Zrina
El lunes llegué diez minutos antes.
No por profesionalismo.
Por control.
Quería que mi respiración estuviera estable cuando entrara. Que mis manos no delataran anticipación. Que mi voz sonara neutra.
La puerta se abrió.
Él ya estaba sentado.
No parecía un interno. No parecía alguien que necesitara supervisión. La espalda recta. Las manos relajadas sobre la mesa. Los ojos atentos.
Como si estuviera en una reunión de negocios.
—Buenos días, doctora.
Su tono era correcto. Formal. Medido.
Tomé asiento frente a él.
—Comencemos.
La primera sesión fue… impecable.
Respondió cada pregunta con claridad. Sin evasivas. Sin silencios incómodos. Sin sarcasmo.
Infancia estructurada. Educación sólida. Relaciones laborales eficientes. Autopercepción: disciplinado, analítico, pragmático.
Ni una sola respuesta fuera de lugar.
Ni una provocación.
Ni una insinuación.
Si alguien leyera la transcripción, diría que es el paciente ideal.
Y eso me inquietaba más que cualquier resistencia.
El miércoles fue igual.
Más profundo. Más técnico.
Le hablé de patrones de toma de decisiones bajo presión.
Respondió con ejemplos precisos.
—¿Siente culpa por sus acciones?
—La culpa es una emoción útil cuando corrige conducta futura. Cuando no lo hace, es ruido.
No hubo desafío en su tono.
Solo lógica.
Salí de esa sesión con una sensación extraña. No había grietas. No había vacíos. No había incoherencias.
Era una mente estructurada.
Demasiado.
El viernes fue distinto.
Desde que entré, noté algo sutil. No en su postura. No en su expresión.
En la energía.
—Última sesión de la semana —dijo.
—Así es.
Repasamos objetivos. Evalué respuestas anteriores. Observé microexpresiones.
Nada.
Hasta que, sin cambiar el tono, preguntó:
—¿Le gusta su trabajo?
La pregunta me tomó medio segundo más de lo habitual.
No era inapropiada.
Pero era personal.
—Sí —respondí—. Me gusta analizar comportamiento. Entender motivaciones.
—¿Siempre quiso dedicarse a esto?
Sostuve su mirada.
No parecía manipulación. Parecía… curiosidad.
—No siempre. Al principio quería estudiar literatura.
Una leve inclinación de su cabeza.
—¿Por qué cambió?
No estaba cruzando límites clínicos.
Pero la conversación se estaba doblando.
Hacia mí.
—Porque entender personas es más útil que entender personajes.
Una sombra de sonrisa.
—Depende del personaje.
No supe por qué eso me hizo sonreír.
—¿Y usted? —pregunté—. ¿Le gusta tener el control?
Silencio breve.
—Me gusta que las variables estén previstas.
La sesión pudo terminar ahí.
Pero no terminó.
No sé exactamente cuándo bajé la guardia.
Tal vez cuando dijo:
—No parece alguien que se desconecte fácilmente del trabajo.
Suspiré.
—Ayer intenté hacerlo.
—¿Funcionó?
Negué con una pequeña risa.
—Fui al centro comercial con mi abuela.
Sus cejas se elevaron apenas.
—Eso suena… peligroso.
Reí.
—Lo fue.
Y sin darme cuenta, empecé a contarle.
Mi abuela discutiendo con una vendedora porque el descuento “no estaba bien calculado”. Sofía grabándolo todo con el celular. Yo intentando mediar mientras tres personas más se sumaban al debate como si fuera una audiencia pública.
—Al final mi abuela tenía razón —dije entre risas—. El sistema estaba mal programado.
Él rió.
No fuerte.
Pero real.
Y por un instante, la sala blanca no parecía una prisión.
Parecía dos personas conversando.
Eso me inquietó más que cualquier provocación habría podido hacerlo.
Cuando terminó la sesión, su mirada se sostuvo un segundo adicional.
—Me alegra que se desconecte a veces —dijo.
No supe qué responder.
Esa noche salí tarde.
El informe para el director tomó más tiempo del previsto. Luego recursos humanos. Formularios. Protocolos. Firmas.
Cuando finalmente estacioné frente al edificio, eran casi las diez y media.
El pasillo estaba en silencio.
Busqué las llaves en mi bolso.
Entonces lo vi.
Un lirio.
Apoyado contra la puerta.
De un color profundo, casi irreal. Entre violeta y azul oscuro.
Y una nota.
Mi pulso se aceleró.
La recogí.
“La flor me recuerda a ti. Espero verte pronto.”
Mi mente empezó a correr.
¿Quién sabe dónde vivo?
Daniel.
El recuerdo de la cafetería me golpeó.
Pero yo nunca le dije mi dirección.
Nunca.
Una sensación fría recorrió mi espalda.
Miré el pasillo vacío.
Las escaleras.
La puerta de Doña Teresa cerrada.
Respiré hondo.
Tal vez es coincidencia.
Tal vez alguien más.
Pero el lirio no parecía casual.
Lo tomé con cuidado.
No olía dulce.
Olía intenso.
Cerré la puerta con llave dos veces.
Apoyé la espalda contra ella.
Mi mente analizaba posibilidades.
¿Me siguieron?
¿Desde cuándo?
¿Fue alguien de la universidad?
¿De la prisión?
La última opción la descarté inmediatamente.
Imposible.
Él no tiene acceso.
¿Verdad?
Miré la nota otra vez.
“La flor me recuerda a ti.”
No era romántica.
Era observadora.
Eso me inquietaba más.
Dejé el lirio sobre la mesa.
Y por primera vez desde que acepté el trabajo…
sentí que el control no estaba completamente en mis manos.