Zarina
No pensé que mi primer paso real como profesional sería hacia una prisión.
Esa mañana solo quería unos papeles. Nada más. Documentos firmados, sellos oficiales, el inicio formal de mi nueva vida laboral en una clínica privada. Algo seguro. Algo normal.
El pasillo del departamento de Psicología estaba casi vacío cuando llegué. El eco de mis pasos sobre el suelo pulido me recordó mis primeros días como estudiante: insegura, con demasiados libros y demasiadas preguntas.
Toqué la puerta de la oficina de la profesora antes de que pudiera arrepentirme.
—Adelante.
Entré y el olor a perfume suave y papel antiguo me recibió como siempre. Ella estaba guardando documentos en su bolso.
—Vine por los formularios que me faltaban —le dije, acomodando la carpeta contra mi pecho.
Me observó unos segundos. No con la mirada académica de siempre, sino con algo más evaluativo.
—Justamente iba a llamarte —respondió—. Necesito pedirte un favor.
Y ahí empezó todo.
Me explicó que tenía una cita médica impostergable y que no podría asistir a la prisión al día siguiente. Dijo la palabra prisión con la naturalidad de quien menciona un supermercado.
Yo asentí, pero sentí cómo algo se tensaba dentro de mí.
—Es una sesión de evaluación. Nada extraordinario. Confío en ti.
Confío en ti.
Tres palabras que pesan más que cualquier advertencia.
—Claro —respondí antes de pensarlo demasiado.
No pregunté el nombre del interno. No pedí detalles. Tal vez por orgullo. Tal vez porque no quería parecer insegura.
Salí de la universidad con los papeles en la mano y una sensación extraña en el estómago. No miedo exactamente. Expectativa.
Esa noche dormí poco.
A la mañana siguiente, el aroma del café llenaba la cocina antes incluso de que saliera el sol.
Nuestra cocina siempre ha sido el corazón del apartamento. Pequeña, con azulejos blancos un poco antiguos y una ventana que da directo al edificio de enfrente. Nada lujoso. Pero es nuestro.
—¿Hoy es tu día importante? —preguntó mi hermana Sofía desde la mesa, con el uniforme escolar mal abrochado.
—Todos mis días son importantes —respondí, sirviendo jugo en tres vasos.
Mi abuela soltó una risa baja mientras removía el azúcar en su taza.
—Ay, niña, no te creas tanto. Apenas tienes el título fresco.
—Gracias por el apoyo, abuela —dije con dramatismo exagerado, aunque sabia bien que lo decia para buscarme chisme. Dinamica familiar,supongo
Sofía levantó una tostada como si fuera un micrófono.
—Declaraciones de la doctora famosa que pronto saldrá en la televisión: “Siempre creí en ti”.
Le lancé una servilleta que cayó sobre su cabeza.
—Primero aprende a dividir fracciones, mini periodista.
Ella fingió ofenderse.
—Yo divido mejor que tú cuando eras pequeña.
—Eso es mentira —intervino mi abuela—. Tú llorabas con las tablas de multiplicar.
—Abuela —protesté.
Pero estaba riendo.
La cocina se llenó de ese tipo de risa que te hace olvidar cualquier nervio. Sofía empezó a contarme que su mejor amiga se había declarado “enemiga oficial” de un niño porque le copió la tarea. Yo fingí tomar notas mentales como si fuera un caso clínico complejo.
—Diagnóstico: drama agudo de primaria —dictaminé.
—Tratamiento: chocolate —respondió mi abuela con total seriedad.
Nos reímos otra vez.
Mientras las observaba, sentí ese peso suave de responsabilidad que siempre llevo conmigo. Todo lo que hago también es por ellas.
Cuando terminé de recoger los platos, Sofía me abrazó por la cintura.
—¿A dónde vas hoy realmente?
La pregunta fue inocente. Pero me hizo detenerme un segundo.
—A una evaluación —respondí—. Nada grave.
No mentí. Solo omití.
Minutos después bajé al estacionamiento y subí a mi auto rojo. Siempre me ha parecido demasiado llamativo para mí, pero fue una compra impulsiva después de graduarme. Un símbolo, supongo.
El trayecto hasta la prisión fue corto, pero el contraste fue brutal. Las calles conocidas dieron paso a muros de concreto y torres de vigilancia. El edificio no parecía una institución: parecía una advertencia.
Mostré mi identificación en la entrada. El guardia la examinó más de lo necesario.
—Primera vez —murmuró, más como afirmación que como pregunta.
Asentí.
Las puertas se cerraron detrás de mí con un sonido metálico que me recorrió la espalda.
El pasillo interior estaba frío. No solo por la temperatura. Frío en el sentido emocional.
Caminaba junto a una psiquiatra del centro que hablaba rápido, casi demasiado.
—Ha mostrado cooperación parcial. Alto coeficiente intelectual. Respuestas calculadas. Evita detalles sobre su infancia. Perfil con rasgos narcisistas y antisociales…
Intenté concentrarme. Tomar notas mentales.
—¿Es agresivo? —pregunté.
—No físicamente. Su arma principal es la mente.
Eso me quedó claro.
Mencionó su nombre, pero la información fue tan rápida que apenas la procesé. No lo reconocí. O tal vez mi cerebro decidió no profundizar.
Llegamos frente a una puerta blanca.
—Noventa minutos. Todo está monitoreado —añadió antes de abrirla.
Respiré hondo y entré.
La sala era minimalista. Demasiado limpia. Un sillón frente a un sofá, una mesa baja entre ambos.
Y en el sofá estaba él.
Lo primero que noté fue su postura relajada. Como si no estuviera en una prisión de alta seguridad, sino esperando una reunión de negocios.
Tenía el cabello ligeramente despeinado, mandíbula firme, una calma que no coincidía con el expediente que acababa de escuchar.
Le sostuve la mirada solo un segundo… y fue suficiente.
Había algo en sus ojos. No amenaza. No violencia visible. Era atención pura. Como si estuviera registrando cada microexpresión mía.