Su celda era hierro, su mirada prisión,
mi voz fue firme, mi pulso traición;
quise analizar su condición,
y acabé siendo parte de su obsesión.
La primera vez que lo vi, la sala era demasiado blanca para alguien como él.
Demasiado limpia.
Demasiado silenciosa.
Y sin embargo, cuando levantó la mirada hacia mí, entendí que el peligro no estaba en las paredes, sino en sus ojos.
Tenía veintinueve años y una lista de delitos que atravesaba fronteras. Lo habían capturado dos meses antes en una operación internacional. No gritó. No corrió. No suplicó.
Se dejó atrapar.
Eso lo supe después.
Lo que no sabía, cuando crucé esa puerta, era que mi nombre ya estaba en su mente antes de que yo escuchara el suyo.
Yo creí que estaba allí por casualidad.
Por una profesora enferma.
Por una sustitución improvisada.
Pero él no cree en casualidades.
La sala tenía un sillón para mí y un sofá para él. Una distancia prudente. Un espacio clínico.
Apenas me senté, sentí que la distancia era una ilusión.
Su mirada no era agresiva. Era peor: era consciente. Me observaba como si cada microgesto mío fuera información útil. Como si yo no fuera la profesional evaluando su mente… sino una variable dentro de su plan.
—Buenos días, doctora —dijo.
Su voz fue calma. Controlada. Estudiada.
Yo hice las preguntas correctas. Él dio respuestas calculadas. Evitó detalles. Dejó espacios estratégicos.
Y luego cambió el juego.
—¿Siempre se pone nerviosa cuando alguien la observa así?
No fue coqueteo.
Fue diagnóstico.
Sentí el pulso acelerarse en mis muñecas. No por miedo. Por algo más peligroso.
Atracción.
Lo odié en ese instante. Odié que mi cuerpo reaccionara antes que mi mente.
Noventa minutos después cerré la carpeta convencida de que aquello terminaría allí.
Me equivoqué.
—Espero verla más seguido —dijo antes de que saliera.
No lo dijo como deseo.
Lo dijo como certeza.
Cinco días después, me ofrecieron su caso de forma permanente. Una coincidencia profesional. Una oportunidad. Un ascenso inesperado.
Para mí fue un giro brusco del destino.
Para él…
Fue el siguiente movimiento.
Porque lo que yo entendí como un encuentro accidental, él lo había previsto como el inicio.
Y en su mente, yo nunca fui la psicóloga.
Fui la pieza.