Psicología de amarte en el abismo

capítulo 5

Theo

Nicolai no suele fallar.

Por eso cuando entra a mi oficina en Filadelfia con el teléfono aún en la mano, sé que el asunto de Bristol ya está resuelto.

—El contenedor fue liberado hace una hora —dice sin sentarse—. Inspección cancelada por “error administrativo”.

Error.

Siempre me ha gustado esa palabra. Es elegante. Neutral. Limpia lo que en realidad es presión, dinero o miedo.

—¿La filtración? —pregunto.

—Un supervisor portuario aceptó una oferta externa. No sabía a quién afectaba.

No necesito más detalles.

—¿Sigue respirando?

—No volverá a cometer el mismo error.

Asiento.

El cargamento de droga proveniente de Sicilia llegará según lo previsto. La línea de armas ya fue redirigida al puerto correcto. La estructura permanece intacta.

—Refuerza los puntos en Orlando —añado—. No quiero improvisaciones esta semana.

Nicolai inclina la cabeza.

—¿Algo más?

Sí.

Pero no tiene que ver con barcos.

—Mantén vigilancia discreta en el perímetro residencial.

No especifico nombre.

No hace falta.

Cuando se va, me quedo mirando el mapa digital sobre la pared.

Territorios marcados. Rutas trazadas. Flujos de dinero.

El control no es fuerza.

Es anticipación.

Y yo nunca dejo cabos sueltos.

Zarina

El lunes decidí hacer algo distinto.

Hablar más.

No sobre él.

Sobre mí.

La sesión comenzó normal. Técnica. Precisa.

Hasta que mencioné, casi sin pensarlo, una conversación que tuve con dos colegas psicólogos en la sala de descanso.

—Estábamos hablando de símbolos personales —le dije—. Objetos que representan algo más que su valor material.

Él observaba, atento.

—¿Y cuál es el suyo? —preguntó.

Sonreí un poco.

—El larimar.

Una pausa breve.

—¿Larimar?

—Es una piedra semipreciosa de la República Dominicana. Turquesa clara. Única en el mundo.

No sé por qué añadí lo siguiente.

Tal vez porque él escucha de una manera que obliga a completar las ideas.

—Siempre soñé con tener un collar de larimar. Algo sencillo. Plata y esa piedra azul claro… como el mar en calma.

Él no interrumpió.

—¿Por qué no lo compra?

—Porque me gustan las cosas que tienen historia. No las que se compran por impulso.

Lo miré.

—Supongo que soy un poco romántica con eso.

Sus labios se curvaron apenas.

—No es romanticismo. Es significado.

Y durante un instante sentí que me entendía.

Eso fue lo más peligroso.

Esa noche regresé tarde otra vez.

Entregué documentos. Firmé formularios. Recursos humanos insistió en protocolos adicionales.

Cuando entré a mi habitación para cambiarme, lo vi.

Sobre el escritorio.

Una caja de terciopelo negro.

Pequeña.

Elegante.

Mi corazón dio un golpe seco contra mis costillas.

Me acerqué lentamente.

La abrí.

El collar era perfecto.

Larimar turquesa claro. Engarzado en plata fina. Los pendientes hacían juego.

Hermoso.

La segunda vez en mucho tiempo que algo me parecía genuinamente hermoso.

Sonreí.

Un segundo.

Luego la realidad me atravesó.

No lo compré.

Nadie sabía mi dirección.

Nadie sabía que me gustaba el larimar.

La caja cayó de mis manos al suelo.

El sonido fue más fuerte de lo que esperaba.

Mi respiración se volvió irregular.

¿Cómo entraron?

¿Quién?

Recorrí la habitación con la mirada.

Ventana cerrada.

Puerta intacta.

Nada forzado.

Mi pulso subió.

Fui directo al cuarto de mi abuela.

La desperté con la voz temblando.

—Abuela… algo no está bien.

Le conté todo.

El lirio.

El auto negro.

La caja.

Ella me miró con paciencia que solo da la edad.

—Quizás tienes un pretendiente tímido.

Negué con fuerza.

—Esto estaba en mi habitación.

Le mostré el collar.

Sus ojos se iluminaron.

—Es precioso.

—Abuela, no sabes quién lo dejó.

Pensó un momento.

—Sofía llegó hoy de la escuela con una cajita negra en la mano… pensé que era algo de una amiga.

Mi estómago se contrajo.

—¿Qué?

—Sí, algo similar a eso.

El aire se volvió pesado.

No podía despertar a Sofía. Era tarde. Necesitábamos dormir.

O fingir que lo haríamos.

Acompañé a mi abuela a su habitación.

Fui por Sofía.

La cargué con cuidado mientras dormía.

—Estás exagerando —murmuró mi abuela.

Tal vez.

Tal vez no.

Moví uno de los sillones detrás de la puerta principal.

Bloqueé las ventanas.

Revisé cerraduras dos veces.

Activé las cámaras de seguridad que habían llegado esa misma mañana y que, por alguna razón, decidí instalar antes de salir al parque.

Coincidencia.

¿O intuición?

Las pantallas mostraban ángulos silenciosos de la casa.

Todo parecía normal.

Demasiado normal.

Me acosté entre ellas.

Con el collar dentro de la caja, sobre la mesa de noche.

No lo toqué otra vez.

No dormí.

Cada pequeño ruido parecía amplificado.

Cada sombra parecía moverse.

Y mientras miraba el techo en la oscuridad, una idea comenzó a tomar forma.

Si quien lo envió sabe lo que me gusta…
y sabe dónde vivo…

entonces no solo me observa.

Me escucha.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.