Leer, identificar y saber.
Ese era el método que debía seguir, pero que en este punto me parecía imposible que mi cabeza maquinara.
Y eso tenía una razón bastante justificable.
El aire frío se colaba por las puertas de la cafetería por mi llegada.
El tío Lev me había llamado para cubrir medio turno, porque por alguna razón extraña y totalmente llena de coincidencia, sus empleados se habían contagiado de una infección estomacal (incluyéndolo a él).
Había aceptado gustoso porque era martes, y ese día normalmente había poca gente —además de que necesitaba dinero—, así que estar en un lugar donde atendería a un cliente cada una hora me daba la libertad para seguir mi plan de descubrir quién era, o al menos, una parte, pero todo se había visto arruinado por una probabilidad estúpida.
Me había sentido decepcionado para después pasar a la frustración tras entrar a la cafetería con mi uniforme veraniego que tuve que cubrir con dos suéteres por la terrible temperatura en la que estábamos.
No había sido el único en ser llamado.
—¡Mesa dos, Lucas! ¡Mesa dos!
—¿Cómo diablos se supone que sepa cuál es la dos si ninguna tiene número? —gritó Lucas como respuesta hacia Ian, mientras su vista no se iba de las tazas.
—¡Imbécil! —Raquel sacó la nariz de su libro con una portada que no lograba comprender— ¡Es la única mesa que falta por atender!
Coloque sobre mi hombro la tira de mi mochila. Ni siquiera quería pensar en alguna frase como «El día no puede ponerse peor», porque claro, el día puede ponerse muchísimo peor para joderme la existencia entera.
—¡Ly! —Raquel elevó una de sus manos, agitándola de lado a lado— ¡Aquí!
—Raquel —me acerque lentamente hacia ella— ¿Qué hacen aquí?
—El tío Lev nos pidió ayuda —Ian se colocó a mi lado respondiendo la pregunta que no era para él.
—¿Y tus prácticas? Eres el capitán, no debes faltar.
—Se cancelaron.
—¿Se cancelaron o las cancelaste?
—Ambas. Se cancelaron porque las cancelé —se encogió de hombros—. A veces hay que dejar que los músculos descansen.
—Claro —deje mi mochila sobre el mostrador. Estire mi bufanda tratando de colocarla en su lugar—. Voy a ignorar el hecho de que todos ustedes preferirían estar aquí en lugar de pasar el día encerrados en sus casas haciendo sus cosas favoritas.
—En realidad... —Lucas llegó hacia nosotros, dejó el menú y fijó su mirada hacia el ventanal— Hace unas semanas nos dimos cuenta de algo y por eso estamos aquí.
—¿De qué? —cuestioné con una ceja alzada, observando como los tres veían detrás de mí.
—Hay nuevas meseras en esa cafetería.
—¿Nuevas?
Giré hacia la cafetería que quedaba frente a la nuestra, una mujer estaba envuelta en sí misma con una particular combinación de colores en su vestimenta invernal, al mismo tiempo era contrastada por quien se encontraba a su lado, una mujer más baja de estatura, forrada de un atuendo negro que la hacía destacar.
La primera mujer se balanceaba sobre sus propios pies, de adelante hacia atrás. Llevaba un gorro con lunares verdes y un pompón del mismo color. No la alcanzaba a verla. Es decir, estaba cruzando la calle, ¿cómo carajos le hacían para verla?
—¿Y que tiene? ¿Por qué hasta Raquel está interesada?
—Ah, yo sólo espero a que aparezca el chico —rasco su nariz—, es muy atractivo y misterioso. El otro día lo mire en el estacionamiento del centro comercial, guardó unas cosas gigantes en su auto y se echó a correr.
Gire a verlos a los tres, ¿a mí qué me importaban si la competencia guardaba secretos? ¿Si había nuevas meseras que les parecían atractivas?
—Ya —asentí como si me importará—, ¿esa es la razón por la que están aquí? ¿Coquetear?
—Coquetear jamás —Raquel bufo—, son mayores que nosotros, posiblemente terminen llamando al gobierno si nos acercamos a cinco centímetros de ellos.
—Yo creo que sí la conquisto —asintió Lucas mientras sonreía—, ¿quién no me haría caso?
—Yo sé quién jamás te haría caso —comenté con sorna.
Lucas apretó los labios y miró a Ian, en busca de que me reprendiera, este asintió para después verme.
—Todos lo sabemos. Hay alguien que jamás le haría caso a Lucas —Ian se encogió de hombros, y cuando Lucas estaba a nada de protestar, Ian volvió hablar—, por ejemplo: Armin. Él jamás le haría caso porque sólo mira a Ly.
Mi sonrisa se fue y sus sonidos irritantes aparecieron.
—Vayan a trabajar.
—¿No nos dirás de que hablaron? —se quejó Lucas.
—Si terminan de trabajar, quizá sí.
Tomé mi mochila y partí al lugar más alejado.
No quería ser molestado por nadie, era más por pena que por cualquier otra cosa.
Mientras más me alejaba de mis amigos, más pensaba en la razón del porqué estaba ahí. Y es que cada vez que el tío Lev me llamaba, era para dejarme a cargo, porque tenía esa idea extraña de que en algún momento sería yo quien se quedaría con la cafetería. Como una clase de heredero.
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Editado: 03.04.2026