén a tu favor?
Ese tipo de preguntas iban una tras otra en mi mente, pues las desgracias desembocaban en otras y parecía que la vida era tan despiadada que no me daba ni unos segundos de procesar un escenario cuando uno nuevo golpeaba ante mis ojos.
Había seguido sin estímulos a Armin, quien me guiaba con una mirada dura por donde iba, y ahora, estando frente al otro donde solo el viento frió nos rozaba, mi mente me torturaba sobre lo desgraciado que era y de cómo las probabilidades de hechos desafortunados siempre daban en mi su cien por ciento.
—Como te había dicho, esto fue un error.
—¿Un error?
En este punto, me era inevitable no haberme dado cuenta de que debajo de su ojo, cerca del pómulo, un rastro color púrpura burbujeaba, pero preferí dejarlo de lado y concentrarme en sus palabras.
—Sí, es lo que he tratado de explicarte todo este tiempo.
—Sigo sin comprender.
—Lily.
Pase saliva ante la forma tan delicada que había utilizado para nombrarme.
Lily.
»Las cosas no debían pasar de este modo ¿sabes? Se supone que tu jamás me descubrirás. Las notas serían una manera de dejar ir mis sentimientos y así poder iniciar bien la universidad, más que nada, se supone que esto no debía pasar porque esto causaría problemas, aun así, te mentiría si dijera que este no era mi pequeño sueño anhelado. Estoy demasiado feliz que ni siquiera puedo dejar de temblar —sostuvo sus manos entre ellas mismas—. Pero al mismo tiempo entenderé perfectamente que te daré asco por lo que queda de clases. Entenderé perfectamente que hagas de esto un escándalo e incluso que lo digas públicamente para que me odien y se asqueen de mí. Debiste pensar que yo era raro, quizás pensaste que era una chica quien escribía esas notas. Debe ser decepcionante. Así que, si te hace sentir bien, puedes odiarme y hacer que todo el mundo me odie.
El silencio nos inundó y temí que el pequeño tiempo de receso entre clases se acabara. La verdad era que mi cabeza se había quedado sin ideas y con miles de dudas circundantes. No estaba comprendiendo quién era yo.
Supongo que esto fue lo que mi madre me advirtió de la adolescencia.
—Armin, no sé qué decirte. Ya sé que hace rato te dije que correspondería tus sentimientos, pero —sujete mi nuca y reí entre dientes— hay tanto que resolver, es decir, te alejaste de mí en la niñez, hace unos días me dijiste que no podías decirme nada para evitar problemas, ¿este era el problema? ¿Revelar que eras tú quien escribía las notas? Mi cabeza está nublada. Pero debo dejar en claro que jamás te humillaría o te odiaría por esto, nadie se toma el tiempo de escribir, y menos durante tanto como tú, eso me demuestra la profundidad de tus sentimientos.
Armin me observó. Su rostro poseía un semblante tranquilo. Sus cejas estaban rectas, sin pizca de sorpresa, la comisura de sus labios estaba de la misma manera.
—¿No te da asco? —murmuró.
—¿Qué cosa?
—Yo. Es decir, un chico te confesó los sentimientos que tiene por ti. Tu eres un chico, debería darte asco.
Solo pude negar con mi cabeza, porque ni siquiera podía expresarlo hablando.
No me daba asco, pero no sabía cómo decirlo de la manera correcta sin parecer un imbécil. Así que mejor opté por cambiar el tema y cumplir con lo que mis amigos me habían dicho. Decidirme y dejar el pasado detrás.
—Armin.
—¿Si?
Tome aire, sentí como mis pulmones se hinchaban junto con mi pecho, y como en mí garganta algo de aire era retenido. Con aquellas sensaciones desaparecidas de mí tras unos segundos de exhalación, hablé de nuevo.
—Permíteme ofrecerte mi corazón ya que tú me has ofrecido tu amor por cartas.
—¿Qué?
—O sea que me dejes ser tu novio.
Mordió sus labios. Observé como con sus dedos jugó con el pequeño llavero en forma de zorro que estaba en su mochila.
—O sea que tú eres...
—No, estoy confundido de hecho.
—¿Por qué?
—Porque me gustan las chicas, pero ahora...
—¿Dices que te gusto?
Mi lengua se enredó, mi corazón latió con una fuerza tan repentina que temí que él sintiera mí corazón desbocado, pero como pude hablé.
—Podríamos decir que sí.
—Eso no es un sí definitivo.
—Bueno —gire mí rostro, lejos de sus ojos castaños— me gustaron tus notas, pero, es decir, no sabía que eras tú, así que...
—Estás enamorado de lo que pensaste que sería, ¿eso quieres decir?
—Sí, eso.
Suspiró, así que no me quedó de otra que verlo. Sus ojos estaban puestos en una roca y las yemas de sus dedos continuamente se tocaban.
—Entonces no te gusto —sentenció.
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Editado: 13.03.2026