No ruge como bestia en la sombra callada,
susurra verdades con mente afilada;
si el diablo juega con azar y pecado,
él mueve las piezas con cálculo sagrado.
Zarina
—Necesito unos días para pensarlo.
No era la respuesta que el director esperaba. Lo noté en la manera casi imperceptible en que su mandíbula se tensó antes de relajarse.
—Tiene hasta el domingo en la tarde.
Miré el reloj de la pared, marcaba las 2 de la tarde de otro frio jueves de noviembre en Filadelfia.
—Eso es… poco tiempo.
—Las sesiones con él son los lunes, miercoles y viernes. Si acepta, deberá venir tres veces por semana. Necesitamos continuidad clínica.
Tres veces.
No era solo un paciente. Era exposición constante. Contacto repetido. Observación mutua. Algo de lo que no estoy muy segura de poder controlar, es mi nerviosismo ante su atenta mirada azul y las preguntas que me hara, igual que en la primera sesion. Un escalofrio baja por mi escalda hasta llegar a la parte mas profunda de mi cuerpo.
—¿Por qué la urgencia? —pregunté.
El director acomodó un bolígrafo perfectamente alineado con el borde del escritorio.
—Porque él no es un interno común. Requiere estabilidad en el perfilador asignado. Usted hizo un trabajo… interesante.
Interesante.
No dijo bueno. No dijo excelente.
Interesante. Bien.
—Le daré una respuesta antes del domingo.
—Espero que sea afirmativa.
No insistió más. Pero cuando me levanté, sentí que algo ya estaba decidido. No por mí, y eso es raro.
Cuando salí del edificio, el aire fresco me golpeó con fuerza. Caminé hacia mi auto rojo intentando organizar la tormenta en mi cabeza.
Tres días a la semana.
El criminal más observado de la prisión.
Noventa minutos frente a esos ojos.
Giré la llave de encendido. El motor respondió como siempre: seguro, estable, confiable. Ojalá mi mente funcionara igual. No estaba tan mal pensar en poder pasar mas tiempo con aquel guapo hombre cualrostro no ha salido de mi cabeza, si tan solo no fuera porque es un criminal... Demonios.
Recordé la forma en que sostuvo mi mirada. La seguridad en su voz cuando dijo que esperaba verme más seguido.
Como si ya lo supiera.
Un semáforo en rojo me obligó a detenerme. Exhalé largo. Necesitaba azúcar. Algo familiar. Algo que me devolviera a lo cotidiano. Conducir me obliga a enfocarme. Señales. Velocidad. Distancias. Pero en este momento mi mente no queria instrucciones, al menos ya no mas.
Sin pensarlo demasiado, giré hacia mi cafetería favorita.
El lugar tenía paredes color crema y pequeñas lámparas colgantes que daban una sensación de refugio. El aroma a espresso era constante, envolvente. Me acerqué al mostrador.
—Un tiramisú para llevar —pedí.
Mientras esperaba, escuché mi nombre detrás de mí.
—No puede ser.
Me giré.
Cuatro rostros conocidos. Dos chicas, dos chicos. Risas inmediatas. Comentarios superpuestos. El tipo de reencuentro que te obliga a volver mentalmente a otra versión de ti misma.
Nos sentamos juntos.
Entre ellos estaba Luca.
Ingeniero industrial. Mente estructurada. Silencioso en público, intenso en privado.
Siempre supe que estaba enamorado de mí. No porque me lo dijera, sino porque analizaba cada palabra que salía de mi boca como si fuera una fórmula matemática.
También sabía algo más. Algo que nunca lo pude demostrar.
Luca no era simplemente reservado. Tenía una frialdad emocional que no encajaba del todo con su sonrisa educada. Observaba demasiado. Calculaba demasiado.
—¿Ya estás ejerciendo? —preguntó una de las chicas.
—Sí, en una clínica privada.
—Sabía que lo lograrías —dijo Luca.
Su voz fue baja. Firme. Sostenida.
Pasamos casi dos horas hablando. Recordando anécdotas ridículas de la universidad. Profesores exigentes. Exámenes que parecían diseñados para destruir nuestra autoestima académica.
Reí. De verdad reí. Pero cada vez que había un pequeño silencio, mi mente regresaba a la sala blanca.
Luca notó mi distracción.
—Estás en otro lugar —dijo en un momento.
—Solo cansada —respondí.
Él me sostuvo la mirada unos segundos más de lo normal.
—Cuídate —añadió al despedirnos.
No supe si fue una advertencia o una promesa. Pero intento no prestarle mucha atencion, es un tanto... desagradable. Espero no volver a encontrarmelo, y si no es asi , que no sea aqui. No quiero que mi cafeteria favorita sea el ¨Punto de encuentro casual¨ con el.
La noche cayó mientras conducía de regreso al apartamento. Las luces de la ciudad parecían más intensas de lo habitual, acompañada de la ligera nevada que caia. El invierno es frio, pero es aun mas frios para aquellas personas que vienen de un lugar tropical.
Doña Teresa, mi vecina, estaba regando las plantas cuando subí las escaleras.
—Buenas noches, hija.
—Buenas noches.
Entré.
Sofía apareció corriendo apenas abri la puerta.
—¿Trajiste algo?
Le mostré la caja del tiramisú como si fuera un trofeo.
—Te amo —declaró dramáticamente.
Mi abuela salió de la cocina.
—No exageres. Seguro lo trajo para ella.
—Compartir es terapéutico —respondí, abrazándola. Son la unica familia que me queda.
Preparamos la cena juntas. Mi abuela picando vegetales con precisión impecable. Sofía intentando ayudar y haciendo más ruido que otra cosa.
—¿Cómo te fue hoy? —preguntó mi abuela sin mirarme.
—Bien.
Mentí.
Cenamos. Reímos. Sofía contó una historia absurda sobre un compañero que lloró porque perdió un lápiz “de la suerte”.
Yo reía… pero mi mente estaba en otro lado.
Después del postre, nos sentamos frente al televisor. Sofía apoyó la cabeza en mi hombro.
Pensé en rechazar la oferta.
Pensé en la tranquilidad de la clínica. Pacientes con problemas manejables. Rutinas previsibles.