Psicología de amarte en el abismo

capítulo 4

Theo

El hielo choca contra el cristal con un sonido seco cuando inclino el vaso.

El whisky no lo bebo por placer. Lo bebo por costumbre. Ritual de concentración.

Mi oficina secundaria en Filadelfia no tiene barrotes visibles. No los necesita. El edificio pertenece al sistema penitenciario, sí, pero mi espacio no se parece a una celda. Se parece a una sala ejecutiva con iluminación tenue y mobiliario sobrio.

La percepción pública es una cosa.
El poder real es otra.

Estoy oficialmente encarcelado.
Extraoficialmente, dirijo.

La puerta se abre sin que necesite anunciarlo.

—Llegó el reporte de Sicilia —dice mi socio, acento romano marcado.

Proviene de una de las familias aliadas de la Cosa Nostra en Roma. Un hombre eficiente. Ambicioso. Útil.

—El cargamento ya zarpó —continúa—. Tres contenedores. Producto limpio. Sin marca.

Asiento lentamente.

La ruta es precisa. Sale desde Sicilia, cruza el Atlántico bajo documentación falsa y entra por el corredor acordado.

Yo no administro pequeñas operaciones.
Gobierno territorio.

Sur de Italia.
Filadelfia.
Parte de Orlando.

No por imposición.
Por estructura.

—¿La familia del sur está alineada? —pregunto.

—Completamente.

—Bien.

No elevo la voz. No es necesario.

El poder no grita. Se asume.

El socio se retira tras cerrar detalles logísticos. Quedo solo nuevamente. Giro el vaso. Observo cómo el líquido ambarino refleja la luz.

Control absoluto depende de previsión absoluta.

Y nada debe fallar.

Mi teléfono vibra.

Pantalla: Director.

Respondo.

—Tenemos un problema —dice sin preámbulo.

No me gusta esa frase.

—Sea específico.

—El cargamento de armas quedó retenido en inspección policial en el muelle de Bristol.

El hielo deja de moverse.

—Eso es imposible.

Silencio al otro lado.

—La ruta no incluía ese muelle.

—Hubo una modificación de último momento en el manifiesto de carga.

Mi mandíbula se tensa.

—¿Quién autorizó la modificación?

—No lo sé aún.

No levanto la voz.

Pero la habitación cambia.

—Ese cargamento no debía entrar por un muelle secundario. Debía hacerlo por el puerto principal. Usted conoce el protocolo.

—Sí.

Corto la llamada.

No por enojo.
Por eficiencia.

Marco otro número.

Nicolai responde al segundo tono.

—Diga.

—Bristol.

Silencio breve.

—Entendido.

—Quiero saber quién alteró la ruta y por qué. Y quiero que el cargamento esté fuera de inspección antes del amanecer.

—¿Intervención directa?

—Indirecta. Yo no existo.

Pausa.

—¿Y si hay filtración?

—Entonces elimina la filtración.

Cuelgo.

No puedo moverme. No puedo aparecer. Oficialmente estoy recluido.

Eso me obliga a ser más preciso.

Tomo el whisky y lo termino de un solo trago.

Las variables imprevistas me irritan.

Pero las resuelvo.

Siempre.

Zarina

El parque está más tranquilo de lo habitual.

Son casi las cuatro de la tarde y el sol cae con una luz tibia que normalmente me relaja.

Hoy no.

El perro de Doña Teresa tira suavemente de la correa mientras mi hermana camina a mi lado hablando sin pausa.

Intento escucharla.

Intento.

Pero mi mente sigue regresando al lirio.

A la nota.

A esa frase que parecía conocerme demasiado.

Nos sentamos en una banca de madera.

Cuatro personas hacen ejercicio cerca de los aparatos metálicos. Dos chicas caminan comiendo helado y riéndose. Un hombre mayor trota mientras sus perros corren sujetos a una correa doble. Un pequeño carrito de helados permanece estacionado a pocos metros.

Escenario normal.

Demasiado normal.

Mi cuerpo se tensa antes que mi mente.

Esa sensación.

Ese pequeño escalofrío en la nuca.

Como si alguien enfocara una lente invisible sobre mí.

Respiro más lento.

Observo.

No de forma evidente. De forma clínica.

Barrido visual.

Personas cercanas: comportamiento congruente.

Movimientos fluidos.

Conversaciones naturales.

Giro un poco más el rostro.

Y lo veo.

Al otro lado de la calle.

Un auto negro.

Ventanas polarizadas.

Motor encendido.

No es paranoia si hay un objeto concreto.

Entrecierro los ojos.

A través del reflejo del sol, distingo una silueta en el asiento del conductor.

Inmóvil.

Observando.

Mi pulso se acelera.

Lo siento en las muñecas.

En la garganta.

Mi respiración cambia. Más superficial.

No mires demasiado.

Pero no apartes la vista.

Me incorporo lentamente.

—¿Qué haces? —pregunta mi hermana.

No respondo.

Doy un paso en dirección al borde del parque.

Quiero ver mejor.

Confirmar.

Descartar.

Mi hermana tira de mi camiseta.

—¿Me compras un helado? —dice por tercera vez.

No contesto.

Sigo mirando el auto.

La silueta parece inclinarse levemente.

Mi estómago se contrae.

Cuarta vez.

—¡Por favor! ¡Quiero el de chocolate!

Esa distracción mínima es suficiente.

Cuando vuelvo a enfocar la calle…

El auto arranca.

Sin brusquedad.

Sin velocidad excesiva.

Solo… se va.

Mi cuerpo tarda unos segundos en entender que la amenaza potencial ya no está.

La tensión no desaparece de inmediato.

Se queda.

Vibrando.

¿Fue coincidencia?

¿Fue mi imaginación?

¿O fue real y se fue porque notó que lo noté?

Mi hermana me mira con impaciencia.

—Helado.

La normalidad de su voz me obliga a regresar.

—Sí. Vamos.

Caminamos hacia el carrito.

Intento sonreírle.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.